Acerca de Jon Elejabeitia

CEO & Founder NEXTYOU, Arquitecto

124 El perdón a la pareja II

Hoy he decidido cambiar una conversación por un esquema muy sintético y creo que claro, de los cinco pasos que hay que dar. En este caso están aplicados a perdonar a la pareja, sin embargo, se pueden utilizar, matizándolos, en todos los procesos donde quieras hacer un cambio personal.

 Al final, un par de preguntas para cerrar el tema. Gracias por los comentarios.

 

  1. – Confianza
  • Nacer a la visión de tu capacidad de perdonar.
  • Sólo podemos nacer libres cuando confiamos que nada del pasado nos retiene.
  • Tenemos todo lo que necesitamos para cumplir nuestra misión.

 

  1. – Tolerancia y Paciencia.
  • Crecer a la aceptación de los procesos de adecuación en saber aprender y enseñar.
  • Reconocer nuestro espejo y no quedarnos prendados en los errores.
  • Dar el tiempo a las cosas y a las personas.
  • El camino es ligero y nuestra preparación la adecuada.

 

  1. – Conciencia
  • Cambiar todo aquello que vamos comprobando que nos hace perder nuestra paz, nos resta felicidad y nos detiene en el proceso de ir hacia Dios.
  • Ser conscientes de la felicidad que propicia el cambio, y de nuestra correcta preparación para él.

 

  1. Seguridad y decisión.
  • Experimentar todo lo que vimos, aceptamos y cambiamos.
  • Observar los resultados evitando la duda que podríamos experimentar.
  • Decisión para vivir la acción.

 

  1. Liberación.
  • Desposesión de todo lo negativo que hemos vivido hasta llegar aquí.
  • Quedarnos tan solo con la esencia positiva de cada situación.
  • Extensión y enseñanza desde la unión.

 

EJERCICIO:

Encuentra los tres aspectos negativos más relevantes para ti de:

  1. Tu hermano/a

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Busca la similitud con tu pareja actual, o la persona a la que quieras perdonar, con los aspectos que has indicado en tu hermano/a.

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123 El perdón a la pareja

Es fácil en un día cualquiera, a nada que salgas un poco a la calle, encontrarte alguna pareja discutiendo. Lo difícil es darse cuenta de que en realidad no discuten entre ellos. Cada uno discute con las parejas anteriores, con los padres, con las carencias, con el rencor acumulado. Estamos en un concurrido restaurante y en la mesa al lado de la ventana una pareja se esfuerza por controlar una discusión que se acalora a cada momento.

Jon: Ya sé que hablamos muchas veces del tema de la pareja, pero tu siempre has defendido que es en pareja como crecemos humanamente y nos desarrollamos en la vida, aprendiendo sobre nosotros mismos, Entonces, ¿por qué nos lo ponemos tan difícil, acumulando rencor a través de las distintas relaciones por las que pasamos?

Joaquina: El rencor, o la separación, nace en la relación especial. Iniciamos esta relación con alguien que creemos tiene algo que en nosotros no fluye de forma espontánea, o simplemente pensamos que nos falta. En un principio nos parece válido ir recibiendo de otro, lo que nos parece imprescindible para nuestra felicidad, pero cuando pasa el tiempo entramos en una situación dual: Sentimos rencor por la confirmación de nuestra carencia. Y nos hacemos dependientes de la persona a la que tenemos rencor porque tememos que nos dejen y no nos suministren lo que creemos que es la base de nuestra felicidad.

Jon: Pero a veces sí somos conscientes de esta doble situación.

Joaquina: Cuando esto ocurre, aparece la necesidad de atacar, para castigar al otro por tener o por poder dejar de suministrar lo que creemos que nos merecemos. A partir de ese momento iremos dejando en evidencia las faltas o fallos que encontremos en el otro con el fin de vencer nuestro miedo a la pérdida. El ego fomenta esta lucha sabiendo que el final es una ruptura, y el inicio de una nueva relación que empezará con la misma premisa: La búsqueda de lo que no se tiene.

Jon: ¿En qué se basa esto?

Joaquina: La base de este fundamento es la sensación de carencia en la que el ego nos envuelve con el fin de fomentar la separación y la visión irreal de que Dios da a sus hijos valores diferentes. Esa fabricación del ego es la que lleva al ataque y a la necesidad de castigar a los que se conciben como diferentes.

Jon: Entonces todo esto es parte de un proceso bien estructurado…

Joaquina: Así es. Nacemos con la desconfianza de nuestras capacidades para realizar nuestra misión. Vemos en los demás lo que en nosotros es una carencia. Ellos pueden realizarse.  Nosotros no. Crecemos intolerantes ante el esfuerzo a realizar porque pensamos que el camino es más arduo que nuestra preparación para el. Aceptamos que son los otros los que crecen y envidiamos su crecimiento, lo que en algunos casos nos lleva a querer pararlos. Nuestra juventud es inconsciente y alocada, bloqueando la comunicación, convencidos de que nuestro ser no está preparado para esta experiencia. Esperamos que los demás cambien lo que nos molesta y si no lo hacen les culpabilizamos de ello. Llegamos a adultos con muchas dudas, inseguridades y la profunda indecisión sobre lo que tenemos o no tenemos que hacer. Paralizamos nuestro camino. Dudamos del sentido de la vida. Queremos que los demás experimenten por nosotros para luego decir que esa experiencia les vale a ellos, pero a nosotros no. La madurez. Es costoso el tiempo vivido. Tenemos apego a todo lo nuestro, aunque no nos resulta válido y el rencor está preso en nosotros. Todos tienen lo que no tenemos y además están apegados a ello y no lo dan. Otros se extienden, nosotros guardamos lo que tenemos porque quizá nos lo quiten y nos quedemos sin nada.

Jon: Siempre te he oído decir que el perdón es el camino para la madurez.

Joaquina: El principio del perdón se basa en entender que nada ha sucedido. Ha sido nuestro mundo de proyección el que, desde estados subjetivos, nos ha llevado a vivir como una realidad lo que era una fabricación del ego. Pensamos debería haber sido de otra manera, y eso es lo que genera el rencor. En ese momento nos hemos convertido en directores, guionistas productores y primeros actores, y en este estado de egolatría, no permitimos que nada se mueva fuera de nuestra dirección. ¡Pobres de aquellos que hayan actuado, aunque sólo sea un instante, de forma diferente a la deseada por nosotros! En nuestra mediocridad no somos capaces de vivenciar que enfrente hay otro director que barre para sí mismo al igual que lo hacemos nosotros.

Jon: Entonces, cuando somos capaces de observar el escenario común, somos capaces así mismo de compartir y extender, con respeto, nuestro propio guión.

Joaquina: El perdón, nace cuando vemos y aceptamos que, en nuestro tramo de coexistencia con los demás, el alumno y el maestro son el mismo. Cuando entendemos que no han existido hechos, sino fabricaciones del ego. Perdonamos cuando nos abrimos a experimentar esta realidad para poder extender nuestro perdón.

Jon: Según esto, perdonar, es por encima de todo, hacer un reconocimiento de que nada existió ni en uno mismo ni en los demás.

Joaquina: Perdonar, nos lleva a la relación santa. Una relación donde nos sentimos plenos, abiertos al aprendizaje desde los recursos que tenemos, viendo a nuestro hermano como un maestro y un alumno libre. Nos damos sabiendo que es lo mismo que recibimos. Enseñamos sólo lo que queremos aprender.

Jon: ¿Cómo perdonamos?

Joaquina: Perdonar es un ejercicio de 5 pasos:

Primero: VER el hecho o suceso que necesita perdón. Para ello abstráete al máximo y minimiza la información del hecho.

Segundo: ACEPTAR que hay una parte con la que te has sentido atacado y que aún no has perdonado. Que ha existido en el pasado una situación donde has actuado así con la misma u otra persona. Es importante para analizar este punto observar el contenido y no la forma. Es quizá en este aspecto donde más nos confunde el ego. Nos hace ver aspectos diferenciales en los modos y actitudes y nos hace obviar las características abstractas del hecho. Una vez localizadas las dos situaciones, debes anotar:

  • La justificación que te das para esa forma de actuar;
  • Qué elemento buscas dentro de tu análisis para paliar tu culpa.
  • Cogiendo estos datos aplícalos a la situación donde tú crees que recibes el ataque.
  • Dos actos con un mismo contenido sólo pueden ser realizados por dos mentes con un mismo tipo de pensamiento.

Tercero: CAMBIAR. Una vez comprobado que todo lo que vives y crees recibir de los demás no es mas que el resultado de la intolerancia que vives hacia ti mismo y hacia ellos, debes ver qué parte de ti mismo vas a cambiar para que los hechos no vuelvan a repetirse.

Cuarto: EXPERIMENTAR. Ahora date un tiempo para experimentar libre de los juicios anteriores. Ya conoces que la dificultad estaba en ti, y la reconstrucción también lo está. Desde ahora tu experiencia en la relación con situaciones de este contenido va a ser de crecimiento y liberación.

Quinto: EXTENDER. Una vez visto, aceptado, cambiado y experimentado, extrae la esencia del trabajo que has hecho. Olvídate totalmente de situaciones no existentes y haz la síntesis de este trabajo para cualquier experiencia de tu vida. Ahora, cada día debes ser maestro de esta esencia y hacerla extensiva a todos tus actos y momentos.

Voy a transcribir el ejercicio que hicimos en un Taller sobre este tema, que creo que puede ser útil.

