201 El pensamiento proactivo

La anécdota que sigue se ha publicado cientos de veces con muchas variantes es falsamente atribuida a Niels Bohr, pero en realidad fue la creación del profesor de física Alexander Calandra de la Universidad de Washington en St. Louis. La publicó en su libro: “The Teaching of Elementary Science and Mathematics” Washington University Press, St. Louis, 1961. Joaquina la utilizó en una conferencia sobre el pensamiento impartida en el Management Forum de Barcelon en 2009. Paso a trascribirla.

“Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que este afirmaba con rotundidad que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. Leí la pregunta del examen: ‘Demuestre cómo es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro”.

El estudiante había respondido: ‘lleve el barómetro a la azotea del edificio y átele una cuerda muy larga. Descuélguelo hasta la base del edificio, marque y mida. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio.

Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente. Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudios, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel. Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta, pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física.

Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excusé por interrumpirle y le rogué que continuara. En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: coja el barómetro y láncelo al suelo desde la azotea del edificio, calcule el tiempo de caída con un cronómetro. Después aplique la formula h=1/2 at2. Y así obtenemos la altura del edificio. En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta.

Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta. Bueno, respondió, hay muchas maneras, por ejemplo, coges el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio.

Perfecto, le dije, ¿y de otra manera? Sí, contestó, éste es un procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. En este método, coges el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el número de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el numero de marcas que has hecho y ya tienes la altura.

Este es un método muy directo. Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento mas sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio.

En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su periodo de precisión.

En fin, concluyó, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea coger el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del conserje. Cuando abra, decirle:

– Señor conserje, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo.

En este momento de la conversación, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares), dijo que la conocía, pero que, durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.

El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de Física en 1922, más conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica”

Pensar no es acudir al ramillete de respuestas que un día dimos por válidas y que no hemos vuelto a poner en tela de juicio. El pensar, es decir, el tener ideas, es un ejercicio de reflexión que ha de completarse con la práctica para averiguar si lo que barajamos es factible, esto es, para que sea posible su realización. Llevar las ideas al terreno del hacer, de la praxis, requiere en primer término aprender a distinguir el pensamiento de la acción y el compromiso, pues sólo teniendo claro qué significan cada uno de estos pasos podremos hacer de nuestro pensamiento un ejercicio proactivo.

Tres son los tipos de pensamiento que inundan nuestra realidad cotidiana: el vertical, el horizontal y el lateral. El pensamiento vertical es el trasmitido por nuestras familias y nuestras vivencias; es nuestro conocimiento de base, y con él fundamentamos ideas.

Cuando nos sucede algo inédito, que no encuentra correspondencia en este pensamiento vertical, aparece el pensamiento horizontal, que no es otro que nuestro desbordamiento. Ante algo sobre lo que no tenemos experiencia estamos vacíos de recursos, y damos palos de ciego pasando sin control de una idea a otra. El escritor y psicólogo Edward De Bono acuñó el término “pensamiento lateral” para referirse a una tercera instancia que nos permite limitar el desbordamiento del pensamiento horizontal haciendo una síntesis entre éste, que representa lo nuevo, y el vertical, que son nuestras viejas respuestas. Dicha síntesis es la que nos lleva a crear e innovar. La que permite que nuestro pensamiento sea llevado a la práctica.

Un ejemplo de pensamiento lateral son los Chupa Chups. Un día un señor vio que los niños, al comer caramelos, se ponían hechos una pena, por lo que decidió poner un palito a los caramelos. Los niños siguen poniéndose perdidos, pero los adultos podemos comerlos sin mancharnos, por no hablar de los miles de millones de Chupa Chups que se han vendido en todo el mundo.

El pensamiento lateral es muy importante en un momento como el que estamos viviendo, donde la palabra más repetida es “crisis”. Podemos hacer una analogía de nuestra circunstancia con otras etapas históricas turbulentas, en las que sólo un pensamiento lateral ha permitido encontrar el término medio entre fuerzas contrarias para reestablecer el orden. Así ocurrió con la esclavitud en Estados Unidos, donde se desencadenó una guerra entre los partidarios y los abolicionistas, posturas ambas que beben del pensamiento vertical. El pensamiento lateral que planteó Abraham Lincoln (y que desgraciadamente le costó la vida) fue el de mediar y eliminar las instancias que legitimaban la desigualdad entre las razas. Roosevelt con el aumento del gasto público y la ayuda a los bancos, Gandhi y Luther King con la no violencia, los microcréditos de Muhammad Yunus para quienes no pueden acceder a un préstamo bancario tradicional… son otros tantos ejemplos de un pensamiento lateral, que hoy en día siguen constituyéndose en paradigma del buen hacer.

¿Cómo podemos acceder a un pensamiento lateral para que nuestra mente sea proactiva y dé soluciones a la crisis? Si el pensamiento es la idea, la mente es la que pone las ideas en acción. Para tener una mente proactiva yo propongo una distinción, que habrá de sernos útil a nivel operativo, entre dos reinos: el imaginal y el real. El imaginal está constituido por nuestras ideas, y el real es la acción. Pasar del imaginal al real requiere cultivar la creencia de que podemos llevar nuestras ideas a la realidad.

Tras siglos de desarrollo, en nuestro paso del imaginal al real hemos ido incorporando diversas capas que constituyen nuestro pensamiento vertical, pero que en su día fueron un pensamiento lateral. Nuestro cerebro se ha configurado según esta manera de pasar del imaginal al real, y si observamos su evolución, veremos cómo sus partes responden a distintas fases adaptativas del ser humano. Así, el crecimiento del cerebro posterior, central, anterior y el frontal se corresponde con la supervivencia, las relaciones, el pensamiento y la utilidad; estratos que nos configuran, y que tienen su correlato en las preguntas qué, cómo, por qué y para qué. Actualmente la ciencia está estudiando el cuarto cerebro, el frontal, lo que significa que tenemos más o menos solucionados el tema de la supervivencia, las relaciones y el pensamiento (entiéndase esto en un nivel potencial: nuestros cerebros están equipados para solventar la supervivencia, las relaciones y el pensamiento siempre y cuando las circunstancias lo permitan y en ausencia de patologías), y que la atención del ser humano se dirige ahora hacia la utilidad. Es desde ahí, desde el para qué, desde donde debemos buscar respuestas proactivas para solucionar la crisis en la que estamos inmersos.

El para qué tiene que ser beneficioso para la comunidad, y por ello hemos de plantearnos qué resultado queremos, cómo lo vamos a llevar a cabo y por qué ha de ser ése el camino y no otro. Es decir: «para qué» recoge todos los estratos que nos configuran, y en la medida en que ha de ser útil, debe orientarse hacia soluciones que nos convengan a todos. Los líderes deben serlo en el servicio a los demás, y a tal fin conviene que revisen sus valores, creencias y compromisos. Sólo de este modo podrán acceder a un pensamiento lateral, esto es, creativo e innovador, que permita generar en el imaginal ideas que, por ser buenas para todos, no encuentren barreras a la hora de poder ser llevadas a la práctica.

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