267 Respeto incondicional

Joaquina: Transformemos el mundo desde el terreno desde donde se puede cambiar. Entremos en el terreno de la conversación, donde es posible el intercambio de ideas, donde todos los ideales son válidos, donde nos acercamos a las creencias de los demás sin devaluarlas desde el prejuicio. Es más: hagamos posible un mundo donde el violador pueda hablar al lado del que no viola, donde el que asesina pueda estar al lado del que no asesina, donde al que le gusta la tecnología pueda estar al lado del que le gusta la música. No expulsemos a nadie, y que eso no signifique que nos veamos obligados a adoptar sus valores y creencias. A lo que apelo es al respeto incondicional. Si queremos que alguien deje de matar, tenemos que entrar en el terreno del consenso y la tolerancia, nunca en el terreno de que nuestro ideal es que no se mate, la no guerra, pues entonces haremos la guerra en nombre de la paz, lo cual no tiene ningún sentido. Lo que sí tiene sentido es dialogar con el ideal del otro y ver qué le llevó a la guerra, o a tapar su rostro, o a comerse a otro ser humano. Yo no puedo entender qué le lleva a alguien a comerse a otra persona, puesto que no me he comido a nadie, y debería tener la humildad de reconocerlo en lugar de censurar una práctica que no sé qué puede procurar.

Jon: Un poco extremos tus ejemplos ¿no?

Joaquina: Lo sé. Vamos a verlo en una situación cotidiana. Si por ejemplo en una pareja uno de los miembros siempre tiene prisa y el otro va muy lento, y ambas actitudes son fuente de conflicto, tendremos que consensuar conversando. Tendremos que partir no de “es que tú tienes más prisa y yo tengo menos”, sino de “si queremos hacer algo juntos, tenemos que plantearnos que la prisa no existe y que la lentitud tampoco; existe el tiempo, y el tiempo hay que manejarlo no como lo entiendes tú ni como lo entiendo yo, sino como se da”. También tendremos que entender ahí nuestros “yo no puedo ir tan rápido” y “yo no puedo ir tan lento”; tal vez alguna de esas dos afirmaciones sea un contravalor, pero debemos empezar por dialogarlo en lugar de por reprocharle al otro su conducta. 

Jon: ¿Cuáles son los grandes contravalores?

Joaquina: El tiempo, el sexo, el dinero, el poder… En realidad, todos los contravalores pueden resumirse en dos: el reconocimiento y la aceptación. El reconocimiento refiere a que reconozcan lo que hacemos porque nosotros no nos reconocemos, y la aceptación es la necesidad de que nos acepten los demás porque nosotros no nos aceptamos. Vivimos en un embudo, en una cárcel que nos hemos fabricado nosotros. Como no nos gusta profundizar, creemos que son las circunstancias de la vida las que nos arrinconan, y cuando queremos darnos cuenta estamos sumidos en una profunda crisis de la que nos cuesta salir, y con la que es posible que nos destruyamos. Si obedecemos a nuestro ideal, nos será más fácil lograr lo que nos proponemos, pero si le abrimos la puerta al contraideal, nos arruinaremos la vida.

Jon: Turgot planteaba retos muy interesantes. Él decía que “el mundo es enigmático, y cuando el hombre comienza a buscar la verdad se encuentra en medio de un laberinto donde entra con los ojos vendados” Turgot nos recuerda que cuando el hombre se empieza a buscar no se ve.

Joaquina: Todos buscamos la verdad con los ojos vendados; ahí somos iguales, si bien no buscamos la misma verdad. Deberíamos darnos cuenta de que el mundo entero está con los ojos vendados porque está buscando la verdad, y no debemos tratar de quitar ninguna venda. Tan sólo debemos acompañar al otro, y ya se quitará él la venda cuando sea oportuno. Sin embargo, normalmente lo que tratamos de hacer es lo contrario: tratar de quitarle la venda a quienes nos rodean; pensar que el otro tiene que ver tal como vemos nosotros, que también llevamos una venda.

Jon: Si nosotros también llevamos una venda, ¿cómo nos permitimos darle las respuestas al otro?  Teniendo además en cuenta que el otro tiene una venda puesta con una intención distinta a la nuestra, y que por tanto la verdad que tiene que encontrar es diferente. 

Joaquina: Cada uno tenemos un camino distinto, y eso se refleja en nuestros ideales y en nuestros contraideales. No buscamos lo mismo, ni nos destruimos del mismo modo. Por tanto, somos nosotros mismos los que debemos descubrir qué nos pasa. No podemos esperar a que otro nos lo diga. Todo lo que yo puedo hacer como profesional de la autoayuda es tratar de hacer más fácil el camino para que el otro descubra su hándicap, pero no puedo decirle qué le pasa, pues eso lo tiene que averiguar cada cual.

Jon: Después Voltaire dio otra vuelta de tuerca a la situación cuando habló sobre la tolerancia sentenciando: “La tolerancia es la panacea de la humanidad, todos los hombres estamos llenos de flaquezas y errores, razón por la cual debemos aprender a perdonarnos recíprocamente. Como dicta la primera ley de la naturaleza, la discordia es la gran calamidad que padece todo el género humano y la tolerancia hoy por hoy es su único remedio” ¿Significa eso que no podemos ser críticos?

Joaquina: Hay que ser crítico, pero si hay algo que no podemos modificar, debemos saber que todo lo que podemos hacer es aproximar posturas. Voltaire dijo que debíamos tener un espacio para decir lo que pensamos, y ese espacio tendría que ser indestructible, pues permite que le demos a los otros la oportunidad de decir aquello en lo que no coincidimos, lo que a su vez abre la puerta del aprendizaje. Poco podemos aprender si sólo atendemos a quienes dicen y piensan lo mismo que nosotros. Te dejo con estas tres preguntas para tu reflexión:

  • ¿Eres de los que están batallando todos los días contra lo que no se puede cambiar?
  • ¿Eres de los que no se da cuenta de que estás en un camino de búsqueda y que el otro está en el mismo laberinto que tú, y quieres imponerle tu verdad como si fuera única?
  • ¿Eres de los que no dejas que los demás te digan lo que piensan?

266 Respetar el camino del otro

Joaquina: Imagínate que eres el quinto hijo de una familia de clase baja, y que has nacido en último lugar.  Imagínate que por esta circunstancia en casa no te tienen demasiado en cuenta, pero que sin embargo posees una inteligencia que hace que destaques en los estudios, y que un colegio privado te da una beca. En el colegio, por la forma de vestir y de estar, los demás se darán cuenta de que no eres de su nivel económico, y empezarán las risitas. Si piensas que tienes que vencer todo eso y comienzas a batallar con tus armas y finalmente consigues que se te escuche y ser el mejor, batallando al mismo tiempo contra tus enemigos y pensando que en el fondo estás solo,  que tienes que pelear las cosas en soledad y que nadie te va a ayudar jamás porque el mundo es un sálvese quien pueda. Cuando cumplas los 22, acabes tu carrera de económicas y vayas al mundo de la empresa, ¿qué pasará?

Jon: Que voy a luchar por ser el mejor.

Joaquina: Exacto, y vas a creer que eres el mejor, que vas a luchar y a triunfar hasta llegar arriba. Ahora bien, una vez arriba vas a dar por sentado que los de abajo van a hacer lo mismo que has hecho tú, y por lo tanto vas a estar todo el rato sin dejar de batallar ni de desconfiar. Imagínate que junto a ti hay una persona cuyas circunstancias han sido parecidas a las tuyas: último de cinco hermanos, inteligente, se le ha dado bien el estudio, pero con la diferencia de que su familia era pudiente, y por tanto sin que esa persona esté programada para luchar todo el tiempo contra los demás. Si eres su jefe y esta persona que tiene cualidades: es inteligente, ha logrado su puesto con tranquilidad y serenidad… ¿Qué piensas que vas a hacer con esta persona que está a tu cargo, que no ha tenido que luchar y que piensas que le ha sido todo muy fácil y te va a quitar el puesto? 

Jon: Voy a machacarle.

Joaquina: ¿Qué va a pensar la otra persona de ti?

Jon: Que soy un asesino y un trepa ¿Y cuántas personas van a recordar que le estás haciendo al otro lo que te han hecho a ti?

Jon: Ninguna. 

Joaquina: Cada vez que pienses en una persona, es imprescindible que pienses en su recorrido, pues no hay nadie malo en el mundo. Sólo hay personas que han crecido de una manera que los ha llevado a un lugar que no es productivo ni para ellos ni para los demás. Si quieres cambiar el mundo, eso no se hace tocando los ideales de los demás, sino enseñando a compartir cosas diferentes. Debes respetar el camino de todo el mundo, porque todo el mundo ha llegado ahí por algo, ha llegado ahí de una manera, y esa manera no se puede obviar. Cada vez que estemos luchando contra una persona en el terreno de los ideales, habremos olvidado que su estructura se formó y se conformó de 0 a 12 años, y que no fue capaz de hacerlo de otra manera. Y esa manera, si la cambia, lo hará porque se haga consciente, y no porque los demás consideren que es mala o equivocada. La persona que ejerce la autoridad cree que no hay otra forma de vivir, la que se somete cree que no hay otra forma de hacerlo, la que miente cree que no hay otra forma, la persona que mata cree que no hay otra forma.

