133 En busca del niño interior

Vamos caminando por Martínez Campos y nos detenemos a observar a los niños saliendo en tropel del colegio. Los más pequeños son rápidamente retirados de la circulación por padres y personas de servicio. Remoloneando por irse a casa queda un grupito de niños de unos 12 años, con esa desproporción que tiene el crecimiento en estas edades y felices de estar juntos.

Joaquina: En la etapa de 12 a 18 años, la sombra empieza a salir al mundo exterior sin sentirse arropada por la familia. Es la etapa del “yo soy” donde, en el intento de ser igual o totalmente diferente a los valores familiares, el niño deambula grotescamente y a la deriva en un mundo desconocido.

Jon: ¿Por qué dices que deambula?

Joaquina: Deambula y va a la deriva porque es una época donde los adultos, tanto los padres como los maestros o personas cercanas, se sienten incapacitadas para dirigir al pequeño potrillo desbocado que tienen delante. La causa más importante de esta situación es la dificultad que presentan los adultos para reconocer esta etapa en ellos y enfrentarse a elaborarla sin tapujos y sin miedos. La primera pregunta y la más dolorosa de las respuestas nace en el primer instante de encuentro con la vida en el exterior ¿soy bueno o soy malo? Esa respuesta no viene dada por una realidad, ni tan siquiera por el interés del niño, sino únicamente por lo que le resulta más cómodo ante lo que tiene enfrente.

Jon: Explícate, por favor.

Joaquina: Si es un niño decidido hacia la acción, hacia ser operativo, mirará a los niños que van en esa misma dirección, sintiéndose cómodo con ellos hasta el momento en que entra en estado de competencia. Esto se produce cuando busca ser el mejor y el primero. Si no lo consigue, se buscará otros niños de peor nivel, se repetirá curso para no quedar en evidencia y ser el mejor de los nuevos. En fin, se maquinará con las posibilidades cayendo en algunos casos en situaciones no manejables, donde las drogas, el alcohol, el tabaco, etc., son estímulos que les hará perder el inicio de la situación, querrán ser aceptados en este grupo y el resultado es una pérdida de control y un olvido de la causa del cambio. Ya no recordarán su deseo de operatividad…, ni quienes eran, ni el por qué de todo. En este grupo hay dos tipos de sombra, el del que se situó en “bueno” y caminó por el pasillo del aula de la vida sin ahondar en otras facetas de su vida, y el que creyéndose el mejor ha ido cayendo en un pozo que no es el suyo y se olvidó de un segundo o tercer puesto que era válido para el.

Jon: ¿Qué ocurre cuando la decisión es ser malo, indolente, perezoso, y no ser operativo?

Joaquina: El niño va a buscar los personajes que le ayuden en esta situación presentándose dos posibilidades. Primera: que a él mismo le resulta insoportable el nivel de dejadez e indolencia que encuentra, porque en realidad el no es “tan malo como suponía”, lo que le llevará a buscar al grupo de los levemente operativos, no encontrándose con su verdadera sombra o dificultad hasta más tarde.  Segunda: que se deje arrastrar por su maldad y la maldad colectiva a través de comportamientos o estímulos que le ayuden a ello, con el fin de evitar posicionamientos de esfuerzo en un plano operativo y dejando en esta situación su alma sensible escondida en algún rincón donde nadie pueda encontrarla.

Jon: Se me ocurre un tercer caso: que el niño no tenga decisión sobre el bien o el mal.

Joaquina: Según su deseo de huida de una u otra responsabilidad irá mimetizando a los diferentes grupos. Este caso donde la ayuda a encontrarse es difícil y el ocultamiento del propio yo es sofisticado y complicado, aparece en los niños débiles, manipuladores y de fácil manipulación. Siempre en este proceso las situaciones perversas ganan y los atractivos sexuales, drogas, estímulos externos, acaban arrastrando al personaje sin que pueda mediar en su voluntad.

Jon: Y, ¿de dónde parten estas decisiones?

Joaquina: Siempre parten de una premisa: el niño ha aceptado sus raíces o no. Es decir, quiere seguir los dictados de su condición primaria (información familiar) o necesita demostrarse que es autónomo. En todo caso, de lo que huye es de la falta de integridad de sus padres, olvidando la relación edad – tiempo. Los padres hablan, pero no hacen lo que dicen, escondiéndose en la diferencia de edad. El niño de 12 a 18 años necesita pensar que ya es mayor, por lo tanto, basará su relación con el mundo más en lo que vio que en lo que oyó y, en muchos casos, alejándose de ambas cosas y no sabiendo poner límites porque cree que él lo maneja todo.

