140 Dios existe

Había acabado la clase de matemáticas y Don José, el profesor de religión cruzó el aula con un aire desgarbado nada propio para una persona de unos 35 años, parecieron años viejos y muy vividos. La clase de niñas entre 12 y 13 años se entretenía en una animada charla de una compañera con otra.

En la cuarta mesa a la derecha, pegada a la pared de gotelé blanco, una de ellas parecía absorta mirando un libro. Hacía tiempo que la muchachita disentía de aquellas explicaciones tan dogmáticas sobre la existencia de Dios. Durante bastante tiempo Jesús, María y las bellas historias de sus vidas, la habían sobrecogido. Ahora, detrás de un aire contestatario y nada fácil, buscaba infructuosamente respuestas sobre el qué y por qué de la vida.

El silencio la trajo a la escena inicial y levantando sus ojos negros topó con la mirada del cura que en aquel momento advertía sobre la grandiosidad de la creación del hombre, ratificando que el hecho era indiscutiblemente una gracia de Dios, quien creó al hombre a su imagen y semejanza.

Las últimas palabras provocaron un deseo de rebelión que la envolvía en una mezcolanza de lucha y derrota ante lo ignoto que para ella representaba la creación del hombre. Cuanto más investigaba más alejada se sentía de aquellas aseveraciones, tan rotundas y poco comprobadas, que decía aquel cura.

¿Investigaba sobre lo que exponía? ¿Apostillaba aquellos principios por convencimiento o simplemente leía y repetía? Era tan dudosa la fe para ella que difícilmente podía concebirla en alguien por muy docto que resultara su planteamiento, cuanto menos cuando se hablaba de religión o de todo lo que concernía al hombre y su sentido trascendente en la tierra.

Luis la había regalado Prologium de San Anselmo de Canterbury. Últimamente estaba muy interesada por los escolásticos y el discurso de este santo le pareció inquietante.

Se había atascado en el capítulo II “que Dios existe verdaderamente” volvió a sentir aquel mordisco de inquietud de antaño.

¿Conoce a Darwin? ¿Ha leído “El origen de las especies”? En él se recogen procesos de investigación, deducciones soportadas y sólidas. Yo creo que sí hay que investigar sobre la procedencia del hombre. Indiscutible no hay nada cuando se trata de dónde viene el ser humano y cuál es su sentido en la tierra.

Si Dios creó al hombre a su imagen y semejanza ¿cuál es el motivo de las grandes variaciones externas y de comprensión que el hombre ha vivido desde sus orígenes?  ¿Por qué este gran parecido al primate? ¿Somos una mutación ordenada de alguna de estas especies? ¿Vive Dios esas variaciones y las refleja en su creación?

Las palabras se atropellaban dentro de sus labios núbiles. No buscaba respuestas. Sabía que Don José no contestaría a ninguna de esas grandes cuestiones, ni tampoco sería aceptada su intromisión. El alma punitiva de la enseñanza estaba próxima a extender su dedo acusador y ella sólo deseaba vaciarse de contenido hasta llenar las paredes en busca de alguna respuesta que no sabía de donde procedería, pero que no dudaba que en algún momento tenía que llegar.

Darwin decía: “He recapitulado ahora los hechos y considero que me han convencido completamente de que las especies se han modificado durante una larga serie de generaciones”

El trabajo metódico y lleno de casos comprobados que apoyaban la tesis de este investigador había abierto una zanja de dudosa reconstrucción sobre la existencia del padre creador para ella.

  • No puedo creer que un padre amoroso haya creado a sus hijos limitados, feos y hasta groseros, si realmente les ama y protege, y además sus cualidades de omnipotencia y omnipresencia son reales.

El cura había llegado a su punto máximo de resistencia. No pudo saber si en el fondo todo aquello no le provocaba una cierta complacencia y por ello había dilatado el grito de:

  • ¡De rodillas y silencio!

Aquel había sido el recurso de otros muchos días como este, donde la indagación sobre el sentido de la paternidad divina había provocado tensión y falta de réplica.

Se puso de rodillas, y sin embargo no pudo dejar de preguntar reiteradamente sobre lo que parecía no explícito.

  • ¡Fuera de la clase!

Aquel punto era la determinación de un final que sólo dejaba una puerta abierta al nuevo día en el que todo propiciara seguir debatiendo en el sin sentido del todo indiscutible.

 “Así pues, Señor tú que das la inteligencia de la fe, concédeme en la medida en que sabes lo que me conviene, que entienda que existes como lo creemos y que eres lo que creemos”

Al menos San Anselmo se refería a Dios con la duda y la búsqueda de una certeza que necesitaba. Yo me siento en un frenesí dubitativo y quizá por ello el recuerdo de la niñez y aquellas disquisiciones tan profundas y a la vez tan irresponsables en relación con los oyentes, me haya llevado a frenar la locura con la que quería retomar mis diálogos con Vanessa.