  1. Busca dentro de ti una carencia que hayas buscado en la persona que hoy vas a elegir para experimentar el perdón.

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  1. Sitúate en un momento muy doloroso, con tu pareja. Algo que hoy piensas que no puedes perdonar. Dale un nombre abstracto a esa situación.

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  1. Mira hacia atrás en el tiempo y piensa en alguna persona, después de tus 12 años a la que tú le hayas hecho lo mismo. Escribe la diferencia que encuentras entre una situación y la otra.

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  1. Escribe la justificación que te das para el hecho.

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  1. Mira a ver si puedes justificar de igual forma la situación que tú has recibido. Es decir, disculpa de la misma forma a la persona del presente. Si no es así, escribe qué diferencias encuentras en la situación, si son de forma o de contenido.

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  1. Piensa qué le dirías a la persona del presente si se justificase con lo que tú lo estás haciendo y ponte en su lugar.

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  1. ¿Volverías a hacer lo mismo que hiciste en aquella época?

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Si la respuesta es NO:

  • Tendrás que aceptar que no fue real, sino un estado transitorio de tu aprendizaje.
  • Todas las personas actuamos igual.
  • No hay más maldad en nosotros que en ti y al revés.

Si la respuesta es SI:

  • Seguramente es que estás lleno de resentimiento hacia todos y hacia ti.
  • Ese resentimiento es el que te lleva a atacar.
  • No olvides que tu experiencia dolorosa también ha sido vivida por las personas que te rodean.
  • Si tu justificas tu ataque por lo vivido debes considerar igual de válida la justificación de los otros.
  • Las leyes de la vida son justas cuando puede compartirse la visión de los hechos.
  • Decide si quieres aceptar que todos actúen como tú o decides romper hoy la cadena del dolor.
  1. Intenta cerrar los ojos y ponte en la situación actual, sin ningún recuerdo. Si al mirar a la persona todavía se te mueve algún nivel de tensión es porque no quieres perdonarte a ti. Entonces tendrás que hacer el ejercicio desde el principio contigo mismo. Para ello no debes olvidar esta premisa: Tú y todos actuamos en el instante mismo del hecho únicamente como hemos podido, no con el nivel máximo de información que teníamos, pero si con el máximo de conciencia que en ese momento hemos podido. Un instante después, al comprobar, el ser se ha relajado y nos hizo creer que hubiéramos podido hacerlo mejor.

Esa es la trampa más vil del ego, que tiene una doble vertiente:

  • Por un lado, es el sentimiento de culpa que nace en ti.
  • El ego es verdaderamente consciente de que la culpabilidad se nos hace insoportable y necesitamos lanzarlo fuera, y la única forma de hacerlo es haciéndonos creer que los demás son culpables porque ellos sí podían haberlo hecho mejor.

 

122 El mensajero divino

Estamos en la azotea de una terraza de un gran hotel de Monterrey. Hay una luna grande, blanca y redonda, y estrellas. Muchas estrellas. Es fácil ver la mano Divina en todo esto.

Joaquina: No sé si existe Dios, porque en los peores momentos de mi vida, cuando busco más allá de mí, siempre hay algo que me hace buscar más, por lo tanto, a ese más, lo llamo Búsqueda. Es el mito que se puede permitir de ser único, ese Dios del que se habla, o esa Búsqueda de la que se habla, o ese punto inexplorado al que se quiere llegar. Los demás, somos iguales y estamos aquí. Como yo todavía no me he enamorado de ningún Dios, ni he querido a ningún Dios que esté en mi misma corporalidad, el planteamiento es que, en la medida en que nos sentimos dioses para dar, y al otro le convertimos en vasallo para dar, es decir, “yo doy lo que yo quiero y tú das lo que yo te pido”, hay algo que no está correcto, hay algo que tenemos que analizar si queremos romper los lazos del rencor, del dolor, de la miseria, del abandono, de sentirnos todo el rato marginados por un concepto que es “lo que yo hago y lo que yo digo es perfecto, y lo que tú dices y tú haces está hipotecado por mi perfección”. Si yo lo veo perfecto, es perfecto y si lo veo imperfecto, es imperfecto. Independientemente de lo que nos haya enseñado la religión católica, independientemente de quién nos lo haya enseñado, la única verdad que existe es que todos somos iguales, con la misma capacidad de dar y de recibir y con la misma capacidad de ser culpables o no ser culpables.

Jon: Creemos que somos únicos para nosotros.

Joaquina: Si somos únicos, estamos solos, porque el otro es único también. Es complicado para mí entender que nosotros somos únicos y que el otro existe. Si tú eres único en poder, luego tienes vasallos, pero los vasallos son de otra civilización. O sea, tú eres Dios y luego están los que caminan por debajo. Nos sentimos dioses que tienen gente que les sigue, porque si fuésemos únicos, no habría nadie, no nos podrían amar. Estamos buscando la adoración.

Jon: ¿Por qué se produce esta búsqueda de adoración? ¿Por qué necesitamos que nuestro mensajero sea Dios y no sea un ser sabio?

Joaquina: Esto es importante. No tenemos un mensajero sabio, como lo tiene el budismo, como lo tienen otras civilizaciones, nosotros tenemos un mensajero divino, que es Dios. Si el mensajero es Dios, y somos nosotros como él, ya estamos perdidos totalmente.

Jon: ¿Para qué queremos esta fabricación?

Joaquina: Se supone que, si somos únicos y somos dioses, seríamos la encarnación del amor, no estaríamos esperando amor, porque somos amor. Vamos a seguir planteándonos esta divinidad que tenemos tan extraña. Si somos dioses, como el concepto de amor es Dios, el amor supremo, si somos dioses, ¿por qué no tenemos el amor supremo, sino que esperamos que nos amen supremamente?

Jon: Entonces, ése es el fraude de las relaciones. La culpa, la no culpa, la pérdida de amor… y todas esas cosas. La paradoja que planteas es: si somos dioses, somos amor, entonces, ¿para qué queremos que alguien nos ame?

Joaquina: No estoy hablando de la religión, estoy hablando del mensajero. Estoy planteándome a Jesús previo a la religión. Te planteo en voz alta ¿qué nos hace a nosotros concebir un camino en el que estamos agarrados a la culpa y a la necesidad de castigo? O rompemos la culpa y la necesidad de castigo, o será imposible que hablemos con el que tenemos cerca, de iguales. Porque si el otro es culpable y nosotros no, siempre vamos a necesitar castigar, ya que, en el fondo, nosotros no nos sentimos culpables de nada. El culpable está fuera, o mi padre, o mi madre, o la religión, o el vecino, o la policía, o quien quieras. Yo me exculpo a pesar de que hablo de que me siento culpable, en realidad, permanezco culpabilizando a los demás.

Jon: Como en tantas ocasiones, el meollo de la cuestión está en nuestros padres.

Joaquina: De forma instintiva, elegimos nuestro padre Dios y, según avanzamos en la vida, vamos teniendo problemas con nuestro padre no dios, lo cual quiere decir que vamos perdiendo nuestra divinidad. No sabemos compartir a dios, llegan la envidia, los celos, el malestar con nuestros hermanos. Ahí empieza a confirmarse que no somos Dios.  Cuando nuestros hermanos nos dicen “eres como papá/mamá”, como el padre no dios, empezamos a tomar conciencia de que no somos divinos. Esta distancia de la divinidad que vamos teniendo, en el fondo es la que permanece dentro y la que nos hace vivir permanentemente culpables. Porque a la única persona que no perdonamos es al padre que no ha sido dios. Mientras que no perdonemos a nuestros padres no saldremos nunca de la cruz. La cruz no está en lo que siento por el otro, sino en el sentimiento que tenemos de falta de plenitud en la relación que hemos tenido con nuestros padres.

Jon: Estás diciendo que lo que no le perdonamos a nuestros padres, no le perdonamos jamás al mundo.

Joaquina: No existen más rencores en el mundo que los que tenemos a nuestros padres, que multiplicamos con nuestros hijos, con nuestros amigos, y que multiplicamos con el mundo entero. Pero el error, el dolor y el daño está ahí metido, y es ahí donde tenemos que trabajar el perdón. Ahí es donde necesitamos la crucifixión, que se provoca en el mismo momento en que queremos castigar a nuestros padres por lo que nos han hecho. Y lo más duro es que nosotros hacemos exactamente igual con nuestros hijos o con nuestros amigos. Así hemos sentenciado la falta de paz eterna.

Jon: Porque en el fondo estamos consumando permanentemente el error de la familia. Desde el primer día que nacen nuestros hijos, nos convertimos en nuestros padres.

Joaquina: Tienes que conseguir que el amor a las dos partes de tu conformación es lo que te hace salir de la culpa, entre tanto no eres capaz, porque en el de al lado siempre ves el error de aquel padre al que no amas. Cuando tienes pareja estás buscando la compensación del amor que te faltaba, pero cuando tienes hijos te conviertes directamente en la persona que odiaste, inmediatamente, para justificarlos.

Jon: ¿Y los que no tienen hijos?

Joaquina: Se lo hacen a los amigos. El tema está que cuando tú no le perdonas a un padre y lo repites, te conviertes en persona a la que hay que castigar, a partir da ahí empiezas a llevar tu propia cruz, la cruz de tu culpa, culpa que más adelante proyectarás en otro.

Jon: ¿Qué puedo hacer?

