202 Arquetipo Luna

Jon: Has hecho muchos cursos y talleres sobre, arquetipos, héroes y diosas, inconsciente colectivo… sin embargo me llaman la atención otros dos arquetipos, no sé si más antiguos: Los arquetipos sol y luna. ¿Qué son?

Joaquina: Los arquetipos Sol y Luna, padre y madre, cielo y tierra, nos hablan de las dificultades que tenemos en el proceso de adecuación a las expectativas que en sí mismo el hombre trae consigo. Nuestras lecturas lo que continuamente oímos, hace continua mención a unos valores que son determinantes y parecen exclusivos del hombre o de la mujer. Y decimos del hombre o de la mujer porque todo tiende a esta separación. Yo fomento el matrimonio interior. Una luna trascendiendo de los atractivos materiales y depurando el instinto terreno busca la luz del sol para expandirse libre hacia todos. Dos energías que se representan como la telúrica, tierra; y la cósmica, cielo. Aceptar lo interior para buscar lo exterior. Encontrar el halo terreno para experimentar el aliento divino.

Jon: Entonces, son dos energías con capacidad de transformarse… ¿y también de apagarse?

Joaquina: A la luna la somete el instinto sexual mórbido. Al sol lo apaga la codicia, la envidia, el orgullo. La luna representará el sexo, el sol la prosperidad, que se expresará en la tierra como dinero. La madre nos amamanta, el padre nos sustenta. El sol y la luna son dos arquetipos que tienen que ser reconocidos, amados y que deben de participar de todo lo nuestro porque en síntesis somos ellos.

Jon: Sí, he leído que a estos arquetipos se les llama luminares, que son aquellos que nos sirven como ejemplo. ¿Qué me puedes contar de la luna?

Joaquina: Nuestra madre nos da el primer modelo concreto del instructivo cuidado de uno mismo que significa la Luna, nuestro primer ejemplo de lo que es posible lograr. Este luminar que nos enseña a cuidar de nosotros mismos de acuerdo con nuestras propias y peculiares necesidades. Está dentro de nosotros, y puede enseñarnos –si nuestra experiencia inicial no fue “suficientemente buena”- a sanar nuestras heridas, de modo que finalmente podamos confiar en la vida.

Jon: Entiendo que hay algo dentro de nosotros que lucha contra la total dependencia y la fusión de la infancia, y que nos va guiando por el camino largo y nos lleva a convertirnos en seres independientes con poder sobre nuestra vida. Pero la autonomía y la autenticidad son solitarias.           

Joaquina: El Sol y la Luna simbolizan dos procesos psicológicos básicos, pero muy diferentes. La luz lunar que nos seduce para hacernos volver a una fusión regresiva con la madre y a la seguridad del contenedor urobórico es también luz que nos enseña a relacionarnos, a cuidar de nosotros mismos y de los demás, a pertenecer, a sentir compasión. La luz solar nos instruye sobre nuestra divinidad oculta y sobre nuestro derecho a ser orgullosos cocreadores del universo de Dios. Encontrar el equilibrio viable entre estas dos luces es el trabajo de toda una vida. La diferenciación del yo a partir de esta fusión nos permite tener la capacidad de elegir y nos aporta todo el poder y la voluntad para obtenerlo.

Jon: La Luna es la visión arquetípica de lo femenino, lo materno, lo interior, la tierra…

Joaquina: La luna en sentido metafórico refleja una experiencia humana arquetípica, proyectada sobre la Luna física del cielo. Las fases lunares presidían el ciclo anual de la vegetación, y también el ciclo humano de nacimiento y muerte. Así, la luna rige el ámbito orgánico del cuerpo y los instintos porque del cuerpo femenino nacemos todos, y de él recibimos nuestro primer alimento.

Jon: ¿Se puede tener una especial inclinación hacia la luna o el sol?

Joaquina: Las personas con la visión a través de la lente lunar, ven la seguridad, la firmeza y el calor del contacto humano mucho más relevante que cualquier búsqueda abstracta de significado. Porque la vida está tan llena de fluencia es preciso hacerle frente día a día. Estas personas están especialmente dotadas para mantener los pies en la tierra y tratar con sus circunstancias y con los demás de una manera sensata, tranquilizadora y compasiva.

Jon: ¿Por qué no nos quedamos ahí directamente?

Joaquina: Es un problema quedarse atascado ahí y no poder mirar tus circunstancias personales inmediatas. La naturaleza tiene una naturaleza cíclica y, por lo tanto, no se entienden demasiado con la vida cotidiana, porque estas personas “luna” son adictos a la eternidad y se han olvidado de cómo confiar en los instintos y cómo trabajar de forma inteligente con el tiempo.

Jon: ¿Qué ocurre si no tenemos nada de luna, o muy poco?