Jon: ¿Quiere decir eso que tenemos que aceptar el asesinato y la mentira?

Joaquina: No. Quiere decir que hay que encontrar herramientas que permitan que funcionemos con lo mejor, y no con lo que nos destruye a nosotros mismos y a los demás. No tiene ningún sentido que ataquemos lo que no coincide con nosotros, pues de ese modo no solucionaremos nada. Si hemos nacido en Gijón y nos encontramos con alguien que ha nacido en Marruecos, en vano vamos a tratar de que los dos pensemos igual.

Jon: ¿Entonces?

Joaquina: Lo que debemos hacer es trabajarnos individualmente los contraideales y dejar que los ideales se fortalezcan. Debemos saber que hemos nacido con unos ideales, y que estos ideales se van a mantener a lo largo de nuestra vida. Tal vez los ampliaremos con otros nuevos, pero en ningún caso los modificaremos. Hay que respetar la historia personal de cada cual, en la que se han generado sus ideales.  Por ejemplo, pongamos que somos madres y que tenemos un hijo de 16 años, y que todas las tardes merendamos con él.  Le estaremos enseñando que mamá viene las tardes a merendar con él.  Tal vez nuestro hijo tenga un amigo cuya madre jamás merienda con él, e incluso puede ser que nuestro hijo esté hasta el gorro de merendar con nosotros, y que sueñe con tener una madre que le deje merendar solo. Sin embargo, y a pesar de esa circunstancia, lo que es cierto es que le estamos inculcando un valor de protección. Él se lo puede adjudicar como valor o como contravalor, pero el caso es que nosotros estamos ahí y somos responsables de lo que le hemos generado: la maternidad, el apoyo, el amor incondicional, etc. Si nuestro hijo incorpora lo que le enseñamos como ideales, será una persona que tiene el valor del amor incondicional, el valor de estar, de la colaboración, de participar… Y si lo acepta como valor, no lo va a cambiar nunca. Si el día de mañana nuestro hijo se casa con una persona cuya madre jamás iba a merendar con ella, cuando tengan hijos aparecerá el ideal de uno de que hay que estar siempre con los hijos, enfrentado al ideal del otro de dejar a los hijos solos. Y ahí viene la guerra y el divorcio.  Es por ello por lo que conviene poner en común tanto nuestros valores como nuestros contravalores, porque se trata de instancias inmodificables.

Jon: Como todos tenemos muchos valores, ¿cómo elegir el importante?

Joaquina: Efectivamente, todos tenemos muchos valores, pero hay uno que es fundamental, y que es el que nos lleva a que nos crispemos cuando el otro no lo tiene. Cuando vemos amenazado nuestro valor fundamental no cedemos. El “sí” y el “no” tienen que ver con la aceptación de la diversidad. Podemos ser estupendos, y de pronto llega una persona que no nos gusta y nos convertimos en unos seres insoportables. O la persona a la que amamos dice algo que no soportamos y nos convertimos en unos monstruos.  Y aquí lo importante es que sepamos que hay algo que nos impulsa al crecimiento, y algo que nos detiene y nos destruye. Busca un valor que es esencial porque te lleva a crecer, y luego un contravalor que te hace detenerte.

Jon: ¿Cómo encuentro el contravalor?

Joaquina: Examinando los siguientes parámetros: Sin son culturales. Si son reacciones familiares. A veces has de averiguar si el contravalor es una venganza que surge como consecuencia de odiar a uno de los progenitores. Encontrar el contravalor y respetarlo es lo que permite el cambio.

265 Ideales y contraideales

Joaquina: Mi madre tenía para mí un contravalor muy grande cuando yo era pequeña. Yo pensaba que la mujer jamás tendría que estar cuidando a un hombre. Me parecía que yo era un ser sublime, y que no había nacido para cuidar a un hombre (hacerle la comida, lavarle la ropa, etc.). Me parecía asimismo que los hombres se debían aprender a cuidar solos. Estas eran las cosas con las que yo fabulaba de pequeña mientras mi madre se consagraba de la mañana a la noche a cuidar a mi padre. Yo detestaba que las mujeres tuviéramos que ser esclavas de los hombres. Llegó un día en el que tuvimos un gran enfrentamiento ella y yo, un enfrentamiento debido a que ella me argumentó que para qué iba a estudiar si mi vida iba a ser cocinar, limpiar y cuidar a un hombre. Yo le respondí que antes prefería estar muerta, que si yo había nacido para cocinar y fregar como ella prefería no vivir. Al final, lo que nos dice nuestro entorno y nuestra familia se acaba convirtiendo en nuestra ley, y es urgente que lo localices para poder cambiarlo, por lo que deberías de nuevo tomar el boli y el cuaderno y hacer una lista de las cosas que se han establecido en tu vida porque así lo aprendiste de tus padres, y no somos capaces de quitártelo.

Jon: ¿Entonces los contraideales son lo mismo que las creencias?

Joaquina: Los ideales y los contraideales no tienen que ver con lo que hacemos, sino con lo que somos. Están antes de la acción, y no son creencias, pues las creencias se pueden modificar. Por ejemplo, mi ideal es el autoconocimiento, y mi contraideal es que yo no tengo poder, y eso, aunque lo parezca, no es una creencia en la medida en que no puedo cambiarlo, puesto que soy esos valores. De nada serviría que alguien me argumentase en contra de ello. Los ideales es lo que somos; las creencias son lo que creemos. Las creencias mutan, podemos discutirlas y argumentar a favor o en contra. Los ideales permanecen inalterables.

Jon: Un ejemplo podría ser un ludópata, que tiene como contravalor que el juego es vida, y de nada servirá que le argumentemos en contra. Es él quien tiene que cambiar ese contravalor.

Joaquina: Exacto. Asimismo, un alcohólico cree que el alcohol es él, y eso tiene que quitárselo él, y no nosotros. No podemos decirle que deje de beber porque el alcohol se ha convertido en él.  Lo mismo ocurre con los hipocondríacos, que piensan que la enfermedad está en ellos. No es que crean que van a enfermar, es que están enfermos y no podemos convencerles de que no lo están. 

Jon: Donde veo que salen mucho a la luz es en pareja, y sobre todo cuando tienen un hijo. Surge un cisma familiar pues, inmediatamente aparecen los ideales y los contraideales de ambas familias, que chocan.

Joaquina: Para poder llegar a decir “sí” o “no” con libertad, para tener autoestima, necesitamos saber cuál es el detractor de nuestro éxito, un detractor que está dentro de nosotros. También debemos averiguar qué es lo que nos ayuda a llegar al éxito, y que también lo llevamos dentro. Si nos permitimos conocer nuestro interior en profundidad y nos damos cuenta de que tenemos algo que nunca nos ha permitido respirar, que no nos deja ser de otra manera a pesar de que nos está haciendo daño, no avanzaremos, pues estaremos cometiendo una y otra vez el mismo error. 

Jon: Y, si te he entendido bien, además tratamos de abordar nuestro contraideal como si fuera una creencia nunca lo vamos a superar. 

Joaquina: Necesitamos trabajarlo como un ideal que hemos adquirido para no avanzar en nuestra vida. En realidad, llevamos en la vida dos parejas: la persona interna, el yo interno que nos hace crecer, y el yo interno que no nos deja crecer. Esos dos yo están con nosotros; el que nos deja avanzar y el que no nos deja hacer. Es imprescindible para aprender a decir si y a decir no que conozcamos cuál es la parte de nosotros que no vamos a poder tocar.  Si no somos capaces de descubrirla y trabajarla, el día menos pensado nuestro detractor estará en nuestros hijos y en nuestras parejas, pues tanto los ideales como los contraideales se generan en la familia, y si no se trabajan, se reproducen en la familia que nosotros formamos.  Por ello, en el momento en que trabajamos la familia y la herencia familiar de una manera concreta, logramos avanzar.  Y es que, cuando hablamos de familia, hablamos de autoestima.  El niño de 0 a 12 años tiene que crear su autoestima a partir de lo que aprende de sus padres; cuando no la genera, luego hay que trabajarla desde la conciencia.

Jon: ¿Cómo trabajamos la autoestima si ya hemos pasado de los 12 años?

Joaquina: Para curar la autoestima, lo primero que necesitamos tener es voluntad, y la segunda cosa imprescindible es tener tolerancia, capacidad para decirnos “sí” y “no”, esto es, dar un paso hacia adelante sabiendo hacia dónde lo damos, y para ello es imprescindible conocernos. Aquel que se ha dicho, por ejemplo, “Yo no puedo ser delicado porque si lo soy no existo” es una persona que se va destruyendo a sí misma. Da igual lo que le digas: si ese es su contravalor, lo va a seguir utilizando hasta que realmente entienda que lo está utilizando para no tener autoestima. 

Jon: Entonces, tenemos a alguien que nos da autoestima y alguien que nos la destruye, y ese alguien está dentro de nosotros.