Joaquina: Lo primero, darte cuenta de que tienes los maestros que, si les cambias lo que hicieron mal, son los perfectos. Porque ellos son los que te enseñaron lo que necesitaste aprender, que eso es lo que significa el estado de perfección. Tus padres tienen la muestra de lo que tú necesitas aprender, nadie más la tiene. En la forma en la que tú haces las cosas está tu maestría, y eso es lo que vino a enseñar Jesús, nada más. Lo que vino a enseñar Jesús es que los maestros que tenemos son los maestros perfectos para nuestra fórmula de aprendizaje, nuestra religión católica, la forma de entender el mundo, nuestras cosas. Jesús nos enseñó la muerte que ya teníamos y nos abrió a la resurrección. Esa es la diferencia. Si quieres seguir en la muerte, que es lo que has aprendido hasta ahora, no llegarás a la resurrección. La resurrección que yo te propongo no es una resurrección hipotética, es dejar la muerte que tenemos dentro, que son los errores de nuestra familia, hacer un plan de acción para resucitar de esos errores. Este es el plan que te propongo:

Jon: Esto hace que me plantee qué tipo de entramado he decidido hacer con mis creencias para llegar a un punto donde estoy prisionero del castigo. Para romper ese entramado necesito entender de donde viene. ¿Por qué hemos decidido la divinidad por encima de la sabiduría? ¿Por qué no hemos decidido que nuestro maestro era sabio, simplemente? ¿Qué beneficio tenía el decir que era Dios?

Joaquina: Que nosotros somos únicos, somos indiscutibles, somos la panacea del bien y el mal, los únicos que existen. En el momento en que tú eres consciente todo el tiempo del amor que te tienes a ti mismo, eres incapaz de hacerle algo al otro que no sea con amor. Pero tienes que ser consciente del amor a ti mismo, no jugar al juego de que no te amas, que esa es la mayor barbarie de lo que hacemos.

Jon: ¿Y la aplicación en el día a día?

Joaquina: Cuando te encuentras con una persona, sea quien fuere, tu amor, que no está fuera, no es que ames a la persona, sino que es tu amor proyectado fuera, tenga una capacidad de permear al otro. La capacidad de que el otro haga lo que quiera en cada momento, sin que tenga que justificarse ante nosotros, ése sería el amor infinito, porque tiene que estar libre de miedo, tiene que estar libre de no aceptación, tiene que estar libre de dogmatismo. Pero jugar al juego de pensar que el otro te hace lo que tu le estás haciendo a él. Jugar al hecho de que el otro decida que su vida es mucho mejor sin ti, o jugar al hecho de que el otro no trabaje y te deje toda la carga de trabajo a ti, jugar a lo que estás haciendo y te darás cuenta de que es insoportable y ése es el punto que tienes que ver. Que lo que es insoportable para ti es exactamente igual de insoportable para el otro. Solamente con esta necesidad de ser únicos, nos encontramos aislados de ese amor.

Jon: ¿Cuál es tu propuesta?

Joaquina: La propuesta es que sólo se tiene poder cuando el amor está dentro y no está fuera, que sólo se tiene prestigio cuando el amor está dentro y no está fuera. Que somos capaces de conocer solamente nuestro amor, el amor del otro nunca lo podremos conocer. Que somos capaces de expresar nuestro amor, nunca podremos expresar nuestro amor en la palabra del otro y, lo que es mucho más importante, la libertad sólo la tenemos cuando amamos libremente al que está enfrente, hacia él y hacia nosotros. La causa de la culpa está en la falta de amor. Siempre pensamos que el otro nos está dañando, que el otro no se comporta como nosotros queremos, que el otro no está haciendo lo que nosotros buscamos o como nosotros lo buscamos. Y, a partir de ahí, el otro es reo absoluto de la culpa y necesitamos matarle, inmolarle, asesinarle, destruirle, condenarle, llámalo como quieras.

121 La resurrección

Jon: Imagínate esta fiesta cristiana del dolor sin procesiones, sin Cristos crucificados y nazarenos siendo paseados por la calle para magnificar el dolor. ¿Dónde quedaron las enseñanzas de Jesús? Imagínate una prohibición total de salir a la calle es estos días de Semana Santa. ¡Qué buen momento de búsqueda interior!

Joaquina: Jesús enseñó todo lo que había antes de llegar él. Y lo que él dijo fue que hay otra forma diferente de hacerlo, que es esta: Toma como referencia la vida de tus padres, toma como referencia los errores que estás repitiendo y déjalos atrás, cámbialo. Conviértete en una cosa diferente. Y si no te das cuenta de que los estás repitiendo, plantéate preguntarle a la gente que los conoce, a quién te pareces de los dos, en los comportamientos.

Jon: ¿Qué es nuestra muerte?

Joaquina: Todo lo que estamos repitiendo hasta ahora, qué hemos visto y no nos ha gustado, pero que estamos replicando. A mí me viene muy bien pensar que es de ellos, porque así no lo tengo que cambiar. Te prometo que si durante 21 días consegues no hacer nada igual que tu padre o que tu madre que no quieras, con respecto a algo en concreto, sentirás que eres una persona totalmente diferente.

Jon: ¿Qué tengo que hacer para quitarme esa cruz de encima?

Joaquina: Esa cruz es quitarte aquello con lo que tú te castigas todos los días sin darte cuenta. Es repetir un aprendizaje que crees que no lo puedes cambiar. Ese aprendizaje: la intolerancia, el mal humor, la cobardía… ese aprendizaje que tienes todos los días sobre tu espalda y que te hace vivir totalmente acordonado, totalmente encerrado en ti. Ese aprendizaje lo tienes que conocer. ¿Qué es lo que me hace verdaderamente imposible mi existencia? ¿Qué es lo que todos los días me lleva a sentirme culpable, a ver que enfermo, a ver que no puedo cambiar mi paradigma? ¿Qué es lo que me hace no cambiar mi paradigma? La parte que tienes buena, ya no se expresa, porque al estar permanentemente en el lado malo, la parte buena ya no se expresa.

Jon: ¿Es esa mi cruz?

Joaquina: Los clavos de la cruz fueron recoger la culpa del mundo para limpiarla. La cruz que llevas es todo lo que culpas a tu familia: intolerancia, agresividad, muerte, odio, asesinato, violación… lo que quieras.

Jon: ¿Y si no siento que tengo rencor a mis padres? Simplemente pienso que sus errores eran parte de su personalidad. Que él era así.

Joaquina: Siempre que hay rencor a nuestros padres es porque pensamos que lo podría cambiar. Lo que un padre pensamos que no lo podría cambiar, no le guardamos rencor, porque nosotros le dimos la solución de cómo lo tenía que cambiar. Somos amor, y una parte de nuestro amor interior está contaminada por el odio a nuestros padres que, con el paso de la vida, cuando tenemos hijos, les disculpamos.

Jon: ¿Cómo encuentro el hecho específico para perdonarlo?

Joaquina: Piensa que es aquello que te quita la confianza en ti mismo, te quita el prestigio ante los demás, que tu conocimiento no genera conciencia cada vez que actúas con ese error, que expresas y no movilizas, que quita la libertad. Si se cumplen esas cinco cosas, ése es el hecho. Céntrate en él y olvídate todos los demás. Sólo existe este problema.

Jon: Vale, lo tengo.

Joaquina: Recuerda el día que le dijiste a tu padre cómo lo podía cambiar, sin decírselo con palabras, sino mentalmente. Si lo verbalizaste, no es ése el problema. Para identificar el error se tienen que dar dos circunstancias: que se cumplan los cinco puntos detallados anteriormente y que, además, sea algo que no has dicho en voz alta, sino que lo has pensado y no se lo has verbalizado a tu padre. Pero has esquematizado en tu cabeza cómo lo tendría que resolver.

Jon: Nunca se lo verbalicé.

Joaquina: Eso que le dijiste a tu padre/madre que tenía que hacer, ponte a hacerlo tú y desaparece el problema. Tienes que recordar lo que le dijiste en la cabeza y marcarte una pauta de trabajo exactamente como le dijiste a él/ella, sin cambiar ni una sola línea. Comprueba que eso que era de tu padre o de tu madre te anula los cinco pilares: poder, confianza, prestigio, conocimientos, expresión y libertad. Que se cumpla la anulación de los cinco puntos.

Jon: Era a mi padre.

Joaquina: Ése es el problema de tu crucifixión del viernes. En ese momento, recordar algo que le has dicho a esa persona mentalmente, que jamás se lo has explicitado como lo debería de arreglar. Y te haces un plan de acción que tiene que estar operativo el domingo. Ahí, lo que tiene que haber es infinito amor. No puede existir crítica ni desprecio a la persona.

Jon: Dámelo paso a paso. Me gusta este trabajo de Semana Santa.

Joaquina: Lo primero es reconocer que uno de nuestros padres tiene un defecto que, a nosotros, dentro de nosotros, nos ha crucificado. Es el mismo defecto que si le preguntáis a la persona que más os ama os dice que ve en vosotros. ¿Cuál crees que es mi defecto que está crucificando nuestra relación? Hay una sola cosa que rompe la capacidad de entendimiento, sólo una cosa. Y esa cosa es la que hace que perdamos la confianza y el poder en nosotros mismos, que no seamos personas de prestigio para los demás, que nos impide compartir el conocimiento con los otros, que hace que no nos expresemos y, lo que es peor, que nos hace perder la libertad. Si resucitas a tu padre y a tu madre dentro de ti, habrás resucitado, que es lo que estamos buscando.

Jon: ¿Qué tiene que ver con el prestigio?

