119 Una historia sobre el silencio

El Premio Nobel y neurocientífico, Walter Hess, defendía el planteamiento general de la boca cerrada ante los grandes temas, igual que hizo el Maestro Rinzai mucho antes que él. Hacia el final de su carrera, Hess sugirió que sería conveniente mantener un silencio modesto, dado que éramos tan ignorantes todavía en lo que respecta al cerebro y al mundo en general. Deberíamos reconocer, decía, que “existen y evolucionan en este mundo muchas cosas que no son accesibles a nuestra comprensión, porque nuestra organización cerebral está primariamente diseñada para asegurar la supervivencia del individuo en su entorno natural. Por encima de esto, el silencio modesto es la actitud adecuada.”

 Jon: Estoy preparando algunos textos para los talleres de este verano en el Camino de Santiago, y he tropezado con eso. ¿Qué te parece?

Joaquina: Ya sabes que uno de mis referentes religiosos es Juan de la Cruz. Él distinguía dos dimensiones del silencio: una dimensión teologal, de cara a la relación de la persona, y otra dimensión que podríamos llamar ascética. Para Juan, Dios es un Dios silencioso que “habla siempre en eterno silencio” En el silencio se pronuncia y se expresa a sí mismo, y en el silencio se revela y comunica a las personas.

Jon: Sí, el silencio es una práctica ascética valorada en toda la tradición religiosa y espiritual. Por ejemplo, en la Orden de los Cartujos … no sé si has visto el documental “El gran silencio”

Joaquina: No.

Jon: Pues merece la pena. Decía que, para los Cartujos, el silencio se considera fundamental para lograr la contemplación. Por eso, la palabra se utiliza solamente en el canto o en lo estrictamente necesario para llevar a cabo las tareas cotidianas. Sin embargo, como compensación, los domingos hay un recreo que dura de una hora a hora y media, y los lunes un paseo de tres horas fuera del monasterio, durante el cual se puede hablar libremente. En los monasterios no hay periódicos, radio ni televisión. Sólo el prior puede leer noticias que, en caso de suma importancia, a su criterio, puede comunicar a los monjes.

Joaquina: ¿Y sabes por qué es tan importante el silencio? Porque simplemente no sabemos nada. Déjame que te cuente una leyenda noruega que creo que lo explica muy bien:

Cuenta la leyenda acerca de un hombre llamado Haakon, quien cuidaba una Ermita. A ella acudía la gente a orar con mucha devoción. En esta ermita había una cruz muy antigua. Muchos acudían ahí para pedirle a Cristo algún milagro.

Un día el ermitaño Haakon quiso pedirle un favor a Cristo crucificado, impulsado por un sentimiento generoso. Se arrodilló ante la cruz y dijo:

– Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la cruz.

Y se quedó quieto, con la mirada puesta en la Efigie, como esperando la respuesta.

El Señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras:

– Siervo mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición.

– ¿Cuál, Señor? – preguntó con acento suplicante Haakon – ¿Es una condición difícil? Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, ¡Señor!, – respondió el viejo ermitaño.

– Escucha, suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de guardarte en silencio siempre.

Haakon contesto:

– ¡Os, lo prometo, Señor! – Y se efectuó el cambio.

Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño, colgado con los clavos en la cruz, y a su vez el Señor ocupaba el puesto de Haakon. Y éste por largo tiempo cumplió el compromiso al pie de la letra, a nadie dijo nada.

Pero un día, llegó un comerciante rico a la ermita. Después de haber orado, dejó allí olvidada su bolsa de dinero. Haakon lo vio y calló. Tampoco dijo nada cuando un campesino pobre, que vino dos horas después, encontró la bolsa de oro del comerciante y, al verla sin dueño, se apropió de ella. Ni tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él, poco después, para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje.

Pero en ese momento volvió a entrar el comerciante en busca de la bolsa. Al no hallarla, pensó que el muchacho se la había apropiado. El rico se volvió al joven y le dijo iracundo:

– ¡Dame la bolsa que me has robado!

El joven sorprendido, replicó:

– ¡No he robado ninguna bolsa!

– No mientas, ¡devuélvemela enseguida!

– ¡Le repito que no he cogido ninguna bolsa!

Fue la rotunda afirmación del muchacho. El rico arremetió, furioso contra él. Sonó entonces una voz fuerte:

– Detente!

El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba. Haakon, que no pudo permanecer en silencio, y gritó, defendió al joven, e increpó al rico por la falsa acusación. Este quedó anonadado, y salió de la Ermita. El joven salió también porque tenía prisa para emprender su viaje. Cuando la Ermita quedo a solas, Cristo Se dirigió a su siervo y le dijo:

– Baja de la cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio.

– Señor, – dijo Haakon – ¿Cómo iba a permitir esa injusticia?

Se cambiaron los oficios. Jesús ocupo la cruz de nuevo y el ermitaño se quedó ante la cruz. El Señor, siguió hablando:

– Tú no sabías que al comerciante le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven mujer. El campesino, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero e hizo bien en llevárselo; en cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal. Ahora, hace unos minutos acaba de zozobrar el barco y él ha perdido la vida. Tú no sabías nada. Yo sí. Por eso escucho las plegarias y callo.

Y el Señor nuevamente guardó silencio.

Me quedo pensando en esta historia y en estos días que vivimos hoy. Joaquina, como siempre, no da puntada sin hilo.

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