Joaquina: Nosotros le hemos entregado el poder a esas dos instancias, le hemos dado el poder de construirnos y de destruirnos, y si no localizamos dichas instancias, no vamos a ser capaces de desarrollar la tolerancia. Si en una pareja hay uno cuyo ideal es que hay que vivir muy deprisa, y otro cuyo ideal es la lentitud, si ambos no se dan cuenta que poseen dos formas distintas de ser y que además no son negociables, acabarán rompiendo, porque el ideal y el contraideal no pueden ser tocados.

Jon: ¿Y si cuando analizamos nuestros contraideales nos topamos con varios?

Joaquina: Eso quiere decir que no estamos mirando al contraideal (sólo hay uno), sino a nuestras creencias. El contraideal es aquello que en cualquier circunstancia surge como una forma de separación de los demás y de nosotros mismos. Además, mientras que las creencias cambian, el contravalor permanece. La creencia la podemos cambiar porque ha habido una situación donde se ha dado en positivo, pero el contravalor no se ha dado nunca en positivo.

Jon: ¿Entonces?

Joaquina: El contravalor lo vamos superando en la medida que vamos entendiéndolo, pero no en la medida en que lo estamos contraviniendo.  Una cosa que debemos tener en cuenta es que al contravalor no se le puede contradecir. Si luchamos contra él, nuestro contravalor encontrará otras formas de atacarnos.  Y los valores, estén en positivo o negativo, no pueden ser objeto de una conversación, pues no atienden a razones. Nunca podremos hablar de ellos para luchar contra ellos, podemos hablar sobre ellos para enseñarlos. Recuerda: siempre que luches contra el ideal de alguien, estarás luchando contra su persona. En el momento que nos demos cuenta de que nuestros ideales son los regentes de las ideas, los que hacen que pensemos de una determinada manera y no de otra, nos daremos cuenta de que desde ahí podemos iniciar un diálogo con el otro, pues seremos conscientes de que nuestros ideales son sólo nuestros, y de que el otro tiene los suyos y está determinado por ellos. Si yo soy creyente y mi interlocutor no lo es, escucharé lo que piensa, pero no entraré en discusiones, pues es una pérdida de tiempo discutir con el ideal.

Jon: Entonces, ¿qué podemos hacer con todas aquellas cosas que vienen de nuestros ideales?

Joaquina: Lo único que podemos es compartir nuestros puntos de vista y que el otro haga lo que quiera con ellos. Los ideales son la vida, y aquí no podemos entrar a discutir, pues nos mataríamos. Los ideales nos hacen radicales en la medida en que estamos hablando de nosotros mismos, de lo que es nuestro fundamento de vida. Si hablamos de ello en un terreno de opinión terminaremos creyendo que nuestra opinión es la verdad, y lo único que vamos a conseguir es la guerra. Lo bueno sería que fuéramos capaces de conocer nuestros ideales y nuestros contraideales para entrar en el terreno del consenso y del aprendizaje, pues ahí vamos a poder crecer.

264 Los contraideales

Jon: Locke decía que dejar de luchar y de discutir por lo que no se puede cambiar es la llave para comenzar a solucionar ciertos conflictos.  A veces es mejor una guerra perdida, pues tratar de ganar lo de que ninguna manera podemos ganar es una empresa absurda.

Joaquina: Si profundizamos en ello te darás cuenta de que el problema de flexibilidad o rigidez no está en el otro, sino en ti, que somos tan rígidos que queremos cambiar el mundo del otro porque no toleramos que no cumpla con nuestro ideal.  Por consiguiente, sería recomendable que tomáramos conciencia de cuánta inflexibilidad o falta de conceptos positivos hacia nosotros mismos tenemos. 

Jon: Pienso que a veces me doy cuenta de que no puedo cambiar algo y sigo luchando creo que se debe a que en el fondo deseo ser vencido.

Joaquina:  Aquí entra otro concepto: el contraideal. Al igual que tenemos ideales, tenemos también en nosotros contraideales. Los ideales son aquello que nos nutre para el desarrollo y el crecimiento, y los contraideales son todos los elementos con los que nos boicoteamos para no cumplir nuestros ideales.  Lo que nosotros mismos usamos contra nosotros como represalia, y que es la consecuencia de tener una creencia negativa sobre nuestro ideal, creencia que también hemos heredado.

Jon: De nuestros padres

Joaquina: Todo lo que somos lo hemos aprendido de nuestros padres, que son nuestros modelos.

Jon: ¿Un ejemplo?

Joaquina: Imagínate una situación en la que un padre nos ha enseñado a tener mucho cuidado con el dinero mientras que el otro nos ha enseñado a gastarlo sin miramientos.  Imagina que has copiado al progenitor que no lo gastaba, es decir, que has convertido esta conducta en uno de tus ideales “Lo mío es administrar bien el dinero”.  Imagina a continuación que te emparejas con una persona cuyo ideal es que el dinero hay que gastarlo sin miramientos. Los primeros meses serán, como en casi todas las parejas, estupendos, pues no te atrevererás a recriminarle al otro nada, y pensarás que ya cambiará con el tiempo. Sin embargo, pasa el tiempo, se celebra la boda, y un día le recriminas su comportamiento con el dinero. El otro te dice que lo va a intentar, pero sigue gastando. ¿En quién te vas a convertir?

Jon: En el padre que me enseñó que no podía gastar y que se pasaba el día discutiendo con mi madre, que sí gastaba.

Joaquina: Acabarás asumiendo ya no sólo el ideal de tu padre, sino también su papel de represor, y haciendo de la convivencia con tu pareja un sinvivir. Y es por tanto altamente probable que acabes arruinado y amargado, a no ser que aprendas que no vas a conseguir cambiar el hábito de gastar de tu cónyuge. Tal vez entonces también te arruines económicamente, pero conseguirás sin embargo no amargarte como pareja.

Jon: Es como si trajéramos una información interna que hemos aprendido en nuestra familia, y que no puede corregirnos nadie de fuera.  Solo la puede corregir el aprendizaje personal.

Joaquina: Por otra parte, en el interior de nosotros mismos libramos una batalla entre nuestros ideales y nuestros contraideales. Un ejemplo de contraideal sería el siguiente: sabes que la hipocondría no es buena, pero de vez en cuando das rienda suelta a tus obsesiones hipocondriacas para no llevar a cabo tus ideales, sean los que sean,  pues la hipocondría te obliga a estar obsesionados todo el día con las enfermedades y los médicos.

Jon: Si tanto los ideales como los contraideales son heredados, ¿piueden modificarse?

Joaquina: No. Es inútil que luchemos contra ellos, ni contra los nuestros, ni contra los de los demás. Pero lo que sí podemos hacer es consensuar para que la rigidez y la laxitud no se apoderen de nosotros. Para que seamos firmes y flexibles debemos conocer tanto nuestros ideales como nuestros contraideales, y te invito a que te pares para localizar cuál es tu contraideal.

Jon: ¿Cómo?

Joaquina: Debes analizar qué es aquello que no puedes dejar de hacer a pesar de que sabes que no es positivo para ti. Otro ejemplo de contraideal: pensar que debemos proteger a nuestra pareja porque si no lo hacemos creemos que nos va a dejar de querer.

Jon: ¿Es eso un contraideal?

Joaquina: Sí, porque en realidad parte de algo negativo, de un miedo, que me impulsa a hacer algo que mi pareja no necesita, y que es que esté todo el día protegiéndola sin necesidad. Ahí no sólo estoy haciendo algo inútil, sino que además tengo todas las papeletas para que mi pareja me deje de querer por pesado. Si no encuentras tu contraideal, no vas a ser capaz de cambiar tu vida.

Jon: ¿Cómo se aplica en el ejemplo que has puesto de la pareja en la que uno gastaba y el otro no?

Joaquina: El que gastaba, y en la medida en que no va a ser capaz de renunciar al despilfarro, va a acabar odiando al que intenta prohibírselo. Tal vez incluso va a acabar deseando que se muera, porque le hace la vida imposible. La persona que despilfarra, que no puede controlarse con el dinero, no puede eliminar su contraideal. Los contraideales, cuya génesis son una suerte de dragón interior que nos  van consumiendo, y aprender a controlarlos depende de nosotros mismos, y no de lo que nos reproche nuestra pareja, pues esos reproches nos devuelven a lo que vivimos de niños en casa, que es el origen de nuestro problema, y que nos afecta tanto que nos deja sin capacidad de reacción.

Jon: No se puede aprender a nadar en un mar encrespado.

Joaquina: La mayor parte de las cosas que hacemos es porque las queremos, y eso incluye no sólo conductas positivas, sino también destructivas. Quien despilfarra, quien se droga, quien come hasta convertirse en un obeso mórbido… la mayor parte de estas personas no dejan lo que les destruye porque en el fondo no quieren. Por tanto, es inútil ir contra esas conductas, porque un alto porcentaje de esas personas no desean en el fondo cambiar nada.  Y lo mejor que podemos hacer es mostrarnos tolerantes. Esas personas, si en algún momento lo desean, podrán cambiar lo que les destruye.

Jon: De alguna manera estás diciendo que detrás de un contraideal hay un profundo deseo de libertad. De ser libres de aquello que nuestros progenitores nos han impuesto, y que además nosotros hemos aprendido, pues nos guste o no, ellos son nuestros modelos, y lo que somos se lo debemos a ello.