Joaquina: No hay ningún ser humano que, si no siente que tiene algún prestigio en algún medio, pueda soportar el amor a sí mismo. No hay ningún ser humano que lo que dice alguien no lo escuche, o no lo entienda, o no lo vea como posible como conocimiento, que pueda soportar vivirlo. No hay ningún ser humano que, si lo que tiene dentro lo expresa, lo pueda soportar.  Y no hay ningún ser humano que pueda soportar la libertad, la libertad de ser.

Jon: ¿Qué propones como EJERCICIO SEMANA SANTA?

Joaquina: Lo primero es reconocer que uno de nuestros padres tiene un defecto que a nosotros nos ha crucificado, y que nos culpamos o culpamos a los demás cada vez que lo repetimos. Es el mismo defecto que si le preguntas a la persona que más te ama te dice que ve en ti.

“¿Cuál crees que es mi defecto que está crucificando nuestra relación?”  Hay una sola cosa que rompe la capacidad de entendimiento, sólo una cosa, la que hace que perdamos la confianza y el poder en nosotros mismos, que no seamos personas de prestigio para los demás, que nos impide compartir el conocimiento con los otros, que hace que no nos expresemos y, lo que es peor, que nos hace perder la libertad.

Además, la solución a este defecto, la pensamos, pero nunca se lo dijimos a nuestros padres. No lo verbalizamos. Es algo que supimos resolver mentalmente, que encontramos las claves para que ese padre o madre lo pudiera cambiar.

Ese error tiene que cumplir las dos características:

  • Nos quita la confianza, el prestigio, no genera conciencia, no moviliza y, sobre todo, nos anula la libertad.
  • Es algo que no hemos dicho en voz alta, sino que hemos esquematizado la solución en nuestra cabeza.

Si se cumplen esos dos puntos, ése es el hecho. Céntrate en él y olvídate todos los demás. Sólo existe este problema.

Eso que le dijiste a tu padre/madre que tenía que hacer, ponte a hacerlo tú y desaparece el problema. Tienes que recordar lo que pensaste como solución y marcarte una pauta de trabajo exactamente como ideaste, sin cambiar ni una sola línea.

Ese es el error para crucificar el viernes, haciendo un plan de acción que tiene que estar operativo el domingo.

En este proceso, lo que tiene que haber es infinito amor. No puede existir crítica ni desprecio a los padres.

Si resucitamos a nuestro padre y a nuestra madre dentro de nosotros, habremos resucitado, que es lo que estamos buscando en este domingo de resurrección.

120 Contrato con uno mismo

Jon: Creo que cuando intento establecer cambios dentro de mi visión y actitud ante la vida, me dejo llevar por la comparación con otros que creo por debajo o por encima de mi, y entro en descalificaciones o calificaciones muy gratuitas que me hacen seguir un camino arduo y problemático en el cambio.

Joaquina: Te propongo una operatividad que se basa en el conocimiento de tu niño dual, que se deja arrastrar por las polaridades según el medio en el que se mueve.

Jon: ¡Estupendo! ¿Qué debo hacer?

Joaquina: Lo primer buscar estas tres cosas:

  1. El tipo de personas que te condiciona hacia una sumisión.
  2. El tipo de personas que te llevan a un autoritarismo.
  3. Qué tipo de niño interior tienes como predominante.

Jon: ¿Y ya está?

Joaquina: Además, debes aceptar que la dificultad está en saber decir NO y saber decir SÍ. Es decir, la dificultad está en que el NO sea real y el SÍ sea auténtico. Sabrás que es auténtico porque no queda resentimiento. Acepta también que debes hacer un cambio suave, pero sin pausa, lleno de paciencia.

Jon: Suena a que voy a tener que hacer un contrato conmigo mismo para comprometerme con esto…

Joaquina: Magnífica idea. Antes de empezar el contrato haz una declaración de los aspectos y consecuencias que intentas influir, no olvidando que con el contrato has de buscar responsabilidad, pero en ningún momento sentirte extorsionado por ti mismo.

Jon: Vale, y ¿hay castigos y recompensas?

Joaquina: El refuerzo, es decir, la recompensa es muy importante porque el niño interior necesita sentirse reconfortado. No olvides que estas recompensas nunca pueden ser “dañinas” en ningún nivel (mental, emocional, físico). Es decir, no puedes recompensarte con dulces, salidas fuera de lugar, drogas, gastos innecesarios, compras fuera de sentido, etc. La recompensa debe producir paz.

Jon: Me iba a hacer el ofendido, pero entiendo el punto. ¿Qué condiciones debe cumplir el contrato?

 

Joaquina: El contrato debe ser claro, definido e íntegro. No dejar dudas sobre lo que se espera.

Jon: Por ejemplo: “Yo me comprometo a emplear 30 minutos cada día, alternándolos en horas secuenciales, a no quejarme de mi trabajo”.

Joaquina: Perfecto. De esta forma verás tres cosas: Primero, de qué te quejas. Segundo: dónde lo haces preferentemente (trabajo) y tercero: que aceptas que no te hace feliz y que tienes que cambiarlo.

Jon: Segunda condición.

Joaquina: El compromiso no entrañará dificultades que no se puedan acometer.

Jon: El ejemplo anterior lo puedo acometer. Tercera condición.

Joaquina: La recompensa se debe producir después del hecho en sí. Pero debe elegirse con anterioridad dando diferentes valores según los logros. No debe modificarse el tipo de recompensa al menos en un mes.

Jon: Vale, cada día conseguido: oiré la música que me gusta durante 10 minutos. Si lo consigo durante una semana, iré un día a ver una película al cine. Y si lo cumplo durante un mes, Cumplir el mes prepararé un fin de semana de viaje de ocio. Cuarta condición.

Joaquina: La primera parte del contrato es para detener la acción negativa, después de conseguirlo debes acometer la parte positiva. En el ejemplo que pones, sería: “Voy a disfrutar durante 30 minutos de mi trabajo cada día”. Normalmente cuando se ha eliminado lo negativo los tiempos de lo positivo son mucho más largos. Casi seguro que podrías hacerlo 1 hora sin problemas. No obstante, cuidaremos la facilidad y la comodidad al hacer el contrato. En este caso, la recompensa se va espaciando y buscando nuevos aspectos negativos para iniciar otro cambio.

Jon: Entendido. Quinta condición… espero que no haya muchas más.

Joaquina: No debe rescindirse el contrato sin haberlo conseguido, ni modificar la primera elección del contrato. El contrato debe ser firmado y respetado en su totalidad como forma de conseguir ampliar tu voluntad y la confianza en ti mismos.

Jon: Creo que voy a abrir un archivo de contratos con los informes de estos.

Joaquina: Tendemos a trivializar la importancia de la disciplina y la recompensa en nuestro aprendizaje, y sin embargo, lo que nos hubiera llevado a funcionar amablemente con nosotros y con los demás, hubiera sido tener una disciplina coherente y amorosa y un reconocimiento de los logros obtenidos.

119 Una historia sobre el silencio

El Premio Nobel y neurocientífico, Walter Hess, defendía el planteamiento general de la boca cerrada ante los grandes temas, igual que hizo el Maestro Rinzai mucho antes que él. Hacia el final de su carrera, Hess sugirió que sería conveniente mantener un silencio modesto, dado que éramos tan ignorantes todavía en lo que respecta al cerebro y al mundo en general. Deberíamos reconocer, decía, que “existen y evolucionan en este mundo muchas cosas que no son accesibles a nuestra comprensión, porque nuestra organización cerebral está primariamente diseñada para asegurar la supervivencia del individuo en su entorno natural. Por encima de esto, el silencio modesto es la actitud adecuada.”

 Jon: Estoy preparando algunos textos para los talleres de este verano en el Camino de Santiago, y he tropezado con eso. ¿Qué te parece?

Joaquina: Ya sabes que uno de mis referentes religiosos es Juan de la Cruz. Él distinguía dos dimensiones del silencio: una dimensión teologal, de cara a la relación de la persona, y otra dimensión que podríamos llamar ascética. Para Juan, Dios es un Dios silencioso que “habla siempre en eterno silencio” En el silencio se pronuncia y se expresa a sí mismo, y en el silencio se revela y comunica a las personas.

Jon: Sí, el silencio es una práctica ascética valorada en toda la tradición religiosa y espiritual. Por ejemplo, en la Orden de los Cartujos … no sé si has visto el documental “El gran silencio”

Joaquina: No.

Jon: Pues merece la pena. Decía que, para los Cartujos, el silencio se considera fundamental para lograr la contemplación. Por eso, la palabra se utiliza solamente en el canto o en lo estrictamente necesario para llevar a cabo las tareas cotidianas. Sin embargo, como compensación, los domingos hay un recreo que dura de una hora a hora y media, y los lunes un paseo de tres horas fuera del monasterio, durante el cual se puede hablar libremente. En los monasterios no hay periódicos, radio ni televisión. Sólo el prior puede leer noticias que, en caso de suma importancia, a su criterio, puede comunicar a los monjes.

Joaquina: ¿Y sabes por qué es tan importante el silencio? Porque simplemente no sabemos nada. Déjame que te cuente una leyenda noruega que creo que lo explica muy bien:

Cuenta la leyenda acerca de un hombre llamado Haakon, quien cuidaba una Ermita. A ella acudía la gente a orar con mucha devoción. En esta ermita había una cruz muy antigua. Muchos acudían ahí para pedirle a Cristo algún milagro.

Un día el ermitaño Haakon quiso pedirle un favor a Cristo crucificado, impulsado por un sentimiento generoso. Se arrodilló ante la cruz y dijo:

– Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la cruz.

Y se quedó quieto, con la mirada puesta en la Efigie, como esperando la respuesta.

El Señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras:

– Siervo mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición.

– ¿Cuál, Señor? – preguntó con acento suplicante Haakon – ¿Es una condición difícil? Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, ¡Señor!, – respondió el viejo ermitaño.

– Escucha, suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de guardarte en silencio siempre.

Haakon contesto:

– ¡Os, lo prometo, Señor! – Y se efectuó el cambio.

Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño, colgado con los clavos en la cruz, y a su vez el Señor ocupaba el puesto de Haakon. Y éste por largo tiempo cumplió el compromiso al pie de la letra, a nadie dijo nada.

Pero un día, llegó un comerciante rico a la ermita. Después de haber orado, dejó allí olvidada su bolsa de dinero. Haakon lo vio y calló. Tampoco dijo nada cuando un campesino pobre, que vino dos horas después, encontró la bolsa de oro del comerciante y, al verla sin dueño, se apropió de ella. Ni tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él, poco después, para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje.

Pero en ese momento volvió a entrar el comerciante en busca de la bolsa. Al no hallarla, pensó que el muchacho se la había apropiado. El rico se volvió al joven y le dijo iracundo:

– ¡Dame la bolsa que me has robado!

El joven sorprendido, replicó:

– ¡No he robado ninguna bolsa!

– No mientas, ¡devuélvemela enseguida!

– ¡Le repito que no he cogido ninguna bolsa!

Fue la rotunda afirmación del muchacho. El rico arremetió, furioso contra él. Sonó entonces una voz fuerte:

– Detente!

El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba. Haakon, que no pudo permanecer en silencio, y gritó, defendió al joven, e increpó al rico por la falsa acusación. Este quedó anonadado, y salió de la Ermita. El joven salió también porque tenía prisa para emprender su viaje. Cuando la Ermita quedo a solas, Cristo Se dirigió a su siervo y le dijo:

– Baja de la cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio.

– Señor, – dijo Haakon – ¿Cómo iba a permitir esa injusticia?

Se cambiaron los oficios. Jesús ocupo la cruz de nuevo y el ermitaño se quedó ante la cruz. El Señor, siguió hablando:

– Tú no sabías que al comerciante le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven mujer. El campesino, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero e hizo bien en llevárselo; en cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal. Ahora, hace unos minutos acaba de zozobrar el barco y él ha perdido la vida. Tú no sabías nada. Yo sí. Por eso escucho las plegarias y callo.

Y el Señor nuevamente guardó silencio.

Me quedo pensando en esta historia y en estos días que vivimos hoy. Joaquina, como siempre, no da puntada sin hilo.

118 Yo soy mi casa (IV)

Jon: Hestia (Vesta) era la diosa del hogar y nunca abandonaba el Olimpo. Hija de Cronos (Saturno) y Rea (Cibeles) era la mayor de seis hermanos. La Madre Tierra (GEA) había profetizado que uno de los hijos le destronaría, así que el viejo Saturno los fue devorando según fueron naciendo, siendo Hestia la última en ser engullida. Obligado después a vomitarlos por la pócima vomitiva que le administró Metis, Después de vomitar la piedra que se había tragado pensando que era Zeus, fue precisamente Hestia la primera en renacer. De esta manera fue la primera en nacer, pero a la vez la más joven. Nació literalmente dos veces, de la madre y del padre. Ella es la que se queda en casa, la protectora del hogar, diosa de la familia y de la paz. Su llama arde continuamente, representando la luz, el calor y la seguridad, siendo la diosa más venerada de las deidades. Aunque no tiene atributos propios, su emblema es la lámpara y su símbolo el círculo. Ella obtuvo el puesto central de la casa como su sitio sagrado, la hoguera, el fuego del hogar, que es lo que significa su nombre. Hestia ocupa su lugar en el centro del lugar de encuentro, de residencia. No había estatuas de ella en su templo, sólo estaba el fuego sagrado, su imagen y su lugar son idénticos. Como decidió no casarse, Zeus le otorgó el privilegio de recibir el primer y el último sacrificio en todas las ceremonias, como centro viviente de la familia o la ciudad.

Joaquina: Me encanta la mitología. El primer libro que me regaló mi padre fue un grueso tomo de mitologías griegas. Yo era apenas una niña, pero me lo leí entero. Gracias por el recuerdo.

Jon: Retomando lo de la casa y las leyendas antiguas, en todos los rincones de nuestro planeta existen leyendas basadas en la creencia de que el agua confiere la vida, la juventud, la sabiduría y la inmortalidad. Para los antiguos egipcios era la fuente que había dado origen a los dioses. Los hindúes creen que las aguas son el principio y el fin de todas las cosas que hay en la tierra. Para los mesopotámicos el agua representaba la fuente inagotable de la sabiduría humana. Muchas culturas rendían culto al agua porque pensaban que los sonidos y los movimientos de ésta representaban el alma de un espíritu vivo. Y en nuestra tradición cristina, el agua es el elemento central de la ceremonia del bautismo. Juan Bautista sumergió a Jesús en el agua con el fin de señalar el inicio de su trabajo espiritual como adulto.  Salió del agua “vuelto a nacer” y desde entonces los cristianos han conservado esta tradición como símbolo del comienzo de su camino espiritual.

Joaquina: El agua es una de las herramientas mas poderosas para purificar el espíritu de una casa, de una habitación o de cualquier espacio personal. El agua tiene propiedades purificadoras innatas, y sirve para limpiar y purificar la energía negativa y estancada de una casa, devolviendo a su espacio vital la sensación de claridad y paz que había perdido. El agua resulta excelente para eliminar las emociones negativas de una habitación, ya que este elemento se asocia con las emociones desde tiempos inmemoriales. Es excelente para la purificación, sobre todo para la purificación de emociones.

Jon: Vale, y si tenemos una habitación en la que nos encontramos mal o intuimos que hay una energía negativa, ¿por qué es buena el agua?

Joaquina: Estamos en interrelación constante con el espíritu del agua a través de las aguas de la vida que corren por nuestras venas. Cada latido de tu corazón te conecta con el espíritu universal del agua. El poder del espíritu del agua es la intuición, y la emoción y la espiritualidad. Es renovación y renacimiento. El espíritu del agua es infancia e inocencia. Cura las emociones y las heridas del pasado. Proporciona vida, sustento y curación.

Jon: ¿Cómo la tenemos que utilizar?

Joaquina: Pon un recipiente con agua al sol, para que se cargue de su energía. Por regla general, bastan tres horas para que el sol cargue el agua. El agua cargada por medio del sol posee una energía yang expansiva y exuberante, y es ideal para las habitaciones oscuras o en aquellas en las que parece haber una energía sombría u opresiva. También resulta recomendable para aquellas habitaciones en las que ha habido algún enfermo.

Jon: ¿Podría cargarse también con la luz de la luna?

Joaquina: El agua cargada de luna tiene propiedades curativas y femeninas, y ayuda a suavizar la energía una habitación. Resulta especialmente útil en las habitaciones en las que se han experimentado emociones intensas, tales como la ira y la tristeza. El agua cargada de luna resulta excelente para los dormitorios porque contribuye a crear una atmósfera saludable para dormir y es propicia para los sueños. La energía emocional tiende a quedarse estancada en el espacio durante un tiempo. Las emanaciones negativas generan una carga eléctrica que queda suspendida en el aire, una de las formas de eliminar esta carga negativa es humedecer la habitación. La humedad neutraliza la carga emocional del lugar y además genera un entorno rico en iones negativos, similar al que se produce en el mar, en una cascada o en un bosque rico de pinos, para ello vasta con pulverizar agua de manantial o “cargada” por la habitación a purificar.

Jon: También he leído por ahí que la sal es un gran purificador.

Joaquina: Sí, y se puede hacer una prueba muy sencilla para comprobar si la energía de un punto concreto de nuestra casa es la correcta o no. Para hacer la prueba, toma un recipiente con un litro de agua, al que añades sal común hasta su saturación; es decir, hasta que el agua no diluya más sal. Reparte esta agua saturada en varios recipientes cuidando de que contengan cantidades iguales de líquido. Lo ideal sería que los recipientes fueran de barro, madera o plástico, pues los de vidrio suelen contener plomo, que absorbe radiaciones. Posteriormente, distribúyelos sobre diferentes espacios, tantos recipientes como comprobaciones desees efectuar.

Jon: Debajo de la cama parece un buen lugar para colocar uno, ya que se pasan muchas horas seguidas ahí. ¿Qué pasará luego?

Joaquina: Conforme pasen los días y se vaya evaporando el agua, verás que en el fondo del recipiente la sal se va depositando, formando cristales. Si la zona es neutra favorable, la cristalización se hará formando pequeños cristalinos uniformemente repartidos en el fondo, e incluso tras la total evaporación del agua quedará una estructura cristalina armónica. Por el contrario, si el lugar está expuesto a fuertes radiaciones o energías desfavorables, las consecuencias serán unos gruesos cristales de sal y unas estructuras disformes, carentes de armonía, hasta el punto de que, en ciertas zonas, se empezarán a formar gruesos cristales en los bordes del recipiente, llegando a desbordarlo en ocasiones.

Jon: ¿Y el aire que respiramos en la casa? ¿Se puede purificar también?