Jon: En esa época surgen un montón de preguntas: ¿Era bueno lo que me explicaron o hacían mis padres? ¿Es malo lo que me explicaron o hacían? ¿Qué es bueno? ¿Qué es malo?

Joaquina: Efectivamente, nota dentro de sí que vive los mismos conflictos que sus padres. Le apetece hacer algo, pero su interior le dice que no es bueno, y cuando lo hace se da la misma disculpa que los adultos. La sombra en este tiempo vive del deseo de la imagen y de la admiración de los terrenos decididos o elegidos. Realmente la cuestión es: ¿Soy mujer o soy hombre? ¿Soy valiente o soy débil? ¿Soy honesto o deshonesto? ¿Soy estudiante o maleante perezoso? ¿Amo la pureza o me atrae la perversión?

Jon: ¿Y no pasa que a veces elegimos una cosa y somos lo contrario de l elegido?

Joaquina: Detrás de lo que elegimos hay una cuestión a priori insalvable que se llama rencor a, léase entre líneas papá o mamá, y en el más doloroso de los casos, los dos. El niño llama la atención de sus progenitores para que le salven pero pareciendo que desea que le dejen en paz, o que es insalvable ya. La sociedad y los propios padres temen a estas pequeñas criaturas y por primera vez, y de forma insalvable, muestran su sombra. Y muestran su gran luz provocándoles un profundo miedo las dos y esperando que alguien les salve y les dirija.

Jon: La primera borrachera, el primer suspenso, la primera falta grave, los cambios de ropa, peso, formas de comer. ¡Cuánto diálogo soterrado hay detrás de todo ello!

Joaquina: Lo único que el niño busca, como siempre es conseguir llamar la atención, ser aceptado por alguien desconocido, y sabe que, si no lleva atributos de identificación, nunca va a ser aceptado en la tribu. Hay dos tribus, la del bien y la del mal. Son enemigos irreconciliables con normas y códigos de una fuerza tremenda, y los que peor viven en ella son los que son del terreno de nadie.

Jon: ¿Qué hace el niño para poder vivir en cualquiera de las tribus?

Joaquina: Divide su ser en dos partes: la mala y la buena. Si ha decidido ser malo, la buena quedará escondida para siempre, y lo contrario si ha decidido ser bueno. Imagínate un niño que ha decidido escoger lo malo porque es muy perezoso, y se encuentra con que es muy cobarde, y en el mundo de los malos hay mucha violencia. Buscará aspectos de su oscuridad con los que pueda ser aceptado, y con los que él se encontrará cómodo, aunque desgraciadamente nunca será su realidad. Intentará ser el que más bebe, el que más se droga, el que más perversiones sexuales hace, etc. Cuando pasa un tiempo el niño no se acordará que su problema era la pereza y creerá que todo lo que ha hecho es su realidad. Cuando se haga adulto, esta parte la llevará a la sombra y vivirá ocultándose. Creo que sería eterno desarrollar el mundo funcional de esta etapa, pero lo que es cierto es que es la etapa más maravillosa y conflictiva del ser humano. Me entristece comprobar que los padres han olvidado esta etapa de su propia experiencia y no quieren ver en sus hijos lo que no se han permitido a sí mismos.

¿Y tú? ¿Dónde estabas a los 12 años? Te invito a que descorras los velos de tu propio niño interior, para que puedas entender a todos los niños de 12 a 18 años, estén o no en tu tiempo.

Un pensamiento en “133 En busca del niño interior

  1. En esa etapa ella fue mi madre y yo el niño impotente, miedoso y acomplejado que se escondía entre quienes más temía. Durante este periodo comparaba la familia propia con la ajena, me preguntaba si el miedo era consecuencia del abandono de mis padres o si ellos podrían de algún modo ayudarme. Decidí ir a ver si mis padres tenían dicha forma de ayudarme y descubrí que mi oído era infinitamente más grande que sus posibilidades, y mis problemas pasaron a ser razones y buena causa de una existencia temporal.
    Un hijo a esa edad es una piedra de toque infalible que descubre el material más necio y propio.
    No hay nada que hacer en los demás que no comience en uno mismo y que no termine antes de ir.

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