205 La sombra (II)

Joaquina: Una segunda forma de aproximarnos a nuestra sombra personal consiste en examinar nuestras proyecciones. La proyección es un mecanismo inconsciente que acontece cuando se activa un rasgo o una característica de nuestra personalidad que permanece desvinculada de nuestra consciencia. Como resultado de la proyección inconsciente percibimos este rasgo en la conducta de los demás y reaccionamos en consecuencia. Así vemos en ellos algo que forma parte de nosotros mismos pero que no reconocemos como propio.

Jon: ¿Ocurre también cuando vemos en alguien algo positivo?

Joaquina: Las proyecciones pueden ser tanto positivas como negativas. Para descubrir los elementos de la sombra debemos examinar qué rasgos, características y actitudes nos molestan de los demás y en qué medida nos afectan. La sombra, que es parte de todo aquello que queremos ser – pero que no nos atrevemos a ser -, constituye el escenario más apropiado para la manifestación de este tipo de fenómenos. Justificaciones tales como “esto es lo último que hubiera querido decir” o “no puedo creer que yo haya dicho eso” demuestran que si bien la conciencia es la que propone la sombra es la suele terminar disponiendo.

Jon: Entonces, por ejemplo, los lapsus son importantes porque es como si la sombra saliera un poco a la luz y se revelara. Sin embargo, nos suelen hacer gracia.

Joaquina: Podemos reírnos de los lapsus, mantenernos a la defensiva, racionalizarlos o esconderlos bajo la alfombra, pero sólo afrontarlos nos permitirá descubrir la oscuridad que se oculta en nuestra sombra, profundizar en nuestro propio autoconocimiento y poner fin a esos embarazosos, inoportunos, y en ocasiones, hasta destructivos “deslices”

Jon: Estudiando el inconsciente y Freud, se revela el sentido del humor como otra forma de ver lo oculto.

Joaquina: Otro método para acceder a la sombra personal consiste, efectivamente, en investigar nuestro sentido del humor y las respuestas que suscita en nosotros el humor. La mayoría de nosotros sabe que el sentido del humor suele evidenciar mucho más de lo que se ve a simple vista, en ocasiones suele ser la misma sombra.

Jon: Y además debe ser hereditario. Yo tengo un sentido del humor irónico y un poco corrosivo, igual que lo tenía mi padre.

Joaquina: Cada uno de nosotros hereda un legado psicológico tan real como su misma dotación biológica. El clima psicológico de nuestro entorno familiar nos expone de continuo a los valores, el temperamento, los hábitos y la conducta de nuestros padres y familiares. De ese modo nuestros padres nos trasmiten – en forma de pautas disfuncionales de conducta – los problemas que ellos no han logrado resolver en su propia vida.

Jon: Sí, la familia constituye nuestro centro de gravedad emocional, el escenario en el que madura nuestra identidad, se desarrolla nuestra individualidad y se configura nuestro destino bajo la influencia concreta de las diversas personalidades que nos rodean. Ahí emprendemos el necesario proceso de desarrollo de nuestro ego en la atmósfera psicológica creada por nuestros padres, parientes, tutores y otras fuentes importantes de amor y aprobación.

Joaquina: La sombra de los demás acicatea de continuo el proceso moral de construcción del ego y de la sombra del niño. De este modo, en la infancia aprendemos a esconder lo que ocurre bajo el umbral de nuestra conciencia para parecer buenos y ser aceptados por las personas que nos importan. Quienes creen que su ego representa la totalidad de su psiquismo, quienes prefieren seguir ignorando sus cualidades reprimidas suelen proyectar sobre el mundo que les rodea “los fragmentos ignorados de su alma”.

Jon: Yo cuando niño sentía que jamás cumplía las expectativas de mis familiares.

Joaquina: No asumir una conducta inaceptable para los demás termina convirtiéndose en parte expiatoria de las proyecciones de tu sombra. El adulto designado como parte expiatoria suele ser aquel miembro de la familia más sensible a las corrientes emocionales inconscientes. Este adulto fue precisamente el niño que percibió y sobrellevó la sombra de toda la familia.

Jon: Entonces, en la medida en que el ego va afianzándose en la conducta del niño va configurándose también una máscara, el semblante que exhibimos ante el mundo, el rostro que refleja lo que creemos ser y lo que los demás creen que somos.

Joaquina: Claro, la persona satisface así las demandas de nuestro entorno y de nuestra cultura, adaptando nuestro ego ideal a las expectativas y valores del mundo en que vivimos mientras que la sombra se convierte en una especie de cubo de basura que se encarga del trabajo sucio. De este modo, el proceso de formación del ego y de la persona constituye la respuesta natural a la aprobación o la descalificación, a la aceptación o censura a que nos somete el entorno en que nos movemos, nuestra familia, nuestros amigos, nuestros maestros etc.