Joaquina: Lo más típico es la técnica del ahumado. Es un ritual heredado de los indígenas americanos que consiste en hacer arder unas hierbas para transformar la energía de uno mismo, de otro, o purificar las energías de un espacio. Las hierbas más utilizadas son:

Salvia              Propiedades purificadoras

Vainilla            Ahuyenta pensamientos negativos

Cedro              Dispersa la energía negativa

La técnica consiste en encender las hierbas y cuando empiecen arder, apagar el fuego y dejar que salga el humo hasta que se extinga por completo. Puedes ahumarte a ti mismo: Una vez encendidas las hierbas hay que ofrecer el humo a los cuatro puntos cardinales, a la Tierra, al Cielo y al Gran Espíritu. A continuación, ahuecar las manos y dirigir el humo a cada parte del cuerpo y pensando en aquello que deseamos. Con ello estamos canalizando la energía. También puedes ahumar a los otros: El procedimiento es el mismo que el anterior, en este caso la persona que va a ahumar al otro dirige el humo con una pluma a cada una de las partes del cuerpo de la otra persona. Para ahumar una habitación:  La persona que va a realizar el ritual y las que le acompañen deben ahumarse primero. Después deben ofrecer el humo a los cuatro puntos cardinales, a la Tierra, al Cielo y al Gran Espíritu y después dirigir el humo con una pluma en el sentido de las agujas del reloj por toda la habitación, empezando por la esquina este.

Jon: Pensaba que con unas barritas de incienso valía.

Joaquina: Quemar incienso permite purificar las habitaciones y cada fragancia servirá en cada momento para generar una energía distinta. Cuando se enciende el incienso se suelen decir oraciones de consagración.

“No podrás por menos que buscar, ya que en este mundo no te sientes a gusto. Y buscarás tu hogar tanto si sabes donde se encuentra como si no. Si crees que lo estás buscando fuera de ti, la búsqueda será en vano, pues lo estarás buscando donde no está”

ACIM T12, IV, 5, 1:3

117 Yo soy mi casa (III)

Jon: ¿Qué te parece si hacemos un recorrido por la casa diagnosticando los espacios vitales? Podemos empezar por la entrada. ¿Qué representa realmente?

Joaquina: La entrada es la cara de la casa, con lo que recibimos a los demás, lo que mostramos hacia fuera y el umbral de paso del mundo exterior con el interior. En ella se viven los primeros impactos donde las personas se encuentran a la vez con un espacio nuevo, con una persona nueva…

Jon: Sí, todos somos “nuevos” cuando llevamos un tiempo sin vernos.

Joaquina: Y se encuentran con unas palabras que pueden llegar a ser avasalladoras. Hay que cuidar especialmente este espacio para suavizar lo máximo posible las situaciones.

Jon: La entrada es a la vez la salida, lugar de despedidas y la última impresión que se lleva la persona al abandonar la casa. ¿Seguimos por la cocina?

 Joaquina: La cocina es el alma de la casa, es el lugar donde debe coincidir la unicidad de criterios dentro del cerebro reptil. Muy pocos son los que tienen una vida dentro de la cocina al lado de quien prepara los alimentos, pero si ha habido una cocina práctica, sensible e inteligente, el resultado es un ser sano, equilibrado e inteligente. Es el centro de la practicidad de la conjunción del aprendizaje a aceptar el premio de la vida.

Jon: Y también es el lugar más desconocido para todos nosotros en la primera etapa de la vida. Recuerdo que a mi madre le encantaba cocinar, aunque se quejaba de tener que hacerlo todos los días.

Joaquina: La queja por la elaboración de los alimentos va a llevar a considerar que vivir o sobrevivir es un esfuerzo excesivo y nos llevará a buscar elementos fáciles, pero no correctos ni edificantes para nosotros. Un exceso de diversificación entre los diferentes moradores de la casa llevará a creerse especial y a tener dificultades para vivir en grupo. Cuando uno se ha sentido obligado a comer alimentos de baja preparación, pensaremos que vivir no está lleno de deleites y elementos gratos. Una cocina limpia donde se elaboran platos con amor y muy diversificados producirá mentes alegres, capaces y nada aburridas.

Jon: Ya hemos cocinada así que… ¡al comedor!

 Joaquina: Por condiciones socio económicas, muchas personas han sido educadas comiendo en la cocina o en el propio salón de estar. Los espacios se diversifican en la misma proporción en la que se respeta su uso, es decir, si un espacio se utiliza siempre para una aplicación y se respeta esa aplicación, la energía que se mueva ahí va a construir la situación. En el caso del comedor, será el lugar de la casa donde ingerimos los alimentos, pensando en ello, armonizando la energía de todos los presentes y evitando cualquier discusión o tensión en ese momento. Mantenerse en silencio sería lo más adecuado o aprovechar ese tiempo para aprender a comunicarse de una forma asertiva, delicada y amorosa exenta de crítica y noticias no gratas.

Jon: Quizá el salón sea el lugar por excelencia para aprender a escuchar y a meditar con la mente en algo concreto y sin dispersión. Me parece a mi que los malos oyentes, invasores en la comunicación, y poco reflexivos, suelen ser seres que se han sentido o muy atendidos o muy poco atendidos en este espacio de producir y vivir el máximo cuidado para el cuerpo.

 Joaquina: El salón es el lugar menos utilizado en casi todos los hogares. Centro de decoración e imagen para los de fuera, sin mácula, donde todos intentamos que los demás puedan ver lo que somos a través de lo externo. Es la actitud más patógena dentro de la casa y la que va a llevar a vivir como seres de adorno sin profundidad y sin permitirnos ser auténticos y profundos.

Jon: Además. las casas que tienen el salón nada mas entrar, sin distribuidor, van a dar personas que muestran lo que son nada más verlas, por lo tanto, hay una exigencia de integridad que en algunos casos puede ser patógena. No saben ser delicados.

Joaquina: La persona que primero tienen el distribuidor, pero que luego tienen que pasar por el comedor para ir al resto de la casa, son personas que se taparán pero que rápidamente mostraran lo que son. Las personas que tienen el salón totalmente independiente y se utiliza solamente para visitas, serán personas que darán una imagen y procurarán ser descubiertas pase lo que pase.

Jon: En mi casa de la infancia, a los niños no nos dejaban entrar en el salón. Le llamábamos “El pequeño museo” porque a mi padre le encantaban las antigüedades.

Joaquina: El salón es el lugar de extensión y las mayores dificultades en este aspecto las van a tener las personas que, habiendo sido obligadas a ser íntegras, sin embargo, no les dejaron utilizarlo. Es decir, el primer caso: salón nada más entrar, pero no vivido. Diríamos que es el lema de ser íntegro, pero los demás no tienen por qué enterarse si no van a ti. En relación con este aspecto, el segundo cado, si no se deja utilizar el salón, la persona pensará que puede ser menos íntegra pero que quizá los demás no se den cuenta. En el tercer caso no habrá búsqueda de integridad y además no serán buscados ni buscarán.

 Jon: Una de las piezas de la casa más usadas y difíciles de compartir es el baño. ¿Qué es el baño?

Joaquina: El baño, como centro de higiene en muchas familias, se ha vivido en una continua restricción, marcando períodos o frecuencias semanales, lo que le va a hacer a la persona tener dificultades para limpiar las cosas que hace incorrectamente. En otros casos no hay una definición de cuándo es el tiempo para hacerlo por propia iniciativa, sino que son los progenitores los que indican si uno está sucio o limpio, provocando en el individuo una sensación de ser atacado por los demás, y difícilmente comprenderán que esa suciedad se originó en ellos.

Jon: ¿Y el baño como “centro de eliminación de residuos”?

Joaquina: En casi todas las familias la evacuación es grosera y se ridiculiza hasta en el vocabulario, perdiendo la naturalidad del hecho y dramatizando en muchos casos la situación debido al olor, etc. Esto lleva a la persona a una situación de que tiene que mantener dentro de sí y ocultar lo que no le vale, como comportamientos, largos períodos en el baño, ausencia de acudir a él cuando se está en casas extrañas por vergüenza, sensación de inferioridad por tener necesidades corporales, hacen que el baño sea uno de los lugares menos cuidados y donde la energía se retiene de forma patógena.

 Jon: Pasamos al segundo cuarto intimista, donde en muchas ocasiones se nos olvida la cualidad para lo que existe este lugar y pasa a ser cualquier cosa menos un lugar de descanso.

Joaquina: En el dormitorio no se pueden tener conversaciones que puedan agitar el equilibrio y la paz a la que se debe ir antes de conciliar el sueño. Se deben evitar las lecturas en la propia cama y las relaciones sexuales que no vayan a acabar armonizadas y con un alto nivel de comunicación positiva. Tu compañía no puede pasar a ser tu enemigo en ese tiempo.

Jon: Yo aconsejo que en el dormitorio que no debe haber utensilios, imágenes o elementos que puedan generar dispersión o tensión a cualquiera de los que duermen en ella, y por supuesto no televisión. Antes de dormir debe uno relajarse y desconectar las impresiones físicas, emocionales y mentales. ¿Pasamos a la zona de estudio?

Joaquina: Por las mismas razones que el salón, suele estar mezclado el espacio: dormitorio, salón, o hasta la misma cocina. Según la ubicación nos estará hablando de una diferente actitud para el estudio. Lo importante sería conseguir que la zona estuviese compartimentada o dividida, aunque fuese de forma simbólica. Cuando un niño se ve obligado a estudiar en su dormitorio, será el lugar donde ataque a los propios estudios, bien no descansando por la tensión originada en el lugar o haciendo en la habitación lo que más le puede molestar a su madre. En muchos casos los estados de impureza o perversión de actitudes se fomentan por este hecho. Fumar, beber, leer y ver cosas prohibidas, etc.

Jon: En muchos casos no hay zona de estudio, y lo hemos hecho en el salón, e incluso en la cocina.

