258 Como perdonar a los demás

Jon: Encuentro que es relativamente fácil perdonar nuestros propios errores, o por lo menos disculparlos. Sin embargo, veo más complicado perdonar los errores de los demás.

Joaquina: Es un tema que me pone un poco tensa. Independientemente de mi estado de ánimo de pensar que todos somos perfectos, lo que sí tengo claro es que el mundo entero rezuma mucha culpabilidad, mucho dolor y mucho malestar.

Jon: Entonces ¿tiramos la toalla o hay algo que se puede hacer?

Joaquina: Sitúate en el primer día que conociste a una persona que has amado profundamente. Ese primer día, lo que viste fue a un maestro, un maestro lleno de luz.

Jon: ¿Quiere decir que esa persona era perfecta?

Joaquina: No. Quiere decir que esa persona tenía la capacidad de enseñarte aquellas cualidades en las que tú necesitabas un aprendizaje en ese momento. No analices lo que era esa persona, sino lo que pusiste sobre ella; ese día viste a alguien que tenía unas características que tú necesitabas para crecer.

Jon: Situado estoy.

Joaquina: Aunque esta persona tenía ante tus ojos unas características maravillosas, también poseía su propia vida, que no era la vuestra. Esa vida iba ligada a una serie de comportamientos que, cuando eran puestos en práctica, hacían que te olvidaras de la persona y le colocaras el nombre de los comportamientos. Esto se llamar personalizar los comportamientos. Te olvidas de diferenciar persona de comportamiento: empiezas a llamarla impaciente, dices que es egoísta, déspota, que no te quiere, que no te hace caso. Pero en realidad no estás hablando de la persona, sino de sus comportamientos, y estos son universales, lo que quiere decir que también hablas de ti mismo. Cada vez que personalizas en el otro y dices “esta persona es impaciente”, estás diciendo que tú eres impaciente. Echas fuera la culpa, y para liberarte de ella necesitas aprender la diferencia entre tener un pensamiento descriptivo o uno personalista.

Jon: Entendido.

Joaquina: A continuación, debes descubrir cuál es el comportamiento que personalizas permanentemente, que lanzas fuera permanentemente, esa acción del otro que te hizo inmediatamente echarlo fuera. Piensa cuál fue ese comportamiento con el que pusiste la etiqueta a la persona, echándole por encima tu propio error. Cuando proyectas en el otro y le dices “es que eres muy impaciente”, no estás hablando de la persona. La persona es en sí misma, los comportamientos solo son actitudes que tienen que ver con el devenir de sus propias actuaciones. Esa persona no es impaciente: tiene un ritmo más alto comparado con el tuyo. Si al hablar con la otra persona fueras descriptivo y le dijeras: “yo hago las cosas a este ritmo, pero cuando estoy contigo siento que lo hago más lento y me enfado”, no habría posibilidad de discusiones. Pero en lugar de describir las acciones, las personalizas, conviertes actuaciones en ser.

Jon: Me reconozco ahí. ¿Qué debo hacer cuando pasa?

Joaquina: Vas a hacer dos miradas profundas: una de ellas es para comprobar cuál es la cualidad o el comportamiento que menos puedes soportar, para hacer una reflexión y darte cuenta de que es tuyo y, además, vas a ver a la persona a la que más culpas para darte cuenta de que estás lanzando un concepto personalista que debería ser descriptivo.

Jon: Quieres decir que, si describo un comportamiento nada más vivirlo, nunca habrá culpa, y si lo describes cinco minutos después, sí la habrá.

Joaquina: En el momento en el que la cabeza empieza a pensar algo de alguien, descríbelo, porque si no estarás hablando de ti mismo. Busca ahora la cualidad que más trabajo te cuesta describir. Sigamos con el ejemplo de la impaciencia, que es que te cuesta trabajo aceptar el ritmo de los demás. Si piensas que una persona es más lenta, verás que eres incapaz de sacar la descripción de ella, terminarás diciendo “es una pachorra”. Comprueba que, si dices en el momento las cosas y las describes, no hay posibilidad de rencor; si las guardas, no hay posibilidad de perdón porque todo lo que está en la cabeza, el cerebro piensa que es para ti. Cuanto más daño te haces, más daño crees que te ha hecho el otro.

Jon: Entonces los estados descriptivos aíslan a la persona de hacer algo bueno o malo.