Joaquina: Por ello, no es en absoluto extraño que cuanto más rígida sea una madre más disoluto se puede convertir su hijo, que cuanta más pureza haya en la casa más perversión puede aparecer, que cuanto más paciencia aparezca muchísima más tensión, y un largo etcétera. Es decir, que cuanto más haya de algo, más va a haber también de su contrario. De qué adolecemos cada uno de nosotros ha dependido de estos desequilibrios, y si no lo arreglamos, vamos a reproducirlos con nuestras parejas. Para que puedas comprobar que esto que digo no es una afirmación baladí, puedes hacer el siguiente ejercicio: Toma un bolígrafo y un cuaderno, y apunta qué es lo que intentas todo el tiempo que tu pareja modifique, y que no lo logras, y que además cada día va a peor. Si no tienes pareja en la actualidad, puedes pensar en alguna de tus parejas del pasado.

263 Firmeza y flexibilidad

Hace frío y con las manos en los bolsillos caminamos por un Retiro húmedo y fresco. Es temprano y el rocío todavía no ha desaparecido de la hierba.

Jon: A principios de cada año solemos tomar resoluciones que no acabamos dándoles continuidad, y me vienen a la cabeza dos conceptos de los que sueles hablar cuando tratas temas de niños: Firmeza y flexibilidad.

Joaquina: Sí, firmeza es la capacidad para permanecer estable, fuerte y constante, mientras que la flexibilidad es la cualidad que permite no sujetarse a normas estrictas y adaptarse a las circunstancias. Eres firme con tus propios valores y creencias, elementos ambos que constituyen tu columna vertebral, y eres flexible con los valores y creencias del otro, y también en la adaptación a situaciones que están fuera de ti y que no sabes manejar.

Jon: Entiendo. Hay un ingrediente en la ecuación que me falta: La tolerancia, sobre todo para la flexibilidad.

Joaquina: Si pretendemos que la firmeza y la flexibilidad sean tales y no se conviertan en rigidez y en flojedad, hay que tener un grado correcto y equilibrado de tolerancia para poder vivir de acuerdo con nuestros deseos e intenciones respetando los deseos y las intenciones de los demás. Es necesario que haya un equilibrio entre la firmeza y la flexibilidad, entre saber decir no, que sería la firmeza, y sí, que sería la flexibilidad.

Jon: Entonces podemos decir que, añadiéndole la noción de “tolerancia”, la firmeza y la flexibilidad son la capacidad de aceptación y adaptación a las situaciones que están fuera de nosotros y no podemos manejar.

Joaquina: Somos firmes en relación con algo que creemos, y flexibles en relación con algo que cree el otro, y aquí hablaríamos de tolerancia.

Jon: La pregunta que me surge para comprobar cómo tengo la firmeza y la flexibilidad es: ¿Soy libre para responder “sí” o “no” siempre que lo deseo, o por el contrario tengo dificultades e incluso no soy capaz de dar la respuesta que realmente quiero? La verdad es que me cuesta muchísimo decir que “no” así que muy libre no soy.

Joaquina: Casi todos pecamos de una falta de tolerancia hacia lo que convive con nosotros, sea nuestra familia o nuestros amigos, y esta intolerancia se debe a un conflicto de ideales e intereses.  Tal vez estos conflictos se evitarían si nos diéramos cuenta de que la falta de tolerancia no es más que la falta de respeto a ideales e intereses que no son los nuestros.

Jon: Mi tocayo, John Locke, se planteó que era necesario que las personas encontraran un lugar donde la tolerancia se produjera, pues sin ella no es posible la discusión productiva, es decir, aquella en la que se alcanzan conclusiones nuevas gracias a que se escuchan los argumentos de todas las partes. En su obra Carta sobre la tolerancia, plantea que los gobiernos, las leyes y las religiones son focos de intolerancia, o lo que es lo mismo, de rigidez, en la medida en que responden a unos ideales sin plantearse que pueda haber la posibilidad de tener otros. Las religiones y los poderes fácticos imponen esos ideales, y llevan a que los sujetos que nacen en el seno de sus sociedades se conviertan en individuos inflexibles, esto es, incapaces de convivir con otros individuos que tengan ideales y creencias distintas a los suyas. Para Locke, era urgente plantearse la legitimidad de los poderes fácticos y las religiones, puesto que conducían a los ciudadanos a no saber convivir.

Joaquina: Por eso, el trabajo de la firmeza y la flexibilidad debe comenzar con el cuestionamiento de nuestros propios ideales. Es decir, que antes de comenzar a discutir con el exterior, conviene comprobar si nuestros ideales son reales. Y una vez que lo hayamos comprobado, debemos darnos cuenta de que el “no” correcto, es decir, el ejercer una firmeza justa, significa saber decir “no” a todo aquello que rompe nuestros ideales. Y la flexibilidad debería producirse, como te dije antes, cada vez que nos acercamos a alguien que tenga ideales que no coincidan con los nuestros, pero sin que esa creencia del otro modifique la nuestra.

Jon: Pero el ideal no está sujeto a una circunstancia temporal, sino a la vida entera de una persona.

Joaquina: Así es, los ideales se forman en el tiempo, y no en el presente. Se han constituido en nuestro crecimiento familiar, en nuestro desarrollo.  Por tanto, no todo sirve como ideal.  Si decimos que nuestro ideal es, por ejemplo, acabar nuestros estudios, ahí estaríamos confundiendo el ideal con el objetivo.  Lo que tendríamos que decir ahí es que nuestro ideal es acabar las cosas empezamos. Y para comprobar si somos firmes con nuestros ideales basta con probar hasta dónde somos capaces de mantenerlos.

Jon: Siguiendo con tu ejemplo, si la persona cuyo ideal es acabar las cosas que empieza deja sus estudios porque su pareja le propone un viaje al Caribe…

Joaquina: Entonces es que no está siendo firme, y esa falta de firmeza al final le pasará factura.  Todas las pruebas de la vida están siempre en los ideales. Así que la flexibilidad es la capacidad para decir “sí” aun cuando nuestra creencia sea otra, y sin que ello suponga una ruptura de nuestros ideales. La flexibilidad es aceptación y tolerancia, y es muy fácil alcanzarla cuando no choca con nuestros ideales.

Jon: Lo interesante aquí es averiguar hasta dónde podemos llegar a tocar el terreno en el que están los ideales de los demás sin mostrarnos rígidos o laxos. 

Joaquina: Te pido que reflexiones sobre esta historia:

“Erase una montaña tan pero tan alta, que nunca era posible ver la cumbre; primero porque la vista no podía llegar tan alto y segundo porque ella siempre estaba cubierta de nubes, de muchas nubes; sólo el viento podía llegar a esa altura. En el tope de la montaña había algunas piedras, siempre acurrucadas por el frío, no había animales y en ella habitaban dos árboles; ellos eran muy valientes porque eran los únicos capaces de vivir en ese sitio, donde siempre había nubes, y casi no había sol.

Los dos árboles estaban uno al lado del otro y ambos eran muy altos, tan pero tan altos que ni siquiera con la imaginación más grande era posible ver sus copas.

Uno de ellos era un Roble, muy elegante, duro y serio; él se creía el árbol más fuerte y bello de todo el mundo; a su lado el otro árbol era un Pino, también muy elegante, pero no tanto como el Roble, era más blando y tierno, no tan fuerte, pero sí tan alto como el Roble; sus puntas estaban a la misma altura, claro con ciertas pequeñas dudas: el Roble era considerado como el mejor de los dos.

Un día de enero, que era el mes de mayor frío, un viento del Sur sopló y sopló, ambos árboles sintieron que ese viento no era igual al de todos los días, era más caliente como son los vientos del Sur, era mucho más fuerte, entonces el Roble se dijo:

  • Con mi fuerza y mi poder no hay viento que me asuste.

El Pino, un poco mas sencillo, se dijo:

  • Ese viento es peligroso, no se calma, mas bien aumenta de intensidad; esto no me gusta.

El Viento sopló más y más fuerte, algunas de las piedras del piso se movieron de su sitio e incluso, algunas se hundieron en la tierra, las nubes se movieron con tal rapidez que sólo se les veía por un instante y ahí no terminó todo; el viento se puso aún más fuerte. El Roble no temía, él era fuerte y duro, y aguantaría cualquier cosa; el Pino que era más blando se comenzó a doblar y a doblar, e incluso hubo momentos en los cuales la punta del Pino tocó el piso, este sentía por eso gran dolor, pero se doblaba y no se partía. El Roble comenzó a doblarse y doblarse, pero era tan rígido y fuerte que al no permitir que él mismo se doblara, empezó a resquebrajarse y a perder sus ramas.

El Pino lo observó y le dijo:

  • Déjate doblar, así no te partirás.

Pero el orgulloso Roble, le contestó:

  • No, yo soy fuerte y no me doblaré, yo aguantaré, ya verás.

Al Pino no se le partió ni una sola rama, pero el Roble al no permitir que sus ramas se doblaran, empezó a perderlas e incluso perdió parte del tronco; el Pino le decía:

  • Amigo, si no te doblas, te vendrás abajo, no te resistas.