Joaquina: Si la persona estudia en el salón, tener que llegar a comunicarse puede llegar a ser un verdadero drama para él en caso de que los estudios no le resulten gratos. Cuando se estudia en la cocina se tiende a sentir que el estudio es algo que hay que comer y masticar uno mismo si a la vez se come en la cocina, por lo que se puede provocar una indigestión de términos o la no asimilación de lo que se estudia.

Jon: Podríamos pensar que es absurdo creer que un lugar condiciona una actitud, pero me gustaría que nos detuviésemos a comprobar estos datos y a ubicarnos en cada uno de ellos haciendo una reflexión sobre el resultado en nosotros, y si hacemos recaer sobre los demás esta experiencia.

Joaquina: La vivienda es un lugar de encuentro y compartida es un baile entre el dar y el recibir en el que podemos agrupar las distintas estancias en relación con ello. Estancias de dar: Salón (enseñar), estudio (trabajo), cocina (dinero). Estancias de recibir: Comedor (aprender), dormitorio (casa), baño (sexo)

Jon: Entonces, la casa mínima ideal debe constar de los siguientes cinco elementos:

  1. Habitación de dormir (casa)
  2. Habitación para estudiar (trabajo)
  3. Cuarto de baño (sexo)
  4. Cocina (dinero)
  5. Salón (sociedad)

Joaquina: De esta manera se logra la unidad del cuerpo físico.

116 Yo soy mi casa (II)

Jon: El otro día hiciste una equivalencia entre lo que te iba contando de la casa y los tres cerebros. ¿puedes abundar un poco?

Joaquina: En la casa debemos tener en cuenta tres aspectos importantes a la hora de analizarla: Primero buscaremos los elementos que definen los tres cerebros, reptil, límbico y neocortex de una forma estructural y no personalista. La importancia que nosotros le damos a cada uno de estos conceptos nos va a permitir conocer cuál de los tres cerebros es el que rige nuestra conciencia de la casa. En segundo lugar, desarrollar la funcionalidad tanto física, emocional y de conciencia de cada uno de los aspectos de la casa. Por último, la casa es el primer lugar donde empezamos a desarrollar los principios de nuestra vida. Es el centro de aprendizaje y donde vemos por primera vez la función maestro/alumno, por lo tanto, conocer en profundidad nuestra actitud desde la forma y aceptar el contenido nos ayudará al desarrollo del estudio.

Jon: Perfecto, empezamos entonces por el cerebro reptil. El cerebro de la supervivencia.

Joaquina: El desarrollo del cerebro reptil dentro del hogar se produce cuando somos capaces de desarrollar los principios de supervivencia más básicos, donde no intervienen ni sentimientos ni conciencia. Es decir, hablaremos de nuestra capacidad de comer, dormir y desarrollar una higiene en busca de la mejor forma de mantener nuestra salud. Todas las piezas de la casa forman parte del cerebro reptil, pero los regentes son los cuartos de baño y la cocina. La base de la vida física está fundamentada en los principios catabólicos, desecho, y los anabólicos, nutrición. En un tercer lugar estaría el dormitorio, al que no le damos importancia porque el cerebro reptil duerme en cualquier sitio.

Jon: Luego viene el desarrollo emocional en el cerebro límbico.

Joaquina: En la casa es donde por primera vez se desarrollan nuestros sentimientos. Una vez cumplidos los cuatro años nuestra vista se centra en nuestra madre, y desde ahí vamos pasando a nuestro padre y al resto de la familia. La casa y la madre son los dos símbolos junto con el agua, representativos por excelencia de las emociones. En la casa se desarrollan los sentimientos más afectivos, bucólicos y aquellos sentimientos más prácticos y de desarrollo. El cerebro límbico tiene de representantes de espacio: el dormitorio, que es donde aprendemos a recibir las ternuras de nuestra madre, y la zona de estudio donde vamos llenando de conocimientos y de reflexión, preparándonos para nuestros estudios y posterior trabajo.

Jon: Y nos queda en neocortex.

Joaquina: Hacemos una elección de lo que ha sido válido para nosotros en el comedor, y nuestros pensamientos y formación experimental la entregamos en el salón.

Jon: Deduzco por lo que dices que hay en la casa tres aspectos intimistas: los baños, los dormitorios y el comedor; y tres aspectos a compartir: la cocina, el estudio y el salón.

Joaquina: La casa tiene como principio fundamental nuestra capacidad de convivir, primero con nosotros mismos y luego con los demás. Según cuál haya sido el desarrollo de nuestra vida en el hogar en la primera etapa, vamos a ser capaces de ir viviendo etapas posteriores. Si la vida familiar nos ha llevado a compartimentarnos, aislarnos o sentir que los demás son una hostilidad, habrá elementos de la casa que nos resulten incómodos y en algunos casos hasta enfermizos. Los tres cerebros están expresados externamente en nuestro cuerpo: El cerebro reptil lo representan nuestras piernas, el cerebro límbico nuestro tronco y el neocortex nuestra cabeza.

Jon: En plan cuadro, quedaría así:

  Mundo íntimo Mundo externo
MENTAL. Cabeza. Neocortex COMEDOR: solo o acompañado SALÓN: compartido
EMOCIONAL. Tronco. Límbico DORMITORIO: solo o compartido ESTUDIO: compartido si se vive con alguien
FÍSICO. Piernas. Reptil BAÑO: sexo solo COCINA: dinero acompañado si se vive con alguien

Todo esto me llama a retomar el concepto de la casa griega: oikos. El término tenía un sentido amplio y un tanto ambiguo en el mundo griego. Podía ser utilizado para referirse a la comunidad humana básica, la familia, en su conjunto, pero también separadamente dependiendo del contexto. También puede designar solo el aspecto físico de la casa, o las propiedades que hay en ella. Así casa, propiedades y familia son los componentes del oikos. Aquí empieza la primera transformación de la casa. El hogar establece una identificación con sus ocupantes. Un hogar es así una casa, mas la gente que la habita, mas los objetos que guarda.

Joaquina: El hogar nos dan un reflejo de la condición de nuestra alma. Los hogares que creamos y donde habitamos interior y exteriormente, manifiestan un aspecto de nuestra alma. Necesitamos ver la casa como algo más que un objeto en el que habitamos. Lo que transforma la casa en hogar es la conciencia de aprender. Es la conciencia del mundo emocional y la relación con nuestra madre.

Jon: Me imagino que, en este contexto, “madre” como la parte femenina de nuestro padre y de nuestra madre.

Joaquina: Así es, en el hogar tienen que convivir estas dos energías, la del padre y la de la madre, y ambas deben mostrar sus lados femeninos en el hogar, dejando los lados masculinos para el trabajo. Esa mente femenina de ambos sale a la luz en las distintas funciones domésticas y lo que cada una de ellas significa.

  • Limpiar el polvo: es la capacidad de limpiar la basura interior.
  • Limpiar los cristales y ventanas: es permitirse ser transparente.
  • Ordenar armarios: Es permitirse que el “ser” esté ubicado donde quiere estar
  • Hacer la cama: Es la capacidad de limpiar el sexo.
  • Cocinar: es la entrega, el recuerdo de la madre nutridora.
  • Fregar: El agua está en relación con la pureza.
  • Planchar: es quitar dobleces, buscar la simplicidad de las cosas, pero profundizando en ellas.

Jon: Y, por lógica, la limpieza de la casa habría que empezarla por lo mas íntimo: los cuartos de baño.

Joaquina: En realidad, siguiendo las leyes de los 5 elementos, las dos secuencias óptimas serían:

EN GENERACIÓN:

  1. Baño
  2. Dormitorio
  3. Salón
  4. Estudio
  5. Cocina

EN INTERDOMINANCIA:

  1. Baño
  2. Salón
  3. Cocina
  4. Dormitorio
  5. Estudio

Jon: ¿Por qué es esto tan importante?

Joaquina: En nuestra infancia vivimos los procesos de crecimiento en el hogar y todo lo que se haya quedado atascado en esta época, lo repetiremos de adultos. Por ejemplo, la pereza para obedecer en el crecimiento lleva a tener dificultades manteniendo el trabajo en la edad adulta.  El hogar es la paz, la tranquilidad, donde se van alternando los períodos de calma propiciados por la madre, con los períodos de flujo traídos por el padre. Este hogar está antes que el trabajo, y si no se consigue hacer hogar nunca viviremos una situación óptima en el trabajo.

Jon: Y ahora que ya somos adultos…

Joaquina: Para conseguir este hogar en edad adulta, el principio más importante es la integridad. Esta integridad consiste en la relación existente entre el daño recibido y el daño causado.  Casi todos tenemos situaciones vividas en el hogar natal que nos hicieron un daño que provocó un sufrimiento, con mayores o menores consecuencias. La integridad en nuestro hogar adulto la conseguiremos no haciendo a otro lo que nosotros sufrimos. Parando cualquier situación por acción u omisión que sea similar a alguna vivida, evitando así que la persona con la que estamos quede dañada de la misma manera que quedamos nosotros. La integridad en el hogar es dar lo que nos ha proporcionado felicidad y no dar aquello que no ha hecho daño.

115 Yo soy mi casa (I)

Es Semana Santa, pero esta vez en vez de salir de viaje me atrinchero en casa de Joaquina ya que no se encuentra bien y vamos a pasar toda la semana recluidos. Esto nos invita a una mirada holística sobre el hogar. La casa, igual que nuestro cuerpo, funciona en todos los planos que interactúan entre si y con nosotros.

