62 Firmeza y flexibilidad

Son las nueve de la mañana y, caminando por la calle pasamos cerca de un colegio en el momento en que van entrando los niños. Las caritas son de que eso no es lo que más les puede apetecer. Nos fijamos en un padre que regaña duramente a su hijo por algún motivo que no acertamos a entender.

Jon: Me imagino que a veces, la firmeza en la educación de los hijos es fundamental, aunque no sé si ese padre se está pasando un poco. No debe tener más de 7 años ese niño.

Joaquina: La firmeza es muy dura siempre que no vaya acompañada de dosis de flexibilidad. Estas dos actitudes son con frecuencia tratadas por separado, o como si fueran absolutamente contrarias, es decir, como si no hubiera relación alguna entre ellas.

Jon: Sí, y se entiende que la firmeza es una cualidad positiva, que creo que lo es, y que la flexibilidad es una cualidad negativa, que pienso que no lo es.

Joaquina: El buen manejo de la firmeza y la flexibilidad es un baile entre dos modos de funcionar que se copertenecen. O, dicho de otro modo, desde mi punto de vista, no hay firmeza sin flexibilidad, ni flexibilidad sin establecer ciertos límites.

Jon: Hasta donde yo sé, la firmeza es la capacidad para permanecer estable, fuerte y constante, y la flexibilidad es la cualidad que permite no sujetarse a normas estrictas y adaptarse a las circunstancias.

Joaquina: Exacto. Una persona es firme con relación a sus propios valores y creencias, elementos ambos que constituyen su columna vertebral. Y es flexible con los valores y creencias del otro, y también en la adaptación a situaciones que están fuera de ella y que no sabe manejar. La firmeza y la flexibilidad, concebidas así, se entienden a través de una tercera actitud, que es la tolerancia si pretendemos que la firmeza y la flexibilidad sean tales, y no se conviertan en rigidez y en flojedad. Hay que tener un grado correcto y equilibrado de tolerancia para poder vivir de acuerdo con nuestros deseos e intenciones respetando los deseos y las intenciones de los demás.

Jon: Entonces, es necesario que hay aun equilibrio entre la firmeza y la flexibilidad, entre, por ejemplo, saber decir no y saber decir sí.

Joaquina: Añadiéndole la noción de “tolerancia”, firmeza y la flexibilidad es la capacidad de aceptación y adaptación a las situaciones que están fuera de nosotros y no podemos manejar. Somos firmes con relación a algo que creemos, y flexibles con relación a algo que cree el otro, y aquí hablaríamos de tolerancia. Hemos de tener firmeza para lo que creemos, y flexibilidad para lo que creen los demás.

Jon: Yo, en muchas ocasiones, no me siento libre para decir “si” o “no” siempre que lo deseo. Estoy más condicionado por el entorno, la persona con la que estoy, mi estado de ánimo…

Joaquina: Casi todos pecamos de una falta de tolerancia hacia lo que convive con nosotros, sea nuestra familia o nuestros amigos, y esta intolerancia se debe a un conflicto de ideales e intereses.  Tal vez estos conflictos se evitarían si te dieras cuenta de que la falta de tolerancia no es más que la falta de respeto a ideales e intereses que no son los tuyos.

Jon: Locke decía eso mismo. En su libro “Carta sobre la tolerancia”, viene a decir que los gobiernos, las leyes y las religiones son focos de intolerancia, o lo que es lo mismo, de rigidez, en la medida en que responden a unos ideales sin plantearse que pueda haber la posibilidad de tener otros. Las religiones y los poderes fácticos imponen esos ideales, y llevan a que los sujetos que nacen en el seno de sus sociedades se conviertan en individuos inflexibles, esto es, incapaces de convivir con otros individuos que tengan ideales y creencias distintas a las suyas.

Joaquina: Pues entonces, lo primero que hay que hacer es cuestionarnos nuestros propios ideales. Es decir, que antes de que comencemos a discutir con el exterior, conviene que comprobemos si nuestros ideales son reales. Una vez que lo hayamos comprobado, debemos darnos cuenta de que el “no” correcto, es decir, el ejercer una firmeza justa, significa saber decir “no” a todo aquello que rompe nuestros ideales. Y la flexibilidad debería producirse, como ya hemos apuntado, cada vez que nos acercamos a alguien que tenga ideales que no coincidan con los nuestros, pero sin que esa creencia del otro modifique la nuestra.

Jon: ¿El ideal, está sujeto a una circunstancia temporal?

Joaquina: El ideal no está sujeto a una circunstancia temporal, sino a tu vida entera. Los ideales se forman en el tiempo, y no en el presente. Se han constituido en tu crecimiento familiar, en tu desarrollo.  Por tanto, no todo sirve como ideal.  Si me dices que tu ideal es, por ejemplo, acabar tu máster, estarías confundiendo el ideal con el objetivo.  Lo que tendríamos que decir es que tu ideal es acabar las cosas que se empiezan. Y para comprobar si eres firme con tus ideales basta con probar hasta dónde eres capaz de mantenerlos. Continuando con el ejemplo anterior, si tu ideal es acabar las cosas que empiezas, y dejas tus estudios porque tu pareja te propone un viaje al Caribe, entonces es que no está siendo firme, y esa falta de firmeza al final le pasará factura.  Todas las pruebas de la vida están siempre en los ideales.

Jon: Has dicho que la flexibilidad es la capacidad para decir “sí” aun cuando nuestra creencia sea otra, y sin que ello suponga una ruptura de nuestros ideales.

