135 No hay nada que hacer

Hay veces que más que conversar Joaquina susurra, y es cuando sale a la luz su lado más espiritual. Este es uno de esos momentos. Estamos disfrutando del frescor del atardecer en la galería porticada del mejor claustro gótico renacentista de Europa, en el Monasterio de San Zoilo.

Jon: Si nosotros queremos avivar nuestro camino, sentir que todo el proceso de esta vida es sencillo y delicado, ¿Qué tenemos que hacer?

Joaquina: Romper nuestro sueño, y vencer las pesadillas, parece un ejercicio doloroso para, al final, comprobar que nada es real. Que todo lo que hemos construido como una realidad desaparece con una dulzura y delicadeza maravillosa. Una construcción que nació de nuestro recuerdo, al que tenemos que acudir para liberarnos de su pesado lastre y abrirnos a la luz del presente, del aquí y ahora.

Jon: Sin embargo, todo aquello que para nosotros ha sido de gran significado hasta el presente, forma parte de nuestros hábitos y nos parece difícil y hasta imposible poder reducirlo a la sencillez de “no tengo que hacer nada”

Joaquina: Estas palabras, que en si mismas encierran una agresión a nuestra creencia constante de lo mucho que hacemos, del gran esfuerzo realizado, y que todos nos tienen que agradecer, a partir de este momento van a tener un significado de liberación y aceptación que nos resultará tan grato como el sonido mágico del violín, o los fragantes aromas de las flores en el jardín de nuestros sueños más dorados.

El Ser ha venido con una intención de aprendizaje que parece como una asignatura pendiente, sin aprobar, en algún tiempo desconocido, en una etapa anterior en la que en sí misma no se define como propia, pero que la has hecho tuya. Su única intención es aprender, y después de ese aprendizaje abrirse a la entrega. La condición de esa entrega está únicamente en la integridad, un elemento que nos parece terrible de conseguir y sin embargo sólo tiene la condición de pensar, sentir y hacer coherentemente lo que aprendemos. En sí mismos, los principios de lo normal se nos hacen abigarrados e insufribles y por lo tanto sumamos a nuestros esfuerzos diarios lo que es asequible de forma natural en la propia existencia.

Jon: Y si esto no es así, ¿generamos el sentimiento de culpabilidad?

Joaquina: El hombre se siente culpable de su separación y va fabricando nuevos culpables para liberarse de la limitación que él se pone a sí mismo. En esa andadura, va fortaleciendo su misión en la tierra con el orgullo, los complejos y los miles de deseos que alimenta y le alimentan como limitaciones donde surge el apego al cuerpo, al tener que hacer y a la complejidad de una existencia que en si misma es fácil y fluida, llena de elementos de felicidad, paz y serenidad.

Jon: ¿Cuál es, entonces, la dificultad?

Joaquina: Las dificultades para trascender y abrirnos a aprender son solo tres: La primera, el orgullo. Se rompe el Uno y aparece la separación. Pensamos que hemos venido con una limitación al observar que tenemos algo que aprender y que ese aprendizaje nos aporta una serie de dificultades que nacen mas de nuestra negación al aprendizaje que de cualquier posible limitación. Miramos a los demás sintiendo que ellos traen esa cualidad que nos falta y culpamos a Dios de ser un Padre Injusto y Castigador.

La segunda dificultad son los complejos. Al mirar a los demás hemos comparado las cualidades invadiéndonos de complejos y soberbia, con un sentimiento de inferioridad o superioridad ante los valores de los demás. Esto nos impide hacernos uno con el otro.

Jon: Cuando mencionas los complejos, ¿te refieres tanto al de superioridad como al de inferioridad?

Joaquina: Con el complejo de superioridad sientes que tienes una cualidad por encima de los demás, o al menos del otro más próximo, y con la que atacas para sentirte seguro y alejado de la posibilidad de sucumbir a la igualdad o unidad. Con el complejo de inferioridad, sientes que hay una cualidad que no tienes y te hace vivirte por debajo de los demás, o al menos del otro más próximo al que permites que te ataque con el fin de poder señalar un culpable y diluir en él tu disculpa, y así acentuar la separación.

Jon: Mencionaste una tercera dificultad.

Joaquina: Sí, los deseos. Ser uno separado de la Unidad, sentir que tienes valores por encima o debajo de los demás, te lleva a desear hacer, poseer, tener cosas o elementos que te refuercen en ese triste caminar hacia los apegos de los valores de la tierra.

Jon: Entonces, trabajar esto significa la aceptación de que todo lo que necesito para procesar mi aprendizaje en esta etapa está dentro de mí y convive de una forma armónica con mi vivir diario.

Joaquina: Imagínate un niño pequeño que llora desconsoladamente porque tiene que acudir al colegio. Su estado de ansiedad, su profunda alteración conmueve tanto a su mente no recta que acaba provocándole algún desajuste físico con el que justificar la ausencia.  La madre buscará la forma de aliviarle todo este proceso hasta conseguir que venza su rechazo a la responsabilidad. Posiblemente ambos creerán que han hecho algo. Simplemente ahora empieza un proceso que se alteró por la no aceptación de aprender.

Jon: Es decir, que mi espíritu, que es como un bebé que se niega a obedecer, va buscando disculpas para un proceso que, tarde o temprano tendrán que acometer.

Joaquina: Buscamos soluciones a un descenso provocado libremente por nosotros, comprometiéndonos en el inicio de este proceso a que nada de lo que vamos a hacer es real, que solo nuestra mente “no Uno” provocando una separación, tiene que restaurarse en su única verdad y desde ahí caminar. El miedo a enfrentarse a nuestra pequeñez, a lo sencillo de la felicidad y el logro de la paz, hace que todos nosotros deambulemos por la vida alejados de nuestro Padre que, siendo amoroso, lo miramos como un gran castigador, frío y desdeñoso que nos espera con un deseo de dañarnos y recriminarnos nuestra huida. Bendito sea el momento en que cerrando nuestros ojos dejemos fluir nuestro Ser hasta los brazos de nuestro amado Espíritu que reconvertirá esta situación en un Instante Santo donde cada uno de nosotros será un Uno grandioso y armónico.

Jon: ¿Qué solución hay?

Joaquina: Antes de plantearte hacer un trabajo innecesario, mira con suavidad a tu hermano, al que tienes en frente de ti, e intenta librarte de tu orgullo. Deja que todo tú vuele hasta la unidad. Un solo pensamiento, Dios. Una sola imagen: unirte a Él. Un solo maestro: El Espíritu Santo. Déjate ir. Nota cómo la fragilidad de tus ideas se hace cada vez más intensa. Nota como el ser es leve, sutil… no está. Nota como no tienes que hacer nada. No obstante, si no lo consigues, si ves que el orgullo te atenaza, quiere decir que te disculpas detrás de los complejos, y los deseos de especialidad te inundan. Vamos a buscar una formula para salir de todo ello y elevarnos a Él desde pensar que tenemos algo que hacer, desde nuestra pequeña pataleta a la puerta de la casa de Dios, sin querer entrar.

Empieza por los deseos. Lugar en que todos caemos en esa necesidad de rivalizar con nuestros cuerpos, con nuestra presencia por encima de los demás y de nosotros mismos.

Las ménsulas, columnas, capiteles, arcos, medallones, bustos, escudos, jarrones, florones… desaparecen de mi vista, y solo escucho…

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