Joaquina: Jon, hoy me apetece un poco menos hablar.  ¿Por qué no me cuentas, desde tu arquitectura, qué es habitar?

Jon: Vale, sacaré mi lado más erudito y si me paso, me avisas.

Joaquina: Vale.

Jon: Primero voy a definir tres términos que usamos a veces indistintamente, pero que son muy diferentes: Vivir, habitar y morar. Vivir: Podemos definir el primero, vivir, como ocupar lo construido. Viene de la inteligencia cautiva y de la cultura nómada cuando el hombre vivía en cuevas y refugios temporales en los que permanecía por un corto espacio de tiempo en su constante devenir, siguiendo a los animales de los que se alimentaba. De esta manera nos referimos al vivir sin una conciencia de permanencia o de pertenencia a un enclave determinado.

Joaquina: Esto me vale para los cursos, cuando hablo del cerebro reptil, cuando la única prioridad del hombre era sobrevivir en el mundo hostil que le rodea.

Jon: Efectivamente. El segundo término es habitar. Cuando tomamos conciencia de la importancia de lo que hemos ocupado. En su carrera evolutiva, hace 15.000 años el hombre pasa de una vida nómada y dependiente de la caza, a una vida sedentaria. Primero aprende a domesticar a los animales, más tarde “domestica” la tierra a través de la agricultura, para finalmente domesticar el territorio construyendo el hábitat adecuado para su supervivencia. El hombre habita en un lugar determinado y fijo, haciendo que la naturaleza trabaje para él y construye las primeras viviendas con un carácter permanente.

Joaquina: ¡Cerebro límbico! ¡Cerebro límbico!

Jon: Jajaja, sí. El tercer término es morar, habitar en el tiempo, con conciencia de hogar. No será hasta mucho más adelante cuando las preocupaciones del hombre pasen del sobrevivir al disfrutar viviendo, a encontrar un sentido mas amplio y profundo a la existencia y en su reflexión se introduce en el mundo de lo habitado para finalmente crear la idea de morada. Para que la vivienda llegue a ser morada ha de usarse como tal de una forma continuada en el tiempo. Esa temporalidad es la que hace que sean posibles los hábitos, el imponerle a la arquitectura unas determinadas formas de vivir que tienen que ver con lo cotidiano. Así, morada ha sido la palabra por excelencia elegida para denominar todo aquello que se considera eterno y ubicuo, los aposentos de los dioses.

Joaquina: La búsqueda interior de esa morada parte del deseo de la propia casa. La habitamos revistiéndola de significantes y de ese modo la hacemos reconocible, familiar.

Jon: Morar significa poder “usar” la casa, poder estar en ella, esto implica tomar una posición subjetiva para que dicho lugar viva en nuestra intimidad. Un famoso arquitecto, Sir John Soane, hablaba a finales del siglo XVII de tres clases de arquitectura, estableciendo una relación entre el tipo de alojamiento y la actividad económica principal de las sociedades primitivas: Las cavernas de los cazadores que desemboca en una arquitectura demasiado pesada e indiferenciada como la egipcia. Las tiendas de los pastores adoptada por chinos y escitas, que desemboca en una arquitectura demasiado ligera y limitada. Y los agricultores, en cabañas propiamente dichas, con un armazón de madera que fue adoptado por los griegos, “que es el único digno de imitación” Oikos es la casa, lugar donde se mora, espacio habitable y habitado.

Joaquina: A mi me gusta ver la casa desde otro prisma. La casa como espejo del yo.

Jon: Ya sabía yo que esto iba por caminos demasiado arquitectónicos.

Joaquina: Mira, podemos decir que nuestra vida empieza bien, arropados, bajo un techo, protegidos por los múltiples caparazones de la casa. Estos caparazones los vamos rompiendo y hallando la seguridad en otros mas amplios que nos permiten crecer, evolucionar, y que marcarán las vivencias fundamentales en nuestra vida de 0 a 12 años. La cuna, el dormitorio, el salón, el jardín, el edificio… son espacios por conquistar donde se enmarcarán nuestros recuerdos y a los que asociaremos hechos muy significativos de nuestra infancia que nos marcarán para siempre: el compartir o no habitación con un hermano, la intimidad sexual del cuarto de baño, el espiar a las visitas que están en el salón. Nuestro crecimiento siempre arropado por el escenario de la casa familiar. La función primordial que podemos asociar a la casa es la de protección. Es otra más de las pieles donde se protege un espíritu que con el tiempo se irá endureciendo lo suficiente como para poder prescindir de ella.

Jon: Gaston Bachelard describe la casa natal como aquella primera morada que determinará luego el modo de habitar las moradas sucesivas de nuestra vida.

Joaquina: Según vamos cambiando y creciendo en la vida, nuestro desarrollo psicológico se va marcando no solo por emociones relacionadas con las personas, también está marcada por relaciones y apegos a lugares concretos, empezando por la casa de la infancia. Son evidentes las diferencias de haber crecido en el campo o en la ciudad, en un apartamento, un piso o una vivienda unifamiliar. El entorno, tamaño, número de hermanos, y muy sensiblemente los cambios que han tenido lugar en los primeros 12 años de vida conforman en gran medida nuestra personalidad.

Jon: Una profesora de arquitectura de la universidad de Berkley, Clare Cooper, llevó a cabo un experimento muy interesante. ¿Te apetece hacerlo?

Joaquina: Bueno.

Jon: Se trata de hacer el dibujo de la casa de la infancia. Primero, cierra los ojos y recuerda emocional y físicamente el hogar familiar: su forma, su color, su luz, su olor. Cuenta hacia atrás hasta los 12 años. Abre los ojos y dibuja esa casa donde creciste.

Joaquina: Dame un segundo.

Jon: Coge el dibujo y colócalo en una silla y tu te sientas enfrente. Tienes que empezar a hablar con el dibujo como si fuera la propia casa, empezando: “casa, mis sentimientos hacia ti son…. Cuando te vacíes de contenido, cambia de posición con el dibujo, ocupando su sitio y viceversa. Ahora tienes que hablarte a ti misma como si fueras tu casa. De esta manera se facilita el diálogo entre tú y la casa.  Es posible que el ejercicio se tenga que hacer varias veces y situándote en distintas edades de la infancia. Casi siempre algo revelador ocurre y una parte del inconsciente aflora liberándose para siempre.

Joaquina: Me ha encantado.

Jon: A la profesora Cooper le llevó a comprobar que cuantas mas historias oía, se daba cuenta de que las personas, consciente o inconscientemente utiliza su entorno para expresar algo sobre sí mismas. El inconsciente desde cómo lo veía Jung: ese libro que nos va enseñando a conocernos y ser más felices.

Joaquina: Además, a diferencia del inconsciente de Freud, tiene un componente colectivo y uno personal.

Jon: Sí, por ejemplo, la idea de construir una casa está inculcada en el inconsciente colectivo de tal manera que es muy difícil no haber construido alguna de niños: una cabaña, un escondite remoto en las ramas de algún árbol, o una simple alfombra sujeta entre dos sillas han servido de refugio, guarida y casa dentro de la casa.

Joaquina: Estamos haciendo algo mucho más importante que manipular una alfombra o juntar un montón de ramas, estamos iniciando un proceso creativo que nos va a revelar algo de nuestra persona. Estamos aprendiendo de nosotros mismos a través de la manipulación física de nuestro entorno. Dándole una vuelta mas de tuerca, esas primeras construcciones representan el descubrimiento de nuestro propio ego, separado del de nuestros padres, hermanos y familia. Son nuestras primeras tentativas en nuestra experiencia de habitar, apropiarnos de un sitio especial para ser nosotros mismos y reflejarlo en él.

Jon: Es bastante obvio pensar que las personas pasan por nuestra vida. Prestamos mucha atención a algunas, nos involucramos emocional o profesionalmente con otras y selectivamente prestamos muy poca o ninguna atención a otras muchas. Con los objetos y con las casas pasa lo mismo, algunas nos marcan hasta los tuétanos y otras pasan sin pena ni gloria dejando apenas un vago recuerdo en nuestra mente.

Joaquina: A menudo las decisiones que tomamos para elegir una determinada vivienda parecen tomadas por decisiones económicas, o por la cercanía al trabajo. Pienso que la cosa no es tan sencilla, que se mueven en nosotros planos más sutiles que nos hacen buscar un apartamento en un barrio marginal cuando tenemos suficiente dinero para elegir un sitio más adecuado. O nos hace buscar una casa para “enseñar” a los demás y no para vivir nosotros. Lo queramos o no, las casas que habitamos hablan elocuentemente de quienes somos, son un símbolo de nuestro lugar en la sociedad, de nuestros logros económicos y sociales, de nuestra forma de enfocar la manera de estar en el mundo y compartirlo.

Jon: Esa “piel amplia” en la que nos protegemos, no deja de ser una extensión nuestra, nosotros mismos. Expresamos nuestros valores individuales en la forma que tenemos de habitar, y esto nos proporciona una valiosísima información sobre quienes somos, qué pensamos de la vida y cómo nos enfrentamos a nosotros mismos en la intimidad de lo secreto.

Joaquina: La casa es el primer lugar donde empezamos a desarrollar los principios de nuestra vida. Es el centro de aprendizaje y donde vemos por primera vez la función maestro/alumno, por lo tanto, conocer en profundidad nuestra actitud desde la forma y aceptar el contenido es muy importante.

Vamos a estar varios días aquí encerrados así que pienso que es un tiempo magnífico para profundizar, desde el interior del hogar, en nuestro interior.