Y el Roble le contestaba:

  • No permitiré que mi cuerpo, hermoso y elegante, se doble.

El viento sopló más fuerte, tan fuerte que ya las palabras no se oían; sólo se escuchaba el chirrido agudo que atormentaba los oídos y que sólo lo produce el viento al soplar muy fuerte. En ese momento el Roble comenzó a partirse por la mitad; el Pino viendo aquella situación decidió doblarse al máximo y así al acercarse, pudo soportar el peso del Roble y logró que éste no se partiera y muy poco a poco, fue logrando que el Roble se doblara hacia él, siempre, el Pino sosteniéndolo y de esa manera el Roble pudo tolerar la inmensa furia del viento.

Poco a poco el viento pasó, tardó días en dejar de soplar por completo, el Pino sentía un gran cansancio, no sólo por luchar contra el viento, sino por tener que soportar el enorme peso del Roble para que éste no se partiera, y por ello el Pino, nuestro amigo, quedó extenuado. Al terminar de soplar el viento, el Roble se pudo enderezar y el Pino quedó doblado, había sido tanto el esfuerzo que no pudo enderezarse; el Roble había perdido parte de su tronco, muchas hojas y ramas, pero estaba todavía en pie y al ver al Pino doblado le dijo:

  • Amigo Pino, ¡qué gran amigo eres tú!, te has sacrificado por mí, que incluso te despreciaba por tu debilidad; me has demostrado que la debilidad en algunos momentos de la vida es lo que más fuerza nos da y que hay que ser flexible y eso te permite tolerar los vientos más fuertes, y me has enseñado que la fuerza está en la amistad y en la tolerancia. Gracias, querido amigo, de los dos, tú eres el más fuerte y aún doblado, eres el más bello de nosotros dos.

Y así, luego de ese gran susto, ambos árboles estando aún de pie, fueron grandes amigos y lograron crecer aún mucho más, con el tiempo y con algunas ramas del Roble que ayudaron, nuestro amigo el Pino logro enderezarse y hoy por hoy, es un Pino muy derecho y bello.”

Joaquina: Te recomiendo que hagas un listado de cuándo has sido roble o pino, y que en ambos casos señales a quién has tenido cerca cuando has sido roble, y a quién cuando has sido pino.  Asimismo, conviene que reconozcas cuál es tu tendencia. ¿Piensas que es mucho mejor no ceder, aguantar hasta el final y que los demás nos cuiden, o por el contrario tienes tendencia a ser pino? Y en este último caso, ¿has aguantado más carga de la que podías porque no has sabido decir “no”?

262 Revisión 2022

Acaba de comenzar el nuevo año y estamos, como en tantas otras ocasiones, en la tranquila Fuerteventura dejándonos acariciar por su agradable clima y preparando material para los cursos que vienen.

Jon: ¿Qué sentido tiene hacer una revisión de lo que ha pasado en el año?

Joaquina: Una revisión anual tiene como fin conocer qué ha sucedido en un espacio de tiempo, relacionando los resultados con las expectativas. En muchos casos las esperanzas no han sido marcadas con anterioridad y eso conduce a una sensación de frustración no identificada como tal, apareciendo un estado nostálgico, a veces un grado de depresión, falta de motivación y un amplio etcétera, afianzándose la idea de que la vida es injusta.

Jon: Yo veo que pocas veces somos capaces de verbalizar esta situación, y la falta de análisis con perspectiva nos sumerge en un camino sin final, con falta de límites y sin propósito consciente.

Joaquina: El ánimo inconsciente crea un resultado negativo del que te vas resintiendo, almacenando el déficit año tras año, dificultando así las posibilidades de superación. Lo que deberías hacer es optimizar esta visión hacía el año que está a punto de finalizar, comprobando la incidencia que han tenido todos estos aspectos. Alégrate muchísimo de lo que ha ido estupendamente y ponte a conocer las causas y posibles soluciones de lo que parece presentar un resultado peor. En cualquier caso, se trata de gozar de lo que has aprendido. Cada experiencia ha sido una gran maestra de la vida.

Jon: ¿Debería hacerlo separando la vida personal de la profesional?

Joaquina: Definitivamente sí.

Jon: Vale, empecemos por la vida profesional. ¿Cómo puedo conseguir un desarrollo gradual ascendente?

Joaquina: Siempre y cuando se reúnan las siguientes condiciones: Que emplees los conocimientos como un bien personal y comunitario. Que tu empresa tenga un proyecto que esté dentro de tus ideales personales. Que no esperes resultados ni el reconocimiento de los demás. Y que exista un respeto a las ganancias o remuneración y en ningún caso se critique. La capacidad de vivir los ideales en los proyectos o entrega empresarial te dará como respuesta una economía saneada junto con una equilibrada autoestima. Ambos son pilares básicos para poder desarrollar investigaciones más satisfactorias en el futuro.

Jon: ¿Y qué hacemos con esa sensación, que a veces nos persigue, de no poder hacer lo que deseamos?

Joaquina: Los sentimientos de pobreza, imposibilidad económica, sensación de no poder hacer aquello que se desea… desembocan en un desequilibrado valor personal en el campo de los conocimientos o de la razón. Si te parece podemos ir analizando según el tipo de trabajador.

Jon: Genial. Empieza por los trabajadores por cuenta ajena. Por ejemplo, yo, que trabajo para ti.

Joaquina: Los trabajadores por cuenta ajena son personas que trabajan en la idea de otra persona, teniendo que entregarse y respetar las directrices que vienen incluidas en este proyecto no personal. El salario normalmente tiene un incremento anual marcado por convenios y es difícil valorar qué cuantía de esta subida es por rendimientos propios o por la globalización salarial. En todo caso, lo que hay que tener en cuenta es la disponibilidad al proyecto, la satisfacción profesional y los logros personales que se estiman dentro de la competencia desarrollada.

Jon: Y entonces, cualquier merma en este análisis va a producir un deterioro de la autoestima, y eso nos crea una sensación de no ganar lo suficiente, o una falta de estímulos.

Joaquina: La forma de poder definir estos desequilibrios es más emocional que económica y se inicia en una bajada en el rendimiento, disculpas explicitadas o no, falta de creatividad, etc.

Jon: ¿Por qué?

Joaquina: Las causas pueden ser una desobediencia innata que se va desarrollando a más cada año, o a la falta de criterio y proyecto personal. Los efectos más notables son la desmotivación creciente y la falta de creatividad con una constante exigencia de reconocimiento de los mandos superiores, sentimiento de infravaloración y dificultades para salir de su propio descrédito. Todo lo que sucede en su puesto de trabajo depende de la creatividad, motivación, seguridad y, en suma, del ideario de otro. Los rendimientos de la empresa, así como los criterios aplicados, necesitan de la confianza de cada participante del proyecto. La primera y origen de las demás, es la confianza en sí mismos, así como en la elección del lugar donde quieren aplicar sus conocimientos. Ser capaces de cosas que nunca experimentan es quizá la tendencia más frecuente de las personas que viven esta experiencia profesional. Por lo tanto, muchos de los individuos en esta situación creen que ellos harían mejor, podrían desarrollar, mandar, dirigir, organizar…y en su irrealidad, factible, pero no comprobable, van aumentando su salario y su insatisfacción día a día.

Jon: ¿En qué deberíamos centrar la revisión?

Joaquina: La revisión tiene que centrarse en la motivación, estímulo hacia el proyecto, capacidad de aplicar la creatividad a lo realizable, etc. En ningún caso debe centrarse en la subida salarial. Esta podrá ser considerada en las conclusiones y las decisiones posteriores. Hay que tener en cuenta si la sensación de riqueza o pobreza guarda relación de un año a otro dentro de los movimientos salariales. Si yo ganaba 12.000€ anuales en 2003 y me sentía bien, cuando me han subido el IPC aplicado a toda la empresa en el 2004, ¿qué he sentido? ¿Qué actitud he tenido después por ello? ¿Siento que he perdido valor y he bajado mi rendimiento y ánimo de permanencia en la empresa? ¿Qué tengo en cuenta al realizar este estudio, lo que rindo o lo que quiero que me paguen? ¿He estado ejerciendo todas mis capacidades, o estimo que la empresa tiene que pagarme haga lo que haga? Cuando la mente no participa en toda su capacidad en un proyecto sea del tipo que sea, empieza a debilitar su aptitud y en contra empieza a exigir mucho más.  El resultado es un sentimiento de pobreza y decadencia.

Jon: ¿Y en el caso de ser un profesional por cuenta propia?

Joaquina: Es una visión mucho más sencilla. La persona trabaja en su proyecto. El estudio de este profesional va a determinar si es capaz de trabajar por su idea o por el beneficio económico. La estabilidad de los rendimientos, la proyección en el tiempo y la capacidad de mantenerse en una idea ampliándola, pero en ningún caso desviándose de ella, son el principio de la investigación que hay que realizar. Lo que es importante dirimir es la rentabilidad. Para ello debe analizar los resultados económicos desde varios puntos de vista:

  • Los ingresos comparando los últimos cinco años. En este resultado se encuentra la credibilidad que tiene su proyecto y si es íntegro en él.
  • Los gastos en relación con el año anterior. En muchos casos cuando hay una reducción de valoración y autoestima se aumentan el consumo en proporción directa con la bajada de los ingresos con el ánimo de satisfacer la pérdida de valor. Hay un deseo superficial de disimular ante los otros esta falta de rendimiento.
  • La cuenta de resultados (ingresos menos gastos) del último año en relación con el anterior. El equilibrio en este dato es la base de todo el análisis. La avaricia o acumulación de bienes o el despilfarro, facilitan mucha información de los cambios que hay que realizar.