Joaquina: Exacto. Tú puedes decir ahora mismo: “esta persona ha hecho un acto de violación de la fuerza de otra persona”. Si le llamas violador, tu cerebro adquiere la forma de un violador a los dos segundos. El cerebro no entiende que tú hables de algo que no eres, y solo aprende de razón, de aprendizaje y de expresión. Nosotros tenemos una dificultad: creemos que somos cuerpo y emoción, pero no lo somos. El cuerpo es la vasija y la emoción es el movimiento de nuestra presencia divina. La voz, el movimiento y el cuerpo forman parte de la experiencia para estar con personas, mientras que la mirada forma parte de la experiencia para estar con Dios. Esa es la gran diferencia. A partir de ahí, te das cuenta de la diferencia que existe entre estar mirando y aprendiendo o estar mirando y personalizando. Cuando personalizas, Tú has decidido que el comportamiento de una persona, que es algo físico, que es algo actitudinal, se convierta en el espíritu de esa persona, y eso es inviable. La persona no es una materia de actuación; llega a ello porque hay algún aprendizaje que no ha conseguido hacer. Hay algo que ha pasado en su persona, y esa experiencia es suya, no es tuya. Ese comportamiento es de él, no es tuyo. Tú has aprendido a un ritmo, y la otra persona aprendió a otro ritmo. La descripción tiene que empezar por ti, no por la otra persona.

Jon: ¿Puedes poner otro ejemplo?

Joaquina: Claro. Puede que tu descripción del amor sea que el otro te coja la mano 10 veces al día, pero puede que la descripción de la otra persona no sea así. El amor no se comparte, se vive. La otra persona no siente tu amor, siente el suyo. El amor es incompartible, no se puede compartir, no se puede romper, no se puede hacer nada con él más que vivirlo. Solo puede experimentarse. Cuando quieres agarrar el amor del otro a través del personalismo, lo que haces es perderlo.

Jon: Me resulta difícil aplicarlo al, por ejemplo, egoísmo.

Joaquina: El egoísmo es una de las cualidades sobre las que más personalizamos. No hay ninguna persona en el mundo que se queje de egoísmo y que no sea porque ella misma es egoísta. Cuando es generosa, no está pidiendo nada y no se queja de que el otro sea egoísta. El proceso descriptivo del egoísmo es: “en este momento estoy queriendo tener esto y estoy pidiendo que tú me lo des cuando debería estar dándomelo yo mismo”. Describes qué estás esperando, describes lo que es, cómo es y acabas. No hay ninguna persona que no vaya a funcionar ipso facto con un estado de generosidad increíble. Le dices eso al otro e inmediatamente se da cuenta de que ella misma no estaba dando algo que podía y, desde ese ejercicio, las dos empezaréis a darlo. Cuando le dices a alguien “yo estoy necesitando esto, y yo tendría que estar dándotelo en lugar de esperarlo”, es inviable que la otra persona rápidamente reconozca que ella tampoco está dando. Se abre la puerta al reconocimiento. Cuando no hay ninguna reclamación, no hay ninguna exigencia, ningún enfado.

Jon: ¿Sería algo así?: “En este momento estaba esperando que vinieras a mi lado y te pusieras a hablar conmigo, cuando soy yo el que tendría que sentarme a tu lado, dado que es lo que yo estoy necesitando. Es más, tendría que estar pensando si tú realmente estás necesitando hablar conmigo. Perdóname. Mi actitud en este momento es profundamente egoísta”.

Joaquina: Debes aprender que, por encima de todas las cosas, tienes que desarrollar la capacidad de expresar. Que tus acciones tengan una coherencia con lo que realmente eres. No eres cuerpo, no eres emoción. Tu ser está en una vasija, que es tu cuerpo, y se mueve a través de una emoción. Todas las culpas que echas a los demás están en la emoción y en el cuerpo, no en el ser. Para conocer realmente a los demás, debes aprender a ser descriptivo de los hechos, no descriptivo de las personas. Las personalidades no son personas, sino que estas van más allá. Cada vez que razonas lo que hacen los demás, vives en la culpa. Razonar algo es utilizar tu inteligencia, tu experiencia y tu forma de ver las cosas para ponerle una etiqueta. Describirlo es utilizar tu inteligencia a través de elementos asépticos que tienen un valor para ti. Las personas llevan a cabo comportamientos, pero no son sus comportamientos. El impaciente tiene 500 cualidades más; el incomunicativo tiene 500 cualidades más, así como el egoísta. Pero date cuenta de que la relación se acaba por ese personalismo que has hecho.

El método de trabajo comienza, entonces, por ir a ti, a tu culpa, ver qué cosa tienes que aprender de la situación y ponerte a aprenderla. No entres en la relación, porque entonces te vas a poner a recriminar. Vas a empezar de la siguiente manera: “en realidad yo he visto que tú has hecho esto que seguramente no te parecerá que es esto, pero a mí me lo ha parecido”. Pero recuerda que hay que empezar por decir: “yo pienso esto de esta situación”.

Ocúpate de las personas, no te preocupes nunca de las personas. Ocuparse de las personas es dejarlas ser, dejar que cuenten o no cuenten lo que sienten, dejarlas vivir. Lo que una persona es no puede ser expresado en un solo comportamiento. Puede comportarse de cierta manera en un momento, pero existen miles de facetas que no caben en ese comportamiento concreto.

Describir comportamientos o vivir personas, esa es la gran diferencia.

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