Joaquina: Sin una expresión suficiente de la Luna, no sólo el cuerpo se resiente, sino también nuestra capacidad de experimentar la vida en el presente. Y después tenemos una horrible sensación cuando descubrimos que la vida ha pasado por nuestro lado sin que realmente supiéramos que la estábamos viviendo. El recipiente vacío, de modo que no hay recuerdo, ni sentimiento de continuidad, ni la sensación de tener un pasado fructífero.

Jon: Por lo tanto, lo primero es tener en cuenta nuestra necesidad básica de seguridad y de supervivencia. Si no está suficientemente satisfecha, el resultado es la angustia, el sentimiento de que ahí afuera la vida no es segura.

Joaquina: Para algunas personas, lo que desencadena la angustia es la amenaza del rechazo o del abandono. Para otras, es un cambio en el ambiente, la amenaza de verse desarraigadas del trabajo o del hogar. Cuando estamos angustiados y necesitamos volver a sentirnos seguros, nos dirigimos a La Luna, que es la madre tierra dentro de nosotros, el principio instintivo que sabe cómo nutrir y mantener la vida.

Jon: ¿Y si no sabemos hacerlo?

Joaquina: Si no sabemos cómo recibir nuestra sabiduría lunar innata y actuar de acuerdo con ella, entonces al Luna no pude operar directamente mediante la personalidad, sino que debe expresarse de manera indirecta. Un ejemplo obvio de un funcionamiento lunar defectuoso es comer de forma compulsiva. Hay un amplio espectro de lo que se conoce como “trastornos alimentarios”, que incluyen la anorexia, la bulimia… Estos procesos siempre surgen ante alguna tensión en el mundo de los sentimientos, la luna (mundo emocional) rige el estómago. La comida se busca como substitutivo de la madre, o la duda en la seguridad en la tierra.

Jon: ¿Qué hacemos ante eso?

Joaquina: Sería aconsejable poner la atención en los elementos solares, dinero y trabajo, que aportan seguridad. El lado lunar que hay en nosotros dice: “Este es mi nombre, esta es mi familia, estos son mis hijos, este es mi trozo de tierra, este es mi país. Es aquí donde pertenezco”.  Estas cosas nos proporcionan una identidad colectiva y un sentimiento de seguridad dentro del grupo. Muchas personas sienten una necesidad sumamente poderosa de identificarse con sus raíces históricas, y se angustian mucho si se ven arrancadas de su lugar de origen. 

Jon: Pues esto hace difícil muchas relaciones de pareja donde casi se le da a elegir a la persona por su familia o la familia política.

Joaquina: La Luna no puede soportar el aislamiento. Antepone el valor de las raíces y de la tradición a la realización de una vida individual. Si no se la reconoce, esta faceta de la Luna también puede crear pautas de comportamiento compulsivas. En vez de la familia o la nación, el sustituto puede ser una filosofía espiritual o política, que asume entonces una forma curiosamente emocional y compulsiva, una mentalidad de clan, fanática y vengativa.  Para la supervivencia psíquica de una persona puede ser muy necesaria la capacidad de apartarse de sus propias raíces raciales, religiosas y sociales, si estas raíces la estrangulan en vez de alimentarla.

Jon: ¿Desde que nacemos está esta energía con nosotros?

Joaquina: Durante los primeros meses después del nacimiento estamos fundidos con la Gran Madre, con alguien que para nosotros es el mundo. Pero hacia los seis meses empezamos gradualmente a diferenciar o distinguir un “yo” que no es nuestra madre. Es decir, más o menos a los seis meses el niño forma lo que se llama un vínculo específico con la madre. Sólo entonces se puede empezar realmente a establecer una relación de persona a persona con ella. El problema clave en los primeros años de vida es la supervivencia. Nacemos incompletos, sin terminar, somos expulsados de útero sin algunas cosas esenciales, sin piso ni tarjetas de crédito. Para sobrevivir necesitamos que mamá esté de nuestra parte.  Cuando diferenciamos por primera vez nuestra identidad de la de ella, intentamos aliviar el miedo y el terror consiguientes procurando hacer que se enamore de nosotros, cortejándola para ganar su amor y, con él, su lealtad y su atención especial.

Jon: ¿Que se enamore de nosotros?

Joaquina: Si nos ama, se ocupará de nuestra vida y nuestro bienestar. A eso me refiero al hablar del romance con la madre, a que tratamos de impresionarla, de ganárnosla, como lo haríamos si se tratara de una cita con alguien que nos gusta de veras y con quien pensamos que podemos compartir un futuro prometedor. Todo esto sucede seis meses después del nacimiento. Es evidente que diferenciar la propia identidad de la materna no es algo que sucede de la noche a la mañana; es un proceso gradual que generalmente tarda unos tres años en completarse. Y el hecho de que haya en escena un padre u otra figura importante que ayude al niño a separarse de la madre es una ayuda enorme.

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