Joaquina: La flexibilidad es aceptación y tolerancia, y es muy fácil alcanzarla cuando no choca con nuestros ideales. Lo interesante aquí es averiguar hasta dónde podemos llegar a tocar el terreno en el que están los ideales de los demás sin mostrarnos rígidos o laxos.  Asimismo, conviene que reconozcas cuál es tu tendencia. ¿Piensas que es mucho mejor no ceder, aguantar hasta el final, y que los demás te cuiden, o por el contrario tenemos tendencia a ser flexible? Y en este último caso, ¿has aguantado más carga de la que podías porque no has sabido decir “no”?

Jon: Sí, lo último. Locke también decía que dejar de luchar y de discutir por lo que no se puede cambiar es la llave para comenzar a solucionar ciertos conflictos.  No se si es una excusa, pero pienso que a veces es mejor una guerra perdida, pues tratar de ganar lo que de ninguna manera puedo ganar es una empresa absurda. No se puede luchar contra circunstancias contra las que nada podemos, ni tampoco contra creencias inamovibles.

Joaquina: Te propongo que localices aquello en lo que no cedes para dejar de luchar contra ello, puesto que nunca vas a ganar la batalla.

Jon: Porque te conozco, si no pensaría que estás siendo irónica.

Joaquina: No, hablo en serio, sería recomendable que tomaras conciencia de cuánta inflexibilidad o falta de conceptos positivos hacia ti mismo tienes.  Si te das cuenta de que no puedes cambiar algo y sigues luchando, es probable que eso se deba a que, en el fondo, deseas ser vencido. Aquí doy paso ya a otro concepto, que es el contraideal. Al igual que tenemos ideales, tenemos también en nosotros contraideales. Los ideales son aquello que nos nutre para el desarrollo y el crecimiento, y los contraideales son todos los elementos con los que nos boicoteamos para no cumplir nuestros ideales.  Lo que nosotros mismos usamos contra nosotros como represalia, y que es la consecuencia de tener una creencia negativa sobre nuestro ideal, creencia que también hemos heredado.

Jon: Vas a la idea de que todo lo que somos lo hemos aprendido de nuestros padres, que son nuestros modelos.

Joaquina: Tomemos como ejemplo una situación en la que un padre nos ha enseñado a tener mucho cuidado con el dinero mientras que el otro nos ha enseñado a gastarlo sin miramientos.  Imagínate que has copiado al progenitor que no lo gastaba, es decir, que has convertido esta conducta en uno de tus ideales (“Lo mío es administrar bien el dinero”).  Imagina a continuación que te emparejas con una persona cuyo ideal es que el dinero hay que gastarlo sin miramientos. Los primero meses serán, como en casi todas las parejas, estupendos, pues no te atreverás a recriminarle al otro nada, y pensarás que ya cambiará con el tiempo. Sin embargo, pasa el tiempo, se celebra la boda, y un día le recriminas su comportamiento con el dinero. El otro nos dice que lo va a intentar, pero sigue gastando. ¿En quién te vas a convertir?

Jon: En el padre que me enseñó que no podía gastar y que se pasaba el día discutiendo con el otro padre, que sí gastaba.

Joaquina: Acabarás asumiendo ya no sólo el ideal de tu padre, sino también su papel de represor, y haciendo de la convivencia con tu pareja un sinvivir. Y es por tanto altamente probable que acabes arruinado y amargado, a no ser que aprendas que no vas a conseguir cambiar el hábito de gastar de tu cónyuge. Tal vez entonces, también te arruines económicamente, pero conseguirás sin embargo no amargarte como pareja.

Jon: Y para no acabar de manera tan desastrosa…

Joaquina: Tienes que darte cuenta de que traes una información interna que has aprendido en tu familia, y que no puede corregirnos nadie de fuera.  Solo la puede corregir el aprendizaje personal. Por otra parte, en tu interior libras una batalla entre tus ideales y tus contraideales.

Jon: ¿Me puedes poner un ejemplo de contraideal?

Joaquina: Claro. Sabes que la hipocondría no es buena, pero de vez en cuando das rienda suelta a tus obsesiones hipocondriacas para no llevar a cabo tus ideales, sean los que sean. Pues la hipocondría te obliga a estar obsesionado todo el día con las enfermedades y los médicos.

Jon: Entonces, lo primero es modificar los contraideales.

Joaquina: Ni los ideales ni los contraideales pueden modificarse. Es inútil que luchemos contra ellos, ni contra los tuyos no contra los de los demás. Pero lo que sí puedes hacer es consensuar para que la rigidez y la laxitud no se apoderen de ti. Para que seas firme y flexible, debes conocer tanto tus ideales como tus contraideales. A tal fin, debes analizar qué es aquello que no puedes dejar de hacer a pesar de que sabes que no es positivo para ti. Por ejemplo, pensar que debes proteger a nuestra pareja porque si no lo haces crees que te va a dejar de querer.

Jon: ¿Por qué dices que esto es un contraideal?

Joaquina: Porque, en realidad, parte de algo negativo, de un miedo, que te impulsa a hacer algo que tu pareja no necesita, y que es que estés todo el día protegiéndola sin necesidad. Ahí no sólo estás haciendo algo inútil, sino que además tienes todas las papeletas para que te deje de querer por pesado.

Vuelvo la mirada hacia los niños rezagados y, la verdad, no me gustaría volver a esa edad y tener que recorrer todo este camino de nuevo.

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