La miré. Su pelo rizoso negro, sus pequeños ojos detrás de las gafas de bordes metálicos. Sus muchos pocos años y mi gran madurez. Todo un reto para seguir o quizá para parar.

Es una gran cuestión para los que hemos pasado el tiempo de juventud y la madurez nos enfrenta a las grandes preguntas de la historia, con quién y cómo hacer la indagación. Pensé que quizá ella y no Don José, me echará ahora de clase asustada. Porque, qué difícil es hablar de Dios cuando ya no dudas de su existencia.

Como decía Ortega y Gasset: Nada de lo que hacemos sería nuestra vida si no nos diésemos cuenta de ello… Todo vivir es vivirse, sentirse vivir saber existiendo.

Hoy creo que Dios aparte de un concepto, de una investigación es, por encima de todo, una experiencia personal.

¿Puedo discutir la existencia de Dios? No dudo de su existencia por varios motivos, cada uno de ellos necesita desarrollarse independiente del otro. Quizá de lo único que me gustaría conversar es sobre la identificación y valoración que cada uno da a esa divinidad existente o no dentro de cada uno y discutible o no dentro de los deseos que tenga cada cual en llegar al final de la cuestión.

¿Hay algo por encima de todo lo algo existente que se pueda suponer? ¿Y por encima de ese algo hay algo más? Y agotando todo lo previsible que existe, ¿podríamos decir que hay algo más? Porque si hay algo más previsible podríamos decir que existe algo imprevisible que nos acomete la duda de qué y qué hace dónde y por qué está.

¿Y me asustaría esa existencia si realmente no le concediera valores o poderes que me sobrecogen y me conmueven por el compromiso de decidir que algo está por encima de mi misma y todo lo sabido?

¿Por qué si ese algo existe, y está por encima de todo lo conocido, más allá de todo lo explorado y encierra en sí mismo las posibilidades miles supuestas o no por mí, no estoy reconociendo que sus atributos deben ser plenos exentos de la dualidad y por tanto no le doy así mismo la cualidad de todo poderoso sin acepciones ni límites?

¿Y por qué ese miedo pavoroso a llamarle DIOS MIO y decirle que sé que existe? ¿Hay en mi interior un revuelo caprichoso que supone que este reconocimiento me encierra en un calabozo del honor al que no quiero llegar, aunque en realidad sea mi propósito?

O quizás, como todos, tenga miedo de Dios y su aceptación por lo que de fe lleva, por lo que de imposible de mostrar tiene y porque el discurso piadoso me parece burlesco fuera de tono y al desuso.

Sin embargo, no puedo dudar que el resultado real es que su existencia no modifica ni amplía mi existencia. No hace de mi algo más bueno o malo, más piadoso o comprensivo, ni más o menos poderoso. Dios para mi no es una necesidad, ni siquiera un modo de vivir más completo. Los ritos no forman parte del Dios que asumo, ni tan siquiera rezarle o solicitarle cosa alguna está dentro de mis planes.

Su omnipotencia, si la tuviera, no compromete a mis limitaciones o necesidades más perentorias o superficiales. En ese algo existente por encima de todo lo conocido no he podido situar qué y cómo se relaciona con lo que para mí es necesario o imprescindible. Más si llegara a poder determinar lo existente en ese plano imponderable, siempre supondría que no es mi petición la que me hace acceder a su dádiva, sino la excelsa visión facilitaría aquello que me fuera útil.

Porque, ¿acepto a un “más allá de los límites” o al “todo y nada” buscando la petición constante, la adoración y requerimiento de los más nimios detalles de mi pequeña o gran existencia? No, realmente este “Dios” no es el mío.

Y no es el mío porque siento en mi interior la capacidad de acceder a lo necesario, lo completo simplemente si me abro a mi propia divinidad, a mi más excelsa actuación.

Ninguna acepción de Dios puede ser limitada a un reyezuelo en el trono de señor todopoderoso que sabiendo que su creación necesita algo lo guarda a su solicitud o su súplica más desgarrada.

La postura del poder supremo que da porque le piden y adoran, escapa de los cauces de mi percepción. Dios no aporta nada a mi vida. No es una necesidad. Es una claridad que va más allá de lo imaginado y sigue más allá de lo establecido. Y aún a pesar de los miles de eones vividos, siempre la exploración del más allá me lleva a un algo supuesto llamado inexistente, que sé que existe, porque como dice San Anselmo no puedo pensar que no existe.

Si es imprevisible y no está porque es todo y nada a la vez, yo formo parte de esa totalidad ausente de sí misma y por lo tanto lo que vivo es una percepción de algo que yo imagino y lo modificaré tal como me modifique en mi misma percepción.

Dios existe. El reino de Dios no es de este mundo, decía Jesús.

En las confesiones de San Agustín dice:

“Incluso a ti, vida de mi vida, te imaginaba como un ser grande que se extendía por todas partes, y que a través del espacio infinito penetraba la mole del universo en todas las direcciones más allá de todo límite” (Libro VII párrafo V)

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