Jon: Y no estamos solos en la pelea ya que están también las sombras de los demás que se entrelazan unas con otras ¿no?

Joaquina: El hogar familiar es el escenario natural en el que tiene lugar este proceso, un proceso en el que la sombra de los distintos miembros de la familia influye poderosamente en la configuración del nuevo Yo enajenado, sobre todo en caso de que el grupo familiar no reconozca sus propios elementos oscuros o cuando todos los elementos de la familia estén de acuerdo en ocultar la sombra de un miembro especialmente poderoso, débil ó querido de la familia.

Jon: ¿Se puede evitar tener sombra?

Joaquina: Eso no sería ni bueno. El proceso de creación de la sombra es inevitable y universal. Nos hace ser quienes somos y nos induce a trabajar con la sombra para poder llegar a ser quienes, en realidad, somos. Para que el niño pueda comenzar a desarrollar su individualidad debe experimentar una imagen más completa de su verdadera personalidad.

Jon: Siento que cada vez que establecemos un contacto profundo con otra persona salen a la luz sentimientos de vergüenza, culpabilidad y miedo. Por más que nos aceptemos y nos valoremos, seguimos sintiendo que podemos ser rechazados.

Joaquina: Las relaciones consanguíneas o de vínculos espirituales, para cada uno de nosotros, el otro representa, al mismo tiempo, el Yo y la sombra. Las mujeres pueden verse reflejadas en el espejo que les brindan sus hermanas del mismo modo que los hombres lo hacen en el que les ofrecen sus hermanos y descubrir la profunda similitud que los une y la extraña diferencia que los separa. El trabajo con la sombra en los hermanos constituye una herramienta fundamental para sanar nuestros problemas de relación.

Jon: Sí, ya lo hemos hablado otras veces, que la relación con nuestros hermanos marcará la de nuestras parejas futuras.

Joaquina: La aparición de nuestros opuestos está presente en relaciones que sostenemos con personas del otro sexo. Tendemos a enamorarnos y a formar pareja con personas que son completamente diferentes a nosotros: sumiso y agresivo, introvertido y extrovertido, creyente y ateo, reservado y charlatán, etc. Es como si nos sintiéramos atraídos hacia ellos porque poseen algo de lo que nosotros carecemos, como si ellos hubieran actualizado cualidades que permanecen latentes en nosotros.

Jon: Entonces, quizás acabaremos casándonos con aquellos aspectos de nosotros mismos que nos hemos negado a desarrollar, personas que compensen nuestras propias carencias y, ¿no correremos el riesgo de no desarrollarlas por nosotros mismos?

Joaquina: La mayor parte de las veces nuestra sombra y la persona amada suelen compartir las mismas cualidades. Este tipo de unión lo que busca es la anulación del crecimiento personal mutuo. El ser humano sano siente que la bondad de la vida consiste en la unidad entre su realidad, su energía y su conciencia. Cuando el hombre está sano su vida es un continuo proceso creativo. La persona sana gobierna positivamente su vida y se siente satisfecho consigo mismo. En ese estado la enfermedad y el mal están casi completamente ausentes.

Jon: ¿Cuál sería entonces el principal rasgo de la enfermedad?

Joaquina: El principal rasgo distintivo de la enfermedad, por el contrario, consiste en la distorsión de la realidad, la distorsión de la realidad corporal, emocional y del pensamiento. El enfermo suele considerar que sus problemas están causados por factores externos a los que culpa no enfrentándose a su propia destrucción.

Jon: Eso pasa fuera… y pasa dentro.

Joaquina: La reconciliación con nuestros enemigos internos no supone la eliminación de nuestros adversarios externos, pero sí que modifica nuestra relación con ellos. Para alcanzar la paz, nos veremos obligados a realizar un doloroso esfuerzo espiritual. Solo entonces dejaremos de considerar que la maldad es algo diabólico y comenzaremos a relacionarnos con ella en términos mucho más humanos. Es este, a fin de cuentas, el camino de la humildad. La oscuridad se asienta en el corazón de todo ser humano. Quizás encontremos cierto alivio en creer que los seres humanos más destructivos pertenecen a una raza diferente. Es nuestra propia escisión interna la que ocasiona la hostilidad existente entre el bien y el mal. Sólo cuando comprendamos que el antagonismo es precisamente el causante de la maldad, descubriremos una nueva dinámica moral que haga posible la paz. Mientras nuestra moral siga sustentándose en el modelo bélico nos veremos obligados a elegir un bando, identificarnos con una parte de nosotros mismos y repudiar a la otra.

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