Jon: ¿Qué debería saber la persona?

Joaquina: La persona tiene que saber ganar el dinero que necesita para su proyecto vital sin esfuerzos, respetando la energía de este y el movimiento de crecimiento social, aportando puestos de trabajo, más fluidez y venciendo el egocentrismo. Solidaridad con los menos capacitados, favorecer la educación, cuidar el crecimiento espiritual, son labores que devuelven los bienes empleados.

Jon: ¿Podemos mirar ahora la vida personal?

Joaquina: Esta mirada requiere de una sensibilización en las relaciones interpersonales y habilidad para hacer introspección sin culparse, pero desde luego, sin evadir responsabilidades. Está conectada a la vida afectiva, desarrollo físico emocional y tiene mucho que ver con la salud en las relaciones sexuales o expresivas, con el entorno y con parejas de amor más concretamente.

Jon: ¿Parejas en el sentido amplio de la palabra?

Joaquina: Cada persona que ha estado en nuestra vida, aunque sea un solo instante, ha sido un maestro para nosotros de alguna manera. Tenemos que revisar y profundizar tanto en el amor que hemos sentido como en el resentimiento que nos ha quedado con cualquier relación, hasta la más insignificante, en tiempo o en profundidad. La relación de pareja es una de las más estimadas para las personas. Muchas veces creemos que son aquellas personas con las que sentimos la pasión desbordante y por ello efímera. Dos personas en cualquier situación forman una pareja, encontrados en un punto para compartir, comunicar, reír, gozar o de alguna manera sufrir. Para lo bueno y lo menos bueno dos que se encuentran en un punto deben poder resolver sus diferencias sin que medie la ruptura.

Jon: El debe y el haber de las relaciones existe y el capital de amor o resentimiento hay que analizarlo en toda su dimensión. ¿No?

Joaquina: Los apegos a una relación concreta, la sensación de fracaso, el abandono a uno o al otro… Cualquiera de esas experiencias tiene que ser observada con minuciosidad y en un detalle hasta quisquilloso. Todo lo que se resiente en esta investigación habla de dos partes de nuestra personalidad. Primero, la necesidad de ser aceptados donde hay una mirada más a las propias expectativas que lo que quiere el otro. Y segundo, la necesidad de aislamiento o soledad, interviniendo en este caso un miedo a las expectativas del otro y a la dificultad para marcar el territorio personal.

Jon: En ambos casos se presenta la falta de responsabilidad y obediencia a uno mismo. ¿Tu crees que el Ser en su más pequeña derivada, sabe lo que le hace feliz, qué quiere, en qué quiere participar y qué personas son válidas o no para crecer y aportar su experiencia?

Joaquina: Sin duda. Realiza un estudio de qué personas han entrado en tu vida y si han sido por tu búsqueda de aceptación, o por tu búsqueda de aislamiento. Y el mismo análisis sobre qué personas han desaparecido y cuál de los dos motivos lo ha provocado.

Jon: Al fin y al cabo, somos seres seres sociales y en la medida que buscamos aprender buscamos las personas que lo propicien.

Joaquina: Si pretendemos ser aceptados, escondemos nuestra negación a valorar a los demás hasta que no somos estimados por ellos. Las parejas que encontremos tenderán a medir nuestra capacidad de valorar antes de serlo nosotros. Hay una sincronía extraña, tanto el que busca aceptación como el que busca rechazo, en realidad buscan lo mismo, sólo que uno de ellos lo esconde hasta que ha cautivado, al contrario. Dos fuerzas contrapuestas se aniquilan, a veces con mucho dolor, otras con mucha frialdad. En el caso segundo, aislamiento y rechazo, las parejas tenderán a buscarlos, acompañarlos, demostrarles amor y, escondido detrás, estará una necesidad de reconocimiento hasta compulsa por parte del que llega y una infravaloración y falta de creencia en sí mismo por parte del que desea ser rechazado.

Se acerca un camarero y nos pregunta, extrañado de que llevemos toda la mañana en la terraza del hotel rodeados de cuadernos y libros, si vamos a ir a la playa. Nuestra mirada y sonrisa le contestan.

261 La Navidad y la competencia práctica

Joaquina: En las Navidades, toda la persona que no tiene competencia práctica entra en una crisis depresiva, de mayor o menor nivel. Añoran su infancia, añoran a sus padres, añoran el poder estar con gente…es una añoranza de algo que no tienes, cuando la competencia práctica te exige adaptarte totalmente a lo que tienes y vivir con ello, sin más.

Jon: Veo que estamos sometidos a reconocer nuestra falta de competencia con casi todas las cosas que pasan.

Joaquina: La siguiente etapa para darnos cuenta hasta que punto tenemos o no competencia relacional es la primavera. La primavera es el desequilibrio de todas las personas que no tienen esta competencia. El enamoramiento desmedido, el descontrol, la sensación de una inestabilidad emocional muy grande…

Jon: Me estás diciendo que la competencia práctica y la relacional son las dos grandes crisis, pero serán también las dos grandes potencias con las que hemos nacido.

Joaquina: El mundo ha vivido mucho tiempo en la competencia práctica. Hasta el s. XV el hombre ha vivido a la inclemencia del entorno. Es donde más habilidades ha conseguido aprender. La competencia relacional empieza a aparecer, a desbordarse, más adelante. Y en el s. XIX aparece la competencia intelectual. Pero estas dos competencias, la relacional y la práctica, son innatas al hombre. Por lo tanto, saber adaptarnos y saber acomodarnos es algo que hemos aprendido en el tiempo.

En el 1492, con el descubrimiento de América, es cuando empieza a aparecer el sentimiento de interrelación universal. Si el hombre tiene esa sensación de universalidad, de que somos todos uno, es a partir de ahí, que es cuando desaparecen los guetos de la competencia práctica en el mundo y aparece la relación de civilizaciones, las culturas, la multidiversidad… es cuando el hombre empieza a unirse al hombre con relaciones interpersonales de gran sentido. El hombre sabe cómo es su entorno, su universo.

Hasta que no se descubrió América había ignorancia para la competencia práctica. A partir de ahí descubre que la tierra es redonda y empiezan a aparecer las sensaciones de estabilidad. El hombre ya sabe dónde está, y esto genera un espacio de confianza. Y esto permite que el hombre se relacione con el otro con un grado de confianza mucho más grande. A partir de ese momento el hombre empieza a desarrollar su competencia relacional, que es la habilidad para desarrollarse con gentes de múltiples culturas. Se tiene que acomodar a diferentes formas de vivir, adaptarse a la diversidad, al disconfort que representa lo desconocido…

Jon: Y la Navidad pone a prueba la capacidad que tenemos de adaptarnos a las personas que nos rodean, incluso a los familiares.

Joaquina: Siempre que esté con una persona debes saber la capacidad de adaptarse a su medio y su capacidad de acomodarse a las personas que la rodean. Esos son sus dos pilares: El agua es la angustia, la pesadumbre y el miedo. El aire es la cólera, la ira y la agresividad. Y la ansiedad. Y la tensión.

Jon: Pero la angustia es un problema de miedos…

Joaquina: Lo que significa la angustia es que tú no puedes resolver algo. Es una paralización. La angustia te conmueve hasta el punto de no poder adaptarte. Mientras que la tensión, la agresividad, la ira, la cólera…tienen que ver con la acomodación. Si notas que una persona tiene angustia, tienes que trabajarle la competencia práctica, que es lo que piensa que no puede. Los problemas de viento son de acomodación con el entorno, de ti hacia los demás y de los demás hacia ti.

Jon: A mí, de las cosas que más me molestan en las reuniones familiares es la cantidad de ruido que se genera, tonos de voz muy altos, carcajadas desmedidas…

Joaquina: Todos los problemas relacionados con los ruidos tienen que ver con los oídos. Tiene que ver con un miedo infantil. Los oídos están regidos por el agua, el frío. Cuando tenemos miedo es que hemos tenido un desequilibrio, algo del entorno que te ha asustado mucho.

Jon: Así es, y mis oídos están bastante mal. ¿Y el viento?

Joaquina: El viento no da alegría. El viento lo que hace es darte placeres. El viento es el placer y el gozo. La alegría te la da la luz, el sol y el calor. La pasión desmedida, el descontrol emocional… son los vientos. Las carcajadas no se hacen desde el viento, sino desde el calor desmedido. La carcajada es inconsciencia. Hay personas que piensan que tienen una alegría desmedida, y lo que tienen es una necesidad de placer desmedido. El viento templa el calor y da paciencia, da templanza, da la capacidad de la tranquilidad, da la paz…pero hay que saber manejarlo. Por eso la competencia relacional te permite vivir en el gozo. Tienes un amor a ti mismo que no te permite que te vayas a ningún sitio.

Jon: Antes has mencionado la primavera.

Joaquina: En la primavera no tenemos alegría, tenemos pasión. Y esa pasión te puede hacer sentir un gran placer. Las estaciones internas existen: la primavera es de 12 a 24 años. Cuando nos enamoramos de alguien de una forma apasionada estamos con el viento. La pasión de la motivación es algo excelso. La competencia intelectual va desarrollándose y las competencias van quedándose paradas. En la competencia relacional prima mucho más el amor, la acomodación, el sentir que eres amigo, que te entiendes con el otro… debería ser la competencia de estas Fiestas.

260 Claves de una relación Santa

  • El error es personal. En ningún caso dos personas pueden verle igual.
  • Es algo que se ve en el otro, pero que uno sabe que está dentro de si mismo.
  • Cada uno puede cometer un error diferente que el otro no puede comprender.
  • El error solo se produce porque crees que el otro es diferente.
  • En la medida que no quieres reconocer que el error está dentro de ti deambulas buscando personas.
  • Si tu error está fuera la persona que encuentres será un reflejo de ese error.
  • En un primer momento no serás consciente de esa coincidencia, pero con el paso del tiempo será muy evidente y empezarán el sufrimiento y el dolor.
  • Basas tu relación en la idea de la diferencia.
  • La diferencia sólo existe en la forma y esta es una percepción.
  • Todos somos maestros. Es nuestra decisión cómo emplear la maestría.

259 Víctima y victimizador

Joaquina: En la relación especial jugamos dos papeles imposibles de arreglar: el que victimiza y el victimizado. Siempre jugamos uno de estos dos papeles en todas las relaciones de nuestra vida, aunque nos comportemos de distintas formas dependiendo de las situaciones y personas. Entre dos roles iguales no hay interés, por eso la relación entre victimizadores o víctimas se rompe casi al comienzo.

Jon: Y eso también es válido para nuestro mundo interior.

Joaquina: Así es, si victimizamos fuera, nos victimizamos interiormente. Una víctima ataca precisamente buscando constantemente el ataque del otro. Una víctima para el ataque teniendo muy claro dónde quiere ir: “pase lo que pase yo hago lo que creo que debo hacer” Una víctima ha venido a enseñar, en lo que a trabajo personal se refiere, porque está siempre dispuesta a aprender.

Jon: ¿Y el opuesto?

Joaquina: Un victimizador puede pasar exteriormente por el ser más débil del mundo, con tal de atacar al otro. Puede pasar de tener forma de víctima a forma de victimizador dependiendo de la situación. El cambio exterior o superficial de víctima a victimizador es el juego del ego que nos confunde para que no sepamos nunca dónde estamos. El victimizador ataca donde él tiene que aprender. Sin embargo, la víctima vive en la comodidad de creer que los otros son los malos. Pero la víctima es un suicida. Que nos mate otro, si somos víctimas, significa que nos hemos suicidado nosotros mismos. Y no podemos presentarnos ante Dios habiéndonos suicidado.

Jon: Cuando nos damos cuenta de que funcionamos así ¿cambiamos el rol?

Joaquina: El trabajo personal es cambiar el “aquí” y el “ahora”. No hay que cambiar el rol que jugamos en la relación especial, simplemente tenemos que darnos cuenta de que es irreal. Si aclaramos cómo atacamos, seremos capaces de parar el ataque. Cuando vamos a atacar siempre nos sentimos separados del otro. Todo el trabajo personal se hace única y exclusivamente para parar el ataque.

Jon: ¿Y cuando somos los receptores del ataque?

Joaquina: El ataque que recibimos se para no atacando nosotros. Cuando paramos el ataque nos encontramos con nuestras emociones, con nuestros sentimientos. Propiciamos la parada del ataque del otro. Lo que nos hace perder la calma es nuestro ataque, no el ataque que recibimos.

Jon: En la relación especial entiendo que jugamos dos papeles imposibles de arreglar: el que victimiza y el victimizador. Sin embargo, creo que en el contexto individual de la persona siempre se vive un único rol: de víctima o victimizador. Siempre jugamos uno de estos dos papeles en todas las relaciones de nuestra vida, aunque nos comportemos de distintas formas dependiendo de las situaciones y personas a las que nos enfrentamos.

Joaquina: En ambos casos, los dos han sido víctima en un momento de la vida. El victimizador ha sido víctima de uno de sus padres. La víctima ha sido víctima de uno de sus padres o de ambos.

Cómo saber cuál de los dos roles ejercemos:

VICTIMIZADOR:

El victimizador es un ser que nace con la creencia de que ha sido un error el estar aquí. Los padres, liberándose de su culpa, atacan al hijo, hiriéndole profundamente. El hijo no está dispuesto a que nadie en el mundo le vuelva a hacer lo que acaba de vivir: no cree que él sea culpable, sino sus padres, y decide no volver a sufrir nunca más ese dolor. A partir de ahí se convierte en victimizador, y utiliza eso que tanto le ha hecho sufrir como instrumento de ataque. Un victimizador puede surgir por haber nacido un hermano, de un abuso sexual, etc.

Un victimizador es un ser que ha amado tantísimo a uno de sus padres que no ha podido soportar el ataque de ese padre. Ha vivido la identificación máxima. El victimizador nace así del gran amor y se sitúa en el gran odio. El único rencor real del victimizador procede de uno de sus padres. Ese rencor le lleva a una venganza proyectada en su primera relación. El victimizador no se atreve a mirar realmente a nadie, por el inmenso dolor que ha vivido. Es el Gran Amor que no se da porque se convirtió en odio.

La realidad del victimizador es su creencia en que nunca es culpable de nada. Para el victimizador el culpable y la culpa siempre están fuera. Nunca ve ningún problema en él, siempre en los otros. El victimizador cree que cualquier cosa que da ya es excesiva.

Un victimizador puede pasar exteriormente por el ser más débil del mundo, con tal de atacar al otro. Puede pasar de tener forma de víctima a forma de victimizador dependiendo de la situación. El cambio exterior o superficial de victimizador a víctima es el juego del ego que nos confunde para que no sepamos nunca dónde estamos.

La victimización se puede dar en los tres niveles: mental, emocional, físico.

Un victimizador mental es una persona para quien los errores de su pensamiento en el trabajo, en las relaciones, etc., son de los demás. Es dogmático, cree que siempre tiene la razón.  El victimizador emocional buscará el punto débil del otro y le atacará donde la emoción del otro sea débil. El victimizador físico es el que ataca en el dinero, en el sexo, en lo que se hace, etc. descalificará profesionalmente al otro, en su aspecto exterior, etc.

Hay victimizadores expresos y soterrados. Un victimizador soterrado no va a hacer manifiesto su pensamiento de que no se equivoca, de que no es culpable, etc. Su ataque será entonces no hacer lo que el otro espera; por ejemplo, un hijo victimizador con un padre victimizador será un victimizador soterrado que suspenderá, se drogará, etc.

El victimizador nunca se venga: está en su ley, lo que hace nunca está mal, hace justicia y justicia equilibrada. La víctima en cambio dará mil explicaciones de todo lo que hace, intentará justificarse.

El victimizador ataca donde él tiene que aprender.

Las claves para reconocer al victimizador

•   Cree que no se equivoca

•   Nunca se cree culpable

•   Los demás no cambian, ¿por qué va a cambiar él?

VÍCTIMA:

La víctima nace con la sensación de que trae una culpa enorme que tiene que limpiar. La víctima nace de haber sentido el gran rechazo a estar aquí. La víctima recibe también el ataque de sus padres. Inmediatamente piensa que la culpa es suya. La liberación de la culpa inicial (que existe antes de los padres pero que no se experimenta hasta los padres) es el juego eterno de la víctima.

La víctima nace del gran odio, y se lanza a la búsqueda de ser amado, busca el reconocimiento, busca la limpieza de su culpa. Y cuando recibe de los demás lo mismo que le hicieron sus padres siempre piensa que le castigan porque se lo merece. La víctima ve expiar su culpa cada vez que recibe un castigo, reconoce siempre un poso de culpa, un poso de dolor.

Una víctima ha venido a enseñar, en lo que a trabajo personal se refiere, porque está siempre dispuesta a aprender.

Una víctima ataca precisamente buscando constantemente el ataque del otro, y vive en la comodidad de creer que los otros son los malos. La víctima no se cree merecedora de recibir, por eso siempre pone enfrente a quien le va a decir “no”.

Las claves para reconocer a la víctima:

•   Cree que se equivoca siempre

•   Se cree culpable

•   Los demás cambian y él no

•   Cree que los errores propios no tienen disculpa

258 Como perdonar a los demás

Jon: Encuentro que es relativamente fácil perdonar nuestros propios errores, o por lo menos disculparlos. Sin embargo, veo más complicado perdonar los errores de los demás.

Joaquina: Es un tema que me pone un poco tensa. Independientemente de mi estado de ánimo de pensar que todos somos perfectos, lo que sí tengo claro es que el mundo entero rezuma mucha culpabilidad, mucho dolor y mucho malestar.

Jon: Entonces ¿tiramos la toalla o hay algo que se puede hacer?

Joaquina: Sitúate en el primer día que conociste a una persona que has amado profundamente. Ese primer día, lo que viste fue a un maestro, un maestro lleno de luz.

Jon: ¿Quiere decir que esa persona era perfecta?

Joaquina: No. Quiere decir que esa persona tenía la capacidad de enseñarte aquellas cualidades en las que tú necesitabas un aprendizaje en ese momento. No analices lo que era esa persona, sino lo que pusiste sobre ella; ese día viste a alguien que tenía unas características que tú necesitabas para crecer.

Jon: Situado estoy.

Joaquina: Aunque esta persona tenía ante tus ojos unas características maravillosas, también poseía su propia vida, que no era la vuestra. Esa vida iba ligada a una serie de comportamientos que, cuando eran puestos en práctica, hacían que te olvidaras de la persona y le colocaras el nombre de los comportamientos. Esto se llamar personalizar los comportamientos. Te olvidas de diferenciar persona de comportamiento: empiezas a llamarla impaciente, dices que es egoísta, déspota, que no te quiere, que no te hace caso. Pero en realidad no estás hablando de la persona, sino de sus comportamientos, y estos son universales, lo que quiere decir que también hablas de ti mismo. Cada vez que personalizas en el otro y dices “esta persona es impaciente”, estás diciendo que tú eres impaciente. Echas fuera la culpa, y para liberarte de ella necesitas aprender la diferencia entre tener un pensamiento descriptivo o uno personalista.

Jon: Entendido.

Joaquina: A continuación, debes descubrir cuál es el comportamiento que personalizas permanentemente, que lanzas fuera permanentemente, esa acción del otro que te hizo inmediatamente echarlo fuera. Piensa cuál fue ese comportamiento con el que pusiste la etiqueta a la persona, echándole por encima tu propio error. Cuando proyectas en el otro y le dices “es que eres muy impaciente”, no estás hablando de la persona. La persona es en sí misma, los comportamientos solo son actitudes que tienen que ver con el devenir de sus propias actuaciones. Esa persona no es impaciente: tiene un ritmo más alto comparado con el tuyo. Si al hablar con la otra persona fueras descriptivo y le dijeras: “yo hago las cosas a este ritmo, pero cuando estoy contigo siento que lo hago más lento y me enfado”, no habría posibilidad de discusiones. Pero en lugar de describir las acciones, las personalizas, conviertes actuaciones en ser.

Jon: Me reconozco ahí. ¿Qué debo hacer cuando pasa?

Joaquina: Vas a hacer dos miradas profundas: una de ellas es para comprobar cuál es la cualidad o el comportamiento que menos puedes soportar, para hacer una reflexión y darte cuenta de que es tuyo y, además, vas a ver a la persona a la que más culpas para darte cuenta de que estás lanzando un concepto personalista que debería ser descriptivo.

Jon: Quieres decir que, si describo un comportamiento nada más vivirlo, nunca habrá culpa, y si lo describes cinco minutos después, sí la habrá.

Joaquina: En el momento en el que la cabeza empieza a pensar algo de alguien, descríbelo, porque si no estarás hablando de ti mismo. Busca ahora la cualidad que más trabajo te cuesta describir. Sigamos con el ejemplo de la impaciencia, que es que te cuesta trabajo aceptar el ritmo de los demás. Si piensas que una persona es más lenta, verás que eres incapaz de sacar la descripción de ella, terminarás diciendo “es una pachorra”. Comprueba que, si dices en el momento las cosas y las describes, no hay posibilidad de rencor; si las guardas, no hay posibilidad de perdón porque todo lo que está en la cabeza, el cerebro piensa que es para ti. Cuanto más daño te haces, más daño crees que te ha hecho el otro.

Jon: Entonces los estados descriptivos aíslan a la persona de hacer algo bueno o malo.

Joaquina: Exacto. Tú puedes decir ahora mismo: “esta persona ha hecho un acto de violación de la fuerza de otra persona”. Si le llamas violador, tu cerebro adquiere la forma de un violador a los dos segundos. El cerebro no entiende que tú hables de algo que no eres, y solo aprende de razón, de aprendizaje y de expresión. Nosotros tenemos una dificultad: creemos que somos cuerpo y emoción, pero no lo somos. El cuerpo es la vasija y la emoción es el movimiento de nuestra presencia divina. La voz, el movimiento y el cuerpo forman parte de la experiencia para estar con personas, mientras que la mirada forma parte de la experiencia para estar con Dios. Esa es la gran diferencia. A partir de ahí, te das cuenta de la diferencia que existe entre estar mirando y aprendiendo o estar mirando y personalizando. Cuando personalizas, Tú has decidido que el comportamiento de una persona, que es algo físico, que es algo actitudinal, se convierta en el espíritu de esa persona, y eso es inviable. La persona no es una materia de actuación; llega a ello porque hay algún aprendizaje que no ha conseguido hacer. Hay algo que ha pasado en su persona, y esa experiencia es suya, no es tuya. Ese comportamiento es de él, no es tuyo. Tú has aprendido a un ritmo, y la otra persona aprendió a otro ritmo. La descripción tiene que empezar por ti, no por la otra persona.

Jon: ¿Puedes poner otro ejemplo?

Joaquina: Claro. Puede que tu descripción del amor sea que el otro te coja la mano 10 veces al día, pero puede que la descripción de la otra persona no sea así. El amor no se comparte, se vive. La otra persona no siente tu amor, siente el suyo. El amor es incompartible, no se puede compartir, no se puede romper, no se puede hacer nada con él más que vivirlo. Solo puede experimentarse. Cuando quieres agarrar el amor del otro a través del personalismo, lo que haces es perderlo.

Jon: Me resulta difícil aplicarlo al, por ejemplo, egoísmo.

Joaquina: El egoísmo es una de las cualidades sobre las que más personalizamos. No hay ninguna persona en el mundo que se queje de egoísmo y que no sea porque ella misma es egoísta. Cuando es generosa, no está pidiendo nada y no se queja de que el otro sea egoísta. El proceso descriptivo del egoísmo es: “en este momento estoy queriendo tener esto y estoy pidiendo que tú me lo des cuando debería estar dándomelo yo mismo”. Describes qué estás esperando, describes lo que es, cómo es y acabas. No hay ninguna persona que no vaya a funcionar ipso facto con un estado de generosidad increíble. Le dices eso al otro e inmediatamente se da cuenta de que ella misma no estaba dando algo que podía y, desde ese ejercicio, las dos empezaréis a darlo. Cuando le dices a alguien “yo estoy necesitando esto, y yo tendría que estar dándotelo en lugar de esperarlo”, es inviable que la otra persona rápidamente reconozca que ella tampoco está dando. Se abre la puerta al reconocimiento. Cuando no hay ninguna reclamación, no hay ninguna exigencia, ningún enfado.

Jon: ¿Sería algo así?: “En este momento estaba esperando que vinieras a mi lado y te pusieras a hablar conmigo, cuando soy yo el que tendría que sentarme a tu lado, dado que es lo que yo estoy necesitando. Es más, tendría que estar pensando si tú realmente estás necesitando hablar conmigo. Perdóname. Mi actitud en este momento es profundamente egoísta”.

Joaquina: Debes aprender que, por encima de todas las cosas, tienes que desarrollar la capacidad de expresar. Que tus acciones tengan una coherencia con lo que realmente eres. No eres cuerpo, no eres emoción. Tu ser está en una vasija, que es tu cuerpo, y se mueve a través de una emoción. Todas las culpas que echas a los demás están en la emoción y en el cuerpo, no en el ser. Para conocer realmente a los demás, debes aprender a ser descriptivo de los hechos, no descriptivo de las personas. Las personalidades no son personas, sino que estas van más allá. Cada vez que razonas lo que hacen los demás, vives en la culpa. Razonar algo es utilizar tu inteligencia, tu experiencia y tu forma de ver las cosas para ponerle una etiqueta. Describirlo es utilizar tu inteligencia a través de elementos asépticos que tienen un valor para ti. Las personas llevan a cabo comportamientos, pero no son sus comportamientos. El impaciente tiene 500 cualidades más; el incomunicativo tiene 500 cualidades más, así como el egoísta. Pero date cuenta de que la relación se acaba por ese personalismo que has hecho.

El método de trabajo comienza, entonces, por ir a ti, a tu culpa, ver qué cosa tienes que aprender de la situación y ponerte a aprenderla. No entres en la relación, porque entonces te vas a poner a recriminar. Vas a empezar de la siguiente manera: “en realidad yo he visto que tú has hecho esto que seguramente no te parecerá que es esto, pero a mí me lo ha parecido”. Pero recuerda que hay que empezar por decir: “yo pienso esto de esta situación”.

Ocúpate de las personas, no te preocupes nunca de las personas. Ocuparse de las personas es dejarlas ser, dejar que cuenten o no cuenten lo que sienten, dejarlas vivir. Lo que una persona es no puede ser expresado en un solo comportamiento. Puede comportarse de cierta manera en un momento, pero existen miles de facetas que no caben en ese comportamiento concreto.

Describir comportamientos o vivir personas, esa es